El hogar que nos habita
El fuego fue el comienzo de una manera de entender la vida basada en la comunión con el clan. El Musac analiza las vertientes que el hogar tiene en la cultura

Imagen de una de las obras que puede verse en la muestra
Háganse una pregunta. La primera que parece surgir es quién soy, quiénes somos. Puede que multitudes, como decía Walt Whitman: «Soy inmenso, contengo multitudes». Y, ahora, piensen dónde se ubican todos esos quiénes que nos habitan o que habitamos, porque en esta frase podemos ser tanto el sujeto como el objeto de la acción. Es una de las preguntas que trata de responder la curadora Montserrat Pis Marcos en la muestra ¿No hay nada como el hogar?, que permanecerá en el Musac hasta el próximo 7 de febrero y que plantea tantos interrogantes alrededor del fenómeno hogar como voces interiores que aguardan su turno para explicar el mundo que ocupamos. Por lo mismo: ¿Es el hogar la guarida en la que conservamos nuestro yo o el lugar en el que nos encontramos con los demás? ¿Es el recuerdo del desarraigo de los exiliados o la arquitectura con la que trasladamos el sentimiento de patria al país de acogida? ¿Es un espacio creado para la felicidad o la inquietante esfera de malos tratos? ¿Un hogar sin moradores lo es; somos necesarios para que ese fuego de la voluntad consciente sea real? Por eso, la exposición no intenta establecer una definición única, sino reunir distintas experiencias que permitan observar esas contradicciones.
Para hacerlo, la comisaria ha reunido obras de artistas como Gabriele Basilico, Cristina Lucas, Concha Jerez, Enrique Marty, Chus Gutiérrez, Lara Almarcegui, Alexander Apóstol, Carolina Caycedo o Rirkrit Tiravanija, entre otros. El argumentario refleja que el hogar aparece como una realidad mucho más amplia que la vivienda porque para muchos es un espacio de protección y estabilidad, pero otros muchos lo asocian a la precariedad, al aislamiento, a la violencia o a la pérdida. El pensador Emanuele Coccia destaca en su obra
Filosofía de la casa que la naturaleza del hogar no es arquitectónica, sino moral, una idea que trasciende a las cuatro paredes con las que el hombre comenzó a separar su rostro público del íntimo. «Siempre hemos sido extranjeros frente a las casas que hemos acabado amando y habitando. Siempre hemos entrado en casa desde fuera. Extranjeros somos también y, sobre todo, frente a nuestra felicidad: siempre es ilusorio pensar que está dentro de nosotros. Si estuviera dentro de nosotros, no tendríamos necesidad de vivir, de acumular experiencia, de conocer a los demás y de entrelazarlos de manera tan inextricable con las vidas ajenas...» La elección del tema tiene también una raíz personal. Pis Marcos ha vivido en cinco países y, al reconstruir sus distintas mudanzas, llegó a contabilizar quince o dieciséis casas. Esa experiencia le había llevado a plantearse qué ocurre con la pertenencia cuando una persona cambia repetidamente de lugar. «Cuando llevas mucho tiempo fuera de tu país, por ejemplo, puede surgir la duda de de dónde eres», explica. Así que, ¿hasta qué punto dejamos de ser nosotros mismos con cada cambio y cómo los hogares graban nuestra identidad más incluso que nosotros mismos? La experiencia migratoria hace especialmente visible esa dificultad, aunque la pregunta también afecta a quienes abandonan el mundo rural, cambian de ciudad por motivos laborales o descubren que el lugar al que pertenecían ya no existe de la misma manera. Cuando Pis Marcos comenzó a trabajar con la colección encontró numerosas correspondencias con esas preguntas. El director del museo, Álvaro Rodríguez-Fominaya, le había propuesto realizar una presentación de la colección sin imponerle un tema determinado. La comisaria decidió aprovechar esa libertad para trabajar sobre una cuestión que llevaba tiempo interesándole. El problema era la amplitud del concepto. Podía abordarse desde la arquitectura, la familia, la intimidad, la migración, la memoria, la comunidad o el territorio. Para ordenar esa diversidad, decidió construir el recorrido como un desplazamiento entre distintos espacios: el exterior, el interior físico, el interior relacionado con la personalidad y, finalmente, aquello que todavía puede ser posible o imaginado. Por eso, el visitante no entra directamente en una casa. La primera parte está formada fundamentalmente por imágenes y piezas relacionadas con espacios exteriores: ciudades, paisajes, periferias y territorios transformados por diferentes procesos económicos y sociales. Las personas apenas están presentes o aparecen reducidas frente a