Diario de León

Judit Garzón, egiptóloga y arqueóloga: "He visto oasis, tormentas de arena, espejismos"

Fascinada por las civilizaciones antiguas, Judit Garzón Rodríguez es una autoridad en la materia tanto sobre el terreno como en las aulas, en la práctica y la teoría

Judit Garzón Rodríguez, en una imagen tomada en Guiza, en Egipto.

Judit Garzón Rodríguez, en una imagen tomada en Guiza, en Egipto.dl

Pacho Rodríguez
León

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Fascinada por las civilizaciones antiguas, Judit Garzón Rodríguez es una autoridad en la materia tanto sobre el terreno como en las aulas, en la práctica y la teoría. Y aunque su punto fijo, casi vital, sería Egipto, no para. Es más, esta entrevista, que no fue hecha hace tanto, comienza con una pregunta que ya está desfasada... Ahí va: La pregunta cero casi sería: ¿Dónde estás? «Ahora mismo me encuentro en Changchun, China, trabajando como «visiting professor» (profesor invitado) en la Northeast Normal University». Aún así, esta ponferradina es joven, con todo un futuro por delante para conocer el mundo que fue y desde cualquier rincón recordar su tierra. De hecho, este tema llega vía Nacho Ares, periodista leonés que se encontró con ella en Luxor, quedó impactado y enlazó a Judit con el periódico.

—¿Los que trabajan en esto tienen vacaciones como los demás? Porque entre investigación, docencia, curso académico, presentaciones y tal, campañas sobre el terreno... ¿Cuándo hay tiempo para Judit?

—La verdad es que no hay una respuesta estándar, puesto que varía mucho según el tipo de vida académica/laboral que tenga cada uno. En mi caso, ahora mismo estoy combinando la docencia en China con investigación y trabajo de campo en excavaciones en Egipto, sin olvidar, claro, la participación en workshops y conferencias. A ello se le suma la parte de mi vida personal/privada que gira en torno a Alemania, dónde está mi residencia habitual junto a mi pareja, y España, dónde sigo teniendo todo mi entorno familiar y, por supuesto, mis amigos. Sinceramente, esta situación convierte mi calendario en una especia de tetris en el que encajar todo.

—Supongo que su actividad tiene mucho de vocación y pasión por su trabajo... ¿Surge de pequeña? ¿Cómo se estabiliza todo después?

—La pasión que siento por Egipto, en mi caso empieza ya desde muy muy pequeña, tanto que no podría decirte ningún momento concreto. Sé que en algún momento vi algún documental sobre Egipto, y me quedé tan fascinada —no solo por el país en sí y sus monumentos, sino también por el trabajo de los arqueólogos— que, cuando la gente empezaba a hacerme la típica pregunta: «¿Qué quieres ser de mayor?», yo respondía: «Arqueóloga en Egipto». Todo mi entorno lo sabía, por lo que me empezaron a regalar ya mis primeros libros algo más «especializados» cuando aún no llegaba ni a los 8 años. Pero el mejor regalo, sin duda, vino de mis padres. Ellos también vieron esta pasión que tenía por Egipto y la arqueología, la cuál no se desvaneció con el tiempo. Por ello, cuando tenía unos 14 años, pensaron que era el momento de ir a Egipto para que pudiera ver en persona todo aquello que leía en libros y revistas y contemplaba en documentales. Este viaje, por supuesto, no tenía únicamente el propósito de hacer feliz a una hija cumpliendo uno de sus sueños, sino también de brindarme la oportunidad de descubrir, a través de la experiencia directa, si aquello que tanto me fascinaba era realmente el camino que quería seguir en el futuro. Hicimos el típico crucero turístico por el Nilo con una estancia final de tres o cuatro días en El Cairo, y lo único que recuerdo es lo emocionada que estaba la semana antes de volar. Estaba tan nerviosa que no podía dormir. Y, una vez en Egipto, todo me parecía tan fascinante que tampoco quería dormir para no perderme nada, ni siquiera un centímetro del paisaje. Así que me quedaba despierta hasta tarde, me levantaba muy temprano y, obviamente, estaba tan agotada que recuerdo quedarme dormida en el autobús de camino a Abu Simbel.

—La primera noticia que tuve sobre usted fue gracias al gran Nacho Ares, y me habló de una egiptóloga genial... ¿Recorre muchos sitios en un año en temas de arqueología?

