Diario de León

Los leoneses que abrieron España a la modernidad

España celebra los 150 años del nacimiento de la Institución Libre de Enseñanza, la obra heredera del krausismo en cuya vanguardia estuvieron nombres como Gumersindo de Azcárate, Sierra Pambley o Antonio Flórez

Imagen generada por IA de Antonio Flórez, Gumersindo de Azcárate y Francisco Fernández Blanco.  Un niño y una niña en un colegio de la ILE.

Imagen generada por IA de Antonio Flórez, Gumersindo de Azcárate y Francisco Fernández Blanco. Un niño y una niña en un colegio de la ILE.gemini ILE

Cristina Fanjul
León

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Octubre de 1876. Tres hombres deciden poner en marcha un proyecto que alumbró lo que hoy conocemos como la Edad de Plata de España. Gumersindo de Azcárate, Francisco Giner de los Ríos y Bartolomé Cossío, defraudados con la ausencia de libertad de cátedra, decidieron crear un proyecto que girara alrededor de la renovación pedagógica, moral y social. Fue un movimiento basado en la filosofía krausista que el profesor Sanz del Río había importado de Alemania y que incorporaba un racionalismo armónico cuyo hecho fundamental era la intimidad entre Dios y el hombre. Esta característica inunda su teoría filosófica de un marcado cariz religioso y provocó que la piedad y la redención se convirtieran, junto a la ciencia, en sus motores fundamentales. Sólo así puede entenderse la labor pedagógica de la ILE.

Un año antes había tenido lugar la segunda cuestión universitaria por la que el gobierno de la restauración impuso un decreto que obligaba a los profesores a someter sus contenidos a los dogmas de la religión católica y a la fidelidad monárquica. Ese fue el desencadenante, pero la causa llevaba décadas de gestación.

La depresión moral de la sociedad española actuó de palanca para poner en marcha un plan de regeneración ideado para transformar el país a través de la educación, tanto de las clases trabajadoras como de la élite. El sueño levantó un edificio de modernidad imparable, tan seductor que convocó a su alrededor a personalidades a derecha e izquierda. Tuvo la virtualidad de convertirse en un movimiento de tal magnitud que convirtió Madrid en referente de la intelectualidad mundial al tiempo que transformaba las estructuras arcaicas de la España rural en un proyecto de modernización que ni siquiera hoy ha logrado la Formación Profesional.

Tres leoneses fueron partícipes de esta gesta: Gumersindo de Azcárate, Francisco Fernández Blanco y Sierra Pambley y Antonio Flórez. Un legislador, un hacendado y un arquitecto fueron la argamasa del edificio que albergó este laboratorio liberal. En su crisol, se fraguaron la ciencia, la educación, el respeto al diferente y la defensa de un proyecto común que revelaron la esperanza de que el país podía salir de los raíles de la ignorancia y el absolutismo.

Gumersindo de Azcárate fue el promotor de la ley contra la usura, que acabó con las prácticas abusivas de la banca y de otras entidades de préstamo. Además, luchó contra el caciquismo y la compra de votos, el fraude electoral y los pucherazos de la restauración, y, desde su posición al frente del Instituto de Reformas Sociales, propuso leyes laborales más justas, creó asociaciones de ahorro y previsión e implantó instituciones de previsión, crédito, seguro y beneficencia. Consiguió así el descanso dominical, los tribunales industriales, la conciliación laboral y el arbitraje, el Instituto Nacional de Previsión, el derecho de huelga y los contratos de aprendizaje.

Antonio Flórez fue el arquitecto de la renovación escolar de la ILE. Descendiente de Pablo Flórez Herques, su vida estuvo marcada por la Institución Libre de Enseñanza y sus ideales. Formado en la Escuela de Arquitectura de Madrid, pensionado en Roma y discípulo del gran Otto Wagner en Viena, absorbió un eclecticismo que fusionaba la tradición clásica con la modernidad. Fue maestro de los arquitectos leoneses Torbado y Ramón Cañas.

Su obra cumbre fue la Residencia de Estudiantes de Madrid y como jefe de la Oficina Técnica de Construcciones Escolares desde 1920, transformó la educación española con edificios funcionales y adaptados al entorno, como la Escuela Normal de Maestros de León —actual Instituto Claudio Sánchez Albornoz—. Su arquitectura, alabada por Leopoldo Torres Balbás por su ruptura con el «falso regionalismo», fue un canto a la practicidad y la belleza. Sin embargo, la Guerra Civil lo golpeó con dureza: depurado por la II República primero y por el régimen franquista después, murió prematuramente en 1941, dejando un legado que aún resiste el paso del tiempo.

El libro de Luis Mateo Díez, Las lecciones de las cosas, cuenta el viaje en diligencia que Gumersindo de Azcárate, Manuel Bartolomé Cossío y Francisco Giner de los Ríos realizaron hasta Villablino para conocer los proyectos que Sierra Pambley tenía para dedicar su fortuna a la profesionalización de los obreros, extremo que redundaría en el desarrollo económico de las zonas en las que no se esperaba a la Revolución Industrial. En 1886, Sierra-Pambley había abierto en Villablino una Escuela Mercantil y Agrícola y con ella inició una experiencia educativa que durante casi un siglo iba a dejar su huella en León. No era solamente una institución destinada a enseñar a los niños sino un proyecto concebido para formar personas capaces de desenvolverse en su entorno y, al mismo tiempo, para intervenir sobre el territorio. Una de sus características era que no se reducía a una red de centros idénticos sino que cada uno de ellos se adaptaba al contexto en el que se encontraba. Tras Villablino llegó Hospital de Órbigo. En 1890 comenzó allí una escuela con dos secciones, de niños y niñas, dedicada a la Agricultura y a la ampliación de la instrucción primaria. Después vendrían Villameca y Moreruela de Tábara. La primera estaría dedicada a la ampliación de la enseñanza primaria para niños; la segunda, también a la ampliación de la educación primaria y dirigida a niños. Y en 1903 la Fundación llegaría a León con una Escuela Industrial de Obreros, acompañada de una sección de ampliación de primaria para niñas, un hito para la época.

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