la escala del territorio. Las obras relacionadas con Caracas permiten hablar del crecimiento urbano desordenado; otras muestran la transformación del medio rural español y el abandono de determinados territorios. Las fotografías de Gabriele Basilico sobre Beirut introducen la experiencia de la guerra y plantean qué sucede con el vínculo hacia un lugar cuando ese lugar ha quedado gravemente destruido. La respuesta no es necesariamente el abandono. La comisaria señala que parte de la población permaneció en Beirut incluso después de la devastación, en algunos casos porque no tenía posibilidad de marcharse. La permanencia plantea entonces qué mantiene ese vínculo cuando las condiciones materiales asociadas al hogar han desaparecido. Las fotografías de Basilico se contraponen con obras relacionadas con el turismo de masas. El contraste permite observar dos formas diferentes de relación con un mismo territorio. Para quien permanece, el lugar puede estar vinculado a una historia personal que no desaparece, aunque las circunstancias se deterioren. Para quien llega temporalmente, ese mismo espacio puede convertirse en un destino. Es ahí donde aparece una de las contradicciones del turismo contemporáneo. La idea de sentirse «como en casa» en cualquier lugar amplía las posibilidades de movilidad, pero la transformación de los espacios en lugares de consumo puede tener consecuencias para quienes viven permanentemente en ellos. Montserat Pis no plantea una oposición absoluta al turismo, sino que llama la atención sobre los equilibrios necesarios para evitar que los espacios destinados a la residencia pierdan esa función. La cuestión se vuelve especialmente visible cuando la vivienda entra en circuitos económicos que modifican el precio y el uso de los barrios. La expresión «tu casa lejos de tu casa» puede funcionar como una promesa para el visitante, pero también obliga a preguntarse qué ocurre cuando esa casa temporal compite con las necesidades residenciales de quienes viven allí. El recorrido entra después en el espacio doméstico, donde la exposición pasa del territorio a las cuatro paredes que habitualmente asociamos con la vida privada. La casa no está aislada de la sociedad: en ella se reproducen formas de convivencia, papeles familiares y relaciones de poder.
La anarquista, de Cristina Lucas, resulta especialmente significativa. Es la primera pieza del recorrido que muestra claramente un interior doméstico. La protagonista es una mujer mayor que aparece en un entorno aparentemente convencional y tranquilo, mientras lanza un cóctel molotov por una ventana. La escena introduce una ambigüedad deliberada. No sabemos si la mujer dirige su acción contra algo que se encuentra fuera de la vivienda o si el gesto representa una rebelión contra las condiciones de ese propio espacio doméstico. Para la curadora, esa incertidumbre permite hablar de los papeles tradicionales de la mujer y de la casa como lugar de protección, pero también de limitación. La exposición relaciona esta cuestión con la evolución histórica de las formas de convivencia. La reflexión defiende que la transformación de las sociedades rurales, la disolución de las estructuras familiares y el exilio a las ciudades debilitó el edificio comunitario a partir del siglo XIX y ha desembocado en sociedades mucho más individualizadas. El capitalismo participa de esa transformación, aunque la comisaria evita convertirlo en una explicación única. La individualización favorece también mercados orientados a satisfacer necesidades cada vez más particulares. La vivienda se convierte así en un espacio para expresar la identidad personal mediante los objetos, la decoración o la forma de organizar el interior. Frente a esa concepción individualizada aparece en la exposición una experiencia colectiva. Se tomó como punto de partida una antigua estación de ferrocarril de Fuentes de Ebro que había quedado en desuso. Un grupo de artistas ocupó temporalmente el edificio, llevó mobiliario y permaneció allí durante una semana. La estación, concebida para que las personas llegaran y se marcharan, se convirtió durante aquella experiencia en un lugar de permanencia. Se instalaron camas, se comió allí y se desarrolló una vida cotidiana. La comunidad local respondió positivamente y llegó a plantearse la posibilidad de conservar el espacio y darle un uso comunitario. El episodio muestra hasta qué punto el significado de un edificio depende también de las relaciones que se establecen en él. Esta cuestión conduce al territorio rural y a la despoblación. La exposición no cuenta con una obra