Diario de León

OPINIÓN Verónica Viñas

La cara oculta de Operación Triunfo

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Nadie se esperaba el triunfo de Ainhoa; ni ella misma. La concursante vizcaína había sido nominada por el jurado de Operación Triunfo prácticamente todas las semanas y, por sorpresa, se coló en la final. Sin restar méritos a esta joven intérprete de 22 años, que dice ser «apolítica» y cuya meta es seguir los pasos de su predecesora (Rosa), pasando a convertirse en la Ainhoa de España, su elección resulta, cuando menos, chocante; amén de que, por su carácter, caía mal a casi todos -público incluido-. Tanto los concursantes como el jurado habían expresado sus preferencias por el gaditano Miguel Nández; sin duda, la mejor voz de esta segunda edición de Operación Triunfo, relegado a un cuarto puesto. Las sospechas no proceden exclusivamente del ex batasuno Arnaldo Otegi, quien carecería de todo crédito si no fuera porque días antes de la final comenzaron a circular una lluvia de correos electrónicos explicando las razones (sobre todo, políticas) por las que debía ganar Ainhoa. El asunto, pues, parece tomar otro cariz. Y, en este contexto, no resultan extemporáneas las declaraciones de Otegi, quien considera la «operación» -nunca mejor dicho- un gol del PP, en un intento por unir a todos los vascos y a éstos con el resto de los españoles a través del festival de Eurovisión. De ser cierto, sería escandaloso; aunque ya el año pasado el PP intentó «monopolizar» el concurso asegurando que los concursantes encarnaban los valores e ideales de su partido. Resultaría paradójico que los productores del programa, los antiguos integrantes de La Trinca, hubieran sufrido tan nefasta metamorfosis, de defensores a ultranza de las libertades a... (ponga el lector el mejor calificativo). Ciertamente, Operación Triunfo puede resultar un pastel demasiado goloso, puesto que el lunes alcanzaba una cuota de pantalla de casi ocho millones de espectadores. El año pasado el festival de Eurovisión resucitaba para los españoles tras décadas de ostracismo. Que la representante de este país en la próxima cita de Eurovisión sea una vasca (aunque apolítica y sin el rh de Arzalluz), tendrá consecuencias más allá de las meramente musicales. Pero haber premeditado, propiciado o planeado su elección no sería una simple tomadura de pelo o, peor aún, un tongo, sino que dejaría en evidencia la turbidez del «poder» y sus inconfesables mecanismos para dirigir al pueblo.

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