Diario de León

Los días de mal agüero que le expoliaron a León

Nostra Mundi identifica con certeza tres nuevos tesoros en el exilio; además otros cinco, dos piezas de hueso de ballena, y tres tablas, una de Nicolás Francés y dos del maestro de Palanquinos, podrían tener origen cisastur

Imagen de La Decapitación de San Bautista del maestro de Palanquinos

Imagen de La Decapitación de San Bautista del maestro de PalanquinosNOSTRA ET MUNDI

Cristina Fanjul
León

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Nostra et Mundi, el proyecto puesto en marcha por la Fundación Castilla y León en 2024 con el fin de descubrir y catalogar las obras de arte de la comunidad dispersas por todo el mundo, así como en profundizar en las circunstancias que provocaron el éxodo y expolio de estos tesoros, suma ya 31 piezas leonesas. A las ya conocidas, como el sepulcro de Suero de Quiñones, el Beato de San Miguel de Escalada, el Pacto de los Zoelas, la patena y el cáliz de Santiago de Peñalba o el León arrancado de San Isidoro durante la francesada, se unieron en el mes de mayo siete más: el Cristo de la Colección Larcade de París, San Pedro en la cátedra papal portando la doble llave, la Placa de la Traditio Legis, el Comentario sobre las Epístolas de San Pablo, un apóstol de marfil, las monedas Blanca del Agnus Dei y Juan I de Castilla acuñadas en la Ceca de Léon, y un Cristo en Majestad. Ahora, se suman otros ocho: El sacramentario de la Real Colegiata de San Isidoro que se encuentra en la Biblioteca del Brithish, en Londres, el Beato Corsini procedente de Sahagún, en la Biblioteca dell Accademia Nazionale dei Lincei e Corsiniana, un crucifijo relicario de marfil y plata, que reposa en The Cloisters, adjunto al Metropolitan de Nueva York. Además a estas tres hay que añadir, si bien en la web no aparecen en el listado procedente de León, la tabla de San Jerónimo, obra de Nicolás Francés, ahora en la National Gallery de Dublín, cuatro tablas del maestro de Palanquinos, y posiblemente, dos piezas talladas en hueso de ballena. La perima es una Epifanía que atesora el Museo Victoria & Albert. El segundo puede verse en el museo del Louvre, una talla de la Virgen con el Niño. Ambas parecen ligadas al taller de León donde fueron esculpidos los marfiles para San Isidoro. La plataforma, en la que colaboran expertos de varias universidades, además de técnicos de la Academia de Bellas Artes de San Fernando, ofrece información de todas las obras, realiza un rastreo que comienza en la autoría de la obra y la sigue desde su salida de España hasta su destino final. Para ello, analiza el origen de la fábrica, el posible autor, los «devaneos» a los que llevó la desamortización y la rapiña y cómo se desarrolló el tráfico posterior.

Rastreo de piezas

En el caso del Sacramentario del scriptorium Real de San Isidoro, revela la ausencia de noticias acerca de cómo pudo salir de León: «En la encuadernación del siglo XV aparece la siguiente inscripción: Reverendo perez aapreste de En la uilla de Villalpando Canonicorum regularium. ¿Pudo ser este uno de sus propietarios? Lo desconocemos. A partir de ese momento se pierde el rastro del volumen hasta el 19 de diciembre de 1919, fecha en la que fue subastado por Sotheby»s en el lote 771. Ese mismo año, el British Museum compra el Sacramentario y lo añade en 1933 a su catálogo de adquisiciones. Posteriormente, en 1973 el manuscrito se traslada a la British Library, donde se conserva en la actualidad. La pieza, del siglo XII, cuenta con más de ochenta folios y una de las curiosidades es que añade los dies egri o días de mal agüero: en enero los días 1 y 25, en febrero los días 4 y 26, en marzo los días 1 y 28, en abril los días 10 y 20.