dedicada específicamente a la llamada España vaciada, algo que Pis Marcos reconoce. Sin embargo, algunas piezas permiten acercarse al problema mediante imágenes de territorios y viviendas deterioradas. El abandono afecta simultáneamente a las personas y a los espacios que dejan atrás. En León, como en otras provincias, la desaparición de población ha dejado casas, pueblos y paisajes en los que permanecen las huellas de formas de vida anteriores. El problema no consiste solamente en que haya menos habitantes, sino en que cambian las condiciones que permiten permanecer en un territorio: empleo, servicios, relaciones sociales y expectativas de futuro. Montserrat defiende que la cuestión tendrá una presencia más directa en la producción artística y en las colecciones públicas. De momento, la exposición se aproxima a ella a través de obras que muestran la transformación del paisaje y de las viviendas. Las migraciones llevan esta cuestión a otro extremo. La obra de Concha Jerez dedicada a las personas migrantes muertas durante su intento de alcanzar Europa sitúa el concepto de hogar en su límite. Ya no se trata de la transformación de una vivienda ni del abandono de un territorio, sino de personas que buscan un lugar en el que poder desarrollar una vida y mueren durante ese desplazamiento. Pis Marcos explica que esta obra le parecía imprescindible porque obliga a quienes recorren la exposición a pensar en una experiencia muy diferente de la suya. Quien dispone de una casa puede salir del museo y regresar a ella. Para otras personas, tener un lugar al que regresar no forma parte de su experiencia. La vigencia de la obra se ha hecho especialmente evidente para la comisaria porque las circunstancias no han dejado de producirse. Obras creadas años atrás hablan aún de problemas actuales, y en este caso la cuestión migratoria mantiene toda su urgencia. El inmóvil viaje, de Chus Gutiérrez, introduce una experiencia diferente del desplazamiento. La pieza muestra a ecuatorianos residentes en Madrid que construyen mentalmente cartas dirigidas a sus familiares. En ellas aparecen la esperanza, la nostalgia y las dificultades de la vida lejos del lugar de origen. La obra permite preguntarse dónde está el hogar para quien ha emigrado. Puede estar en el país que dejó atrás, en la ciudad en la que ahora vive o en una combinación de ambos. La pertenencia puede mantenerse a distancia y una nueva vida no implica necesariamente la desaparición de los vínculos anteriores. La exposición se construye, en definitiva, mediante una serie de desplazamientos: del paisaje a la vivienda, de la vivienda a la intimidad, de la intimidad a la comunidad y de ahí a quienes se ven obligados a abandonar el lugar en el que vivían. Ese recorrido conecta una cuestión aparentemente doméstica con problemas económicos y políticos. La vivienda no puede separarse de las condiciones que permiten permanecer en un territorio: el precio de una casa, la disponibilidad de empleo, los servicios, la transformación de los barrios, el abandono rural o las fronteras forman parte de una misma conversación. Pis Marcos explica que una de las dificultades del proyecto consistió precisamente en trabajar con un concepto tan amplio y encontrar dentro de la colección aquellas obras capaces de establecer relaciones entre sí. Algunas piezas quedaron fuera por cuestiones logísticas, préstamos o necesidades de conservación. El montaje buscó introducir una dimensión doméstica en las salas. Los paneles de colores fuertes fueron elegidos con la intención de que pudieran funcionar dentro de una vivienda, buscando tonos cálidos y habitables en lugar de los que normalmente asociamos con los espacios expositivos. En un edificio de la escala del Musac, esa decisión permitía construir espacios más próximos y diferenciados dentro de las grandes salas. La elección resulta coherente con el propósito de la muestra: que el visitante se sitúe ante su propia idea de hogar. Para algunos será la vivienda en la que han vivido durante décadas; para otros, el lugar de nacimiento, aunque lleven años lejos de él; para quienes han tenido que marcharse, puede ser un territorio al que ya no saben si podrán regresar. Para quienes carecen de una vivienda estable, la palabra puede representar más una aspiración que una experiencia. En ese sentido, ¿No hay nada como el hogar? no habla únicamente de dónde vivimos. Habla de las condiciones que hacen posible permanecer, de las circunstancias que obligan a marcharse y de las relaciones que consiguen convertir un espacio en algo más que una superficie habitable.