La noche en la que las ánimas se conjuran con palabras
La güeste de ánimas volvió a desfilar con sus antorchas negras entre los vivos en una procesión que cumple diez años en Villalfeide gracias a la voluntad de Adriana, Vanesa y Alma y al entusiasmo de todo el pueblo
Imagen de la güeste, las escritoras de las estaciones literarias, y el momento en el que las ánimas encadenan a su nuevo acompañante.
El bosque de Villalfeide se tragó ayer, una vez más, a la güeste de las ánimas, la procesión de espectros que cada año, y ya van diez, traspasan la dimensión de la muerte para compartir la noche de muertos con los que aún viven. Con un cielo sin luna, la bóveda celeste de la noche abrió millones de reflejos de la luz fatua que nos devuelven las estrellas desaparecidas y a las diez en punto, quienes habían acudido a las antiguas escuelas vieron cómo de la nada surgió el séquito silencioso del más allá.
Una hora antes, los presentes ya habían temblado con los cuentos de terror de Alma y Vanesa que, junto a Adriana, conjuran cada año el pasillo por el que, durante sesenta interminables minutos, se mezclan ambos mundos. Vanesa recitó El precio, el cuento de Neil Gaiman que narra la lucha de un gato negro por proteger del demonio a sus amos. Alma, por su parte, viajó hasta el Japón de los samuráis para aterrorizar a la audiencia con La promesa rota. Las luces del pueblo se apagaron y el sondo de la güeste —sus antorchas inflamadas y mecidas por el viento— acompañaron la primera estación literaria. Marta del Riego Anta recitó versos en gallego para recordar a los que se fueron pero, sin embargo, están más presentes que los que les sucederán en el olvido. Bajo las hojas doradas del árbol que recuerda las palabras seculares de los niños de Villalfeide, la escritora recordó a los presentes que el tiempo entre una generación y otra se deshace en un bucle imposible de detener.
Las ánimas continuaron su camino hasta la plaza, donde, sin piedad, encadenaron a un nuevo miembro para su cortejo. Le pillaron mientras tomaba, inconsciente de lo que estaba a punto de ocurrirle, su última cena, a la luz de una tenue vela. Sin mostrar resistencia, el pobre finado les siguió para repetir la eterna marcha de muerte.
Llegaron hasta los pies de la iglesia, segunda parada literaria. Cristina Fanjul narró la historia de Lavinia, la lechera de Villalfeide, que murió tras huir del consumero sátiro que se cobraba la inocencia de las niñas en su fielato de León. La escritora y periodista de Diario de León describió que de su muerte brotó la fuente del tío Carpo y cómo la güeste se llevó el alma del aduanero tras tratar de consumar su lascivia y beber de ella. Las campanas doblaron por la muerte y la procesión continuó su andadura hasta el castillo. Allí, Cristina Flantains advirtió del regreso de la reina Urraca y sus huestes. No olvidó la primera monarca privativa de Europa a sus fieles, como Sancha y Alfonso, ni a sus enemigos, como su marido, el rey de Aragón, Alfonso, llamado el Batallador, que se hizo llamar emperador de León y rey de todas las Españas, robándoselo a la emperatriz.
Tras escuchar las últimas palabras de Cristina Flantains, los espectros, con el mismo silencio con el que habían robado el alma de su último acompañante, se aventuraron hacia los bosques, quizás llegaron hasta Aviados a través de Correcillas y Polvareda. A Villalfeide regresó entonces el sonido de las gaitas y las panderetas y los vivos decidieron que el muerto al hoyo. Ellos olvidaron la penumbra mojados en sopa de ajo y chocolate. La fiesta para espantar el miedo acababa de empezar y se prolongó hasta el amanecer.