El arte de Vicente Amigo incendia la noche del Auditorio

Vicente Amigo, durante su actuación ayer en el Auditorio de León
¿Qué se puede decir a estas alturas de Vicente Amigo que no se haya dicho ya? Prácticamente nada y también mucho. Nada desde el aspecto técnico y musical, de guitarrista consumado y heredero de una saga que lleva en su sangre la esencia del flamenco puro. Mucho en cuanto a lo que Vicente significa para el hombre de hoy, de flamenco comprometido con su arte hasta las últimas consecuencias, de riguroso, original y hondo. Mucho en que no deja de sorprendernos con su forma de tocar y en la pasión que emplea en cada rasgueo, en cada tiento, en cada tonalidad, buscando siempre la más bella, sugerente o inusitada para hacernos estremecer de sentimiento con la fluidez, la ternura y la firmeza de cada composición. Todas las tendencias del flamenco moderno se aúnan en sus temas y ayer en el Auditorio volvió a incendiar la noche a base de fusionar ritmos, de retar a la inteligencia y a la sensibilidad con el toque de una guitarra hecha de acordes sorprendentes, de frases novedosas en el mundo del flamenco, de entresacar lo mejor del spelling- un estribillo en el que introduce una peculiar técnica de jazz- por el que una vocal entona una melodía sin letra, una suerte de sonidos onomatopéyicos que pretenden imitar un instrumento. El buen gusto y la sensibilidad jugaron al escondite con la inteligencia para crear un espectáculo lleno de colorido y pureza en una noche en la que Vicente Amigo desafió a la monotonía incendiando la tristeza.