Otro de los tesoros que partieron de León es el Beato Corsini. Elaborado en el scriptorium del monasterio de san Benito de Sahagún, está escrito en letra visigótica y se puede fechar hacia el segundo cuarto del siglo XII. Una de las curiosidades es que estuvo en manos del Conde-duque de Olivares, quien había despojado «a muchas catedrales y algunos monasterios de sus más preciosos códices». Tras su fallecimiento, la biblioteca se dispersó, vendiéndose a distintos particulares. Debió ser en ese momento cuando Juan Lucas Cortés, miembro del Consejo Real de Castilla y gran bibliófilo, compró el códice. En 1701 los bienes de Cortés fueron vendidos en almoneda, fecha en la que el cardenal Acquaviva lo adquirió hasta terminar en la Biblioteca dell»Accademia Nazionale dei Lincei e Corsiniana. Este códice tiene particularidades que le confieren un extraordinario valor, como su pequeño tamaño y el formato físico, que lleva a pensar que fue confeccionado para poder viajar cómodamente con él. Entre sus ilustraciones, destacan la venida de Cristo en las nubes, mensaje a la iglesia de Sardes, el primer ángel de las trompetas o los dos testigos muertos por el anticristo.

Los robos de Torbado

Ángela Franco, la mayor experta en arte medieval de España, da la pista de una pieza que custodia el Metropolitan de Nueva York en The Cloysters cuya filiación había sido desconocida hasta el momento. Fundamenta la hipótesis en las semejanzas estilísticas con una placa de mármol procedente de San Isidoro —hoy en paradero desconocido— que mostraba el relieve de un Calvario formado por las tres figuras de Cristo, la Virgen y san Juan y formó parte de la colección Torbado. «De ese contexto de la familia Torbado salieron diversas obras de arte (no trillos) procedentes de León con destino al mercado internacional», destaca la página, que añade que, si bien saberlo resulta complicado saberlo, parece lógico pensar que pudo ser el medio por el que el crucifijo llegó a manos del magnate estadounidense J. P. Morgan y, de allí, a su actual emplazamiento. Esta figura de Cristo en marfil cuenta con dos cavidades en su espalda, espacio que en su origen estuvo destinado a acoger reliquias. Por su parte, la cruz cuenta con una bella decoración nielada, semejante a otras obras de orfebrería propias del trabajo en los talleres leoneses de esta época. Una talla de Nicolás Francés sobre San Jerónimo, se cuela entre las obras que la plataforma artística sugiere como de Castilla y León. Actualmente en la National Gallery de Dublín, estuvo en la colección Lambert de Ourdenaarde y de ahí pasó a engrosar la colección personal del banquero Otto Hermann Khan. Su fallecimiento obligó a su mujer a liquidar parte de su colección y fue cuandoel director del museo irlandés compró la tabla por 4.200 libras esterlinas.

Jean-Baptiste Milhaud fue el comandante francés que arrasó la Colegiata de San Isidoro

Jean-Baptiste Milhaud fue el comandante francés que arrasó la Colegiata de San IsidoroDL

EL FRANCÉS QUE MUTILÓ SAN ISIDORO

Se titula Los robos de Napoleón en España y en él, Francisco García del Junco, escribe la película de cómo la invasión napoleónica de España se programó como el saqueo del patrimonio nacional. Destaca en la investigación que los generales franceses no llegaban solos sino que se hicieron acompañar de buitres, sabuesos que conocían dónde estaba el negocio, qué piezas habían que llevarse a Francia. «Un día de diciembre de 1808, el ejército francés, tras llegar a León, se dirigió a la Colegiata de San Isidoro. Una vez allí, y tras dejar claro que eran sus cañones los que mandaban, dieron cuatro horas a los canónigos para que desalojaran el templo y sus dependencias. Los canónigos tenían sobradas noticias para temer lo peor. Pues no. No habían imaginado que lo peor era peor de lo que suponían». García del Junco echa mano de las palabras del abad Viñayo, que explicó cómo la Colegiata se convirtió en cuartel de tropa de dragones, que hicieron del Panteón Real un abrevadero. Los sarcófagos que custodiaban los reyes de León se abrieron para buscar joyas, sacaron los huesos y los desperdigaron. Desocuparon el convento, se alojó allí al ejército francés, se destrozaron urnas, se profanó la iglesia, se robaron multitud de bienes y los sarcófagos y tumbas de los reyes se convirtieron en abrevadero para sus caballos. García del Junco explica que los sacerdotes se habían apresurado a coger los huesos de reyes, reinas e infantes para custodiarles en Santa Marina. Además, rescataron relicarios y, en el Altar Mayor, escondieron pergaminos valiosos para que la afrancesada no hiciera hoguera con ellos. Lo mismo hicieron con el cáliz de doña Urraca. Los canónigos la sacaron del monasterio por la noche para que hubiera pocos testigos, y la escondieron. A pesar de todo, de León salieron cuarenta carretas de obras de arte.

