OPINIÓN Miguel Ángel Nepomuceno

Tu música envenena mi sueño

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León

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A estas alturas de la función no vamos a rasgarnos la vestiduras porque algún desaprensivo de la dirección nos destroce dos obras referenciales de la historia de la música y las convierta por obra y gracia de una lectura descuidada y plana en basura envuelta en celofán perfumado. No es el caso. Pero el pasado viernes tuvimos en el Auditorio una muestra de lo que se puede hacer con un concierto que en principio tiene todas las papeletas para ser de campanillas hasta convertirlo en algo irreconocible, aburrido y ramplón. La Orquesta Pablo Sarasate, el pianista Joaquín Achúcarro, todos ellos bajo la batuta del director titular Ernest Martínez Izquierdo pusieron en atril tres obras referenciales, manidas y trilladas hasta decir basta pero siempre gratificantes y hermosas si quien las sirve lo hace con sensibilidad y buen gusto, que no es poco. Pletórica de un heroísmo trasparente y trascendente la Obertura «Egmont» corrió bien por las diferentes secciones de la orquesta especialmente por las de viento y cuerda a las que Ernest supo sacarles el mejor provecho con algunas pinceladas de fino trazo hasta lograr una lectura consecuente y en algunos momentos brillante. La Orquesta Pablo Sarasate es una formación sólida, con un sonido propio adquirido a lo largo de una trayectoria profesional intachable, con una cuerda y un viento madera eficientes y el resto de las secciones en consonancia lo que hace de ella una homogénea y compacta agrupación orquestal. Le siguió el plato fuerte de la velada, el concierto beethoveniano nº5 «EL Emperador», servido por uno de los grandes maestros del teclado como es Joaquín Achúcarro, un lujo de solista en cualquier sala en la que interprete. Sin embargo, por alguna razón que bien pudo ser la falta de ensayos, algo comenzó a ir mal desde la larga y resplandeciente cadencia del piano con la que arranca este sensacional concierto. Vimos a un Achúcarro nervioso, preocupado de las entradas del director, no encontrándose cómodo en su taburete que graduaba cada poco y moviéndose constántemente en él como con ganas de salir de aquel infierno al que le estaba sometiendo la inseguridad del director. Fuertes desajustes de la orquesta comenzaron a hacerse notar en el Allegro mientras el solista atacaba los pasajes en «forte» con inusual energía como temiendo ser sepultado por el «tutti». Sólo en el «Adagio», cuando hizo cantar al instrumento con la depurada técnica que posee, vimos al Achúcarro de siempre, seguro, sobrio, de fraseo perfecto, luciendo toda esa paleta colorista que extrae a cada grupo de frases y las hace llegar a la audiencia con la calidez y el lirismo que requieren. Momentos difíciles los que siguen para la orquesta que no encuentra el tempo, no sabiendo los profesores a quien mirar si al señor de la batuta o al pianista que mueve la cabeza dándoles las entradas precisas. Descontrol general hasta que de nuevo el maestro Achúcarro retoma las riendas de aquel potro desbocado y lo somete a la fuerza del irresistible rondó para jugar con él de todas las maneras posibles hasta que de nuevo el redoble de timbales lo sepultan en un batiburrillo sonoro del que sólo emerge cuando la fugaz «coda» obliga al diminuendo orquestal permitiendo al solista salir triunfante con el canto ditirámbico de su victoria. Los aplausos se prolongan largo tiempo hasta que Joaquín se saca la espina en solitario con un hermoso Chopin, que hace olvidar lo anterior. Cerró la irregular velada la Sinfonía nº9 «del Nuevo Mundo» de Dvorak en una de las más nefandas versiones que este cronista ha escuchado nunca. Cualquier parecido con la realidad fue pura coincidencia. Metal destemplado, trompas ensordecedoras, timbales abruptos, y un tempo enloquecedor que destrozó todo lo que de heroico y lírico posee esta manida pero hermosa sinfonía. Sólo el corno inglés fue reconocible en su canto de Hiawatha, bello y nostálgico así como el clarinete en el Allegro con fuoco, pensativo y evocador, el resto pudo ser cualquier cosa. Todo, menos la impresionante sinfonía escrita por Dvorak quien a buen seguro ayer noche se removió en su tumba ante tanta barbarie perpetrada. Para el olvido.

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