—Actualmente viajo menos que en etapas anteriores, aunque sigo acudiendo a Egipto al menos dos veces al año para distintos proyectos de excavación. Durante mis años de estudiante universitaria viajaba muchísimo más sólo por temas de arqueología. Ya durante el grado en Ciencias y Lenguas de la Antigüedad en Madrid participaba en varias campañas de excavación en diversos puntos de España durante el verano, a veces en hasta tres yacimientos distintos. Más adelante, al trasladarme a Alemania para cursar el máster en Egiptología, empecé a trabajar con el Instituto Arqueológico Alemán y participé en excavaciones en lugares como Olimpia (Grecia), Elefantina (Egipto) o Medina Azahara (Córdoba). Con la Freie Universität de Berlin y la Johannes Gutenberg-Universität de Mainz trabajé en Assiut durante varios años también.

—En un trabajo como este, tan vocacional, ¿se cumplen sueños? ¿Ha estado en lugares que casi le parecían más de película o de leyenda? ¿Y si así ha sido cómo fue?

—Por supuesto. En mi caso el mero hecho de trabajar como arqueóloga en Egipto ya suponía cumplir un sueño. Pero también se ha cumplido otro sueño que siempre había tenido: viajar y conocer otras culturas. Y junto a todo eso, hay también pequeños momentos cotidianos que se quedan grabados de una forma muy especial. Soy una gran aficionada a los amaneceres y atardeceres, y pocos lugares me han impresionado tanto como algunos rincones de Egipto (obviamente, esto es una opinión totalmente subjetiva). Durante las excavaciones en Elefantina, por ejemplo, vivía en una casita en la propia isla. Cada tarde contemplaba desde la terraza cómo el sol se ocultaba tras el desierto de la orilla opuesta. Es una imagen que cada vez que recuerdo, me emociona. Pero no todo son paisajes o momentos contemplativos; también hay experiencias de trabajo de campo mucho más intensas. En Assiut trabajaba en un pozo de unos treinta metros de profundidad al que descendíamos y ascendíamos mediante cuerdas cada día. Y hay momentos que resultan difíciles de describir con palabras: ser una de las primeras personas en acceder a una tumba o cámara funeraria cerrada durante siglos, o ir sacando a la luz, poco a poco, un objeto que sabes que nadie había vuelto a ver desde la Antigüedad. A pesar de los años de experiencia, sigo sintiendo una emoción muy parecida a la del primer día cada vez que sucede algo así, y sigo disfrutando incluso de acabar con arena hasta las cejas. También he vivido tormentas de arena en pleno desierto y he contemplado la Vía Láctea y estrellas fugaces bajo uno de los cielos nocturnos más impresionantes que he visto. He contemplado espejismos, he atravesado oasis y, sobre todo, he tenido la oportunidad de convivir con personas y comunidades que me han enseñado muchísimo. Cuando echo la vista atrás y pienso en todos los lugares y persona que he conocido y en todo lo que he vivido gracias a la arqueología, no puedo evitar sentirme profundamente afortunada.

La bajada de Montearenas

—¿Echa de menos la tierra? ¿Como qué? ¿Y qué es obligatorio hacer que le guste cuando viene?

—Mucho. Siempre he dicho que si por motivos laborales pudiera, volvería a mi Bierzo sin pensarlo. Aún después de tantos años viviendo fuera, sigo teniendo la misma sensación de felicidad cuando, al empezar la bajada de Montearenas, veo las montañas rodeando Ponferrada.

—¿Son destacables las referencias arqueológicas de León?

—Desde mi punto de vista, creo que la provincia de León tiene un patrimonio arqueológico extraordinario y, en muchos casos, no somos plenamente conscientes de ello. Las Médulas son probablemente el ejemplo más conocido, pero existen muchos otros yacimientos y contextos históricos de enorme interés que abarcan desde la Prehistoria hasta la época romana y medieval. Además, una de las grandes fortalezas de la provincia es precisamente la diversidad de este patrimonio. Es un territorio que conserva testimonios de épocas muy distintas y ello permite reconstruir una parte importante de la historia del noroeste peninsular. ¿Se podría hacer más? Por supuesto. Pero no sería justo si no dijera también que creo que eso es una realidad compartida por muchos otros lugares.

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