Los generales que permitieron el expolio fueron cuatro: Bessières, Loison, Carrier y Boyer. Pero, si hay un nombre grabado en letras de fuego entre los leoneses de la época, ese es Édouard-Jean-Baptiste Milhaud, cuyo paso por la provincia fue breve pero profundamente destructivo. Su estancia se enmarca en la persecución que el ejército de Napoleón realizó contra las tropas británicas de Moore a finales de diciembre de 1808. A su llegada a la provincia, Milhaud —que ya ostentaba el título de Conde del Imperio— actuó como comandante de la División de Vanguardia del Cuerpo de Ejército del Mariscal Bessières. Con el fin de aplacar cualquier atisbo de insurgencia civil o guerra de guerrillas, dictó un severo y célebre bando militar impreso en diciembre de 1808. En él, declaraba a los alcaldes, curas y eclesiásticos locales «responsables personalmente sobre su cabeza» de cualquier agresión o asesinato que sufrieran los soldados franceses o los partidarios del José Bonaparte en sus respectivos territorios. El castigo por no controlar a los rebeldes locales era la ejecución directa de las autoridades civiles y religiosas.

Su división de dragones entró en la ciudad de León en pleno invierno, y tomó San Isidoro para reconvertirlo en cuartel logístico improvisado. Sus naves y estancias sirvieron de establos y cuadras para los caballos de los dragones franceses. Guiados por la codicia y la búsqueda de oro, plata o insignias reales, reventaron y profanaron los sepulcros de piedra de los antiguos reyes, reinas e infantes. Este violento expolio dio origen a una célebre leyenda popular recogida por cronistas locales. Según la tradición oral leonesa, tras la profanación cometida por los dragones de Milhaud, un brote de locura o extrañas enfermedades afectó a los soldados que habían manipulado los restos reales. El pueblo atribuyó estas bajas a una maldición o castigo místico de los antiguos monarcas leoneses, quienes «salieron de sus tumbas» para castigar la crueldad al invasor.

La procedencia leonesa de esta tabla policromada es la más plausible debido al hecho de que el artista realizó la mayoría de sus obras en y para León. Las primeras noticias proceden de un documento notarial realizado para dar fe del Paso Honroso de Suero de Quiñones en el puente sobre el río Órbigo, quince días antes y quince días después del 25 de julio de 1434. Consta en él que Suero de Quiñones mandó hacer un faraute de madera en León a Maestre Nicolao Francés, que «pintó el rico» retablo de la Iglesia de Santa María de la Regla. Gracias a este documento se sabe que, en 1434, Nicolás Francés había concluido el retablo mayor de la sede leonesa, que constituye el punto de partida para atribuirle nuevas obras, junto con la miniatura firmada del Nacimiento de Cristo de la colegiata de San Isidoro de León. En 1451 el cabildo de la Catedral le encargó las pinturas murales del claustro, que se posponen al mandarle hacer previamente el Juicio Final en la bóveda. A partir de 1459, Nicolás Francés inició la serie de veintinueve pinturas del claustro.

Maestro de Palanquinos

Dos pinturas del maestro de Palanquinos comparten procedencia de la comunidad sin especificar su origen local. Son la Decapitación de San Juan Bautista, y un San Pablo. La primera, en el Art Institute de Chicago, fue adquirida a principios del siglo pasado y pasó a la colección del político George F. Harding. La tabla de San Pablo, que en la actualidad se encuentra en el Bowes Museum de Reino Unidos, ha sido defendida como leonés por Eric Young, que subraya su vinculación con el altar mayor de la Catedral de León.

Dos piezas talladas en hueso de ballena podrían también pertenecer a León. Son una Epifanía, actualmente en el Victoria & Albert Museum de Londres, y una Virgen con el Niño que se encuentra en el Louvre. La Epifanía representada la escena principal de la Adoración de los Magos al Niño, pudo haber salido del monasterio de Sahagún, que contaba con uno de los talleres de marfil más importantes. Además, la plataforma evidencia que el hueso de la ballena aparecía junto a otros marfiles hispanos del contexto leonés, como el caso de la cruz de Fernando I y Sancha en una publicación de José Puiggarí.

La Virgen con el Niño aparece en la propia página como procedente del Reino de León o de Aragón. Esta placa de hueso cachalote, con cierta deformación, al parecer, propia del material y del paso del tiempo, muestra la imagen de la Virgen María con el Niño y los expertos creen que fue utilizada como cubierta de un códice, un evangeliario o para ornar un relicario.

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