FERIA DE SAN ISIDRO
Casi una corrida de toros

El novillero Manuel Escribano se tira al suelo tras recibir a su novillo a porta gayola
Novillada seria, entera y guerrera. Muy por encima de los demás, un cuarto de bandera. Dechado de clase, puro equilibrio de casta y nobleza en altas dosis. Con el estilo clásico de Jandilla. Dos novilleros sin poner ni sitio. Uno de ellos, Raúl Velasco, tan desmoralizado que se cortó la coleta. Y un debutante de Sevilla que se encontró torcidas las cosas. El público, rendido al ganado sin distinción de matices. Astifino, bien armado, con cuajo, el novillo que abrió escarbó muchas veces y salió temperamental. Cumplió sin entregarse en el caballo, fue pronto pero hizo hilo en banderillas y llegó a la muleta vivo, crudo y listo. Sopló ese traicionero viento de Madrid que descubre a los toreros y Raúl Velasco, más decidido que puesto, se sintió enseguida comprometido. Por la mano izquierda, repitió el novillo con pies y al viejo estilo. No sin son. Por la derecha, cortó, rebañó y buscó. Sin humillar. Velasco tardó en encontrar la mano buena y no llegó a encontrar dónde ponerse al abrigo del viento. Así que trance complicado y, mal que bien, papeleta resuelta. Más en tipo que cualquiera de los demás -en el tipo Jandilla de procedencia-, estrecho de sienes, veleto, lomiliso, bien proporcionado, el cuarto fue el novillo de la corrida. Por calidad, fondo y temple. Salió embistiendo al galope en el saludo de capa, apretó con fijeza en dos varas, volvió a galopar en banderillas y sin demasiado estrépito rompió en la muleta con soberbio son. A más y hasta el final. Toro de altísima nota. Incansable. Y a compás siempre. Velasco le pegó muchos pases, se quedó quietecito y más o menos se vació. Pero ni llegó a arrancar la faena, adocenada, ni tomó cuerpo. Playero, manso, la cara arriba y con ganas de irse, el segundo fue novillo de estilo y nota malos. Lo aplaudieron en el arrastre. Luis Miguel Vázquez, valiente, pretendió sin éxito tratarlo de modo convencional. Buscando la faena de dos manos y tandas redondas. Imposible. No repitió viaje una sola vez el toro, sino para pegarse o defenderse. Novillero firme y estirado, responsable. Equivocado de estrategia. Pero sin volver la cara. La estocada, desprendidilla, fue pura fe. Encastado de verdad, el quinto tomó tres varas cumplidamente, arreó en banderillas y desbordó enseguida a un Luis Miguel Vázquez justo de recursos, descubierto por el viento una y otra vez, sorprendido por las embestidas y las arrancadas de un toro demasiado grande para él. Porque sacó su chispa de temperamento. Aunque tuvo muy notable fijeza, no se dejó trajinar sin más. El tercero, recibido a porta gayola por Manuel Escribano, tomó corrido dos varas largas sin terminar de rematar y se movió mucho. Fue en la muleta novillo de desigual ritmo. Empezó viniéndose de largo y por abajo, y hasta repitiendo, pero no sostuvo el son. Sí los pies para moverse. Escribano, muy decidido en vistosa apertura en los medios, en un jugárselo todo, se atascó cuando hubo que traer al toro en corto y obligándolo. Porque fue otro el novillo cuando hubo que emplearse en menos espacio. Fue faena a menos en logros y confianza. Algo desconcertado Escribano, que mató a paso de banderillas con mucho corazón. El sexto, que de propina iba a llevarse en el arrastre la vuelta al ruedo que el palco negó al toro que la mereció, el cuarto, descolgó de salida y vino a capotes por abajo, derribó en una primera vara, cumplió bien en dos más, escarbó no poco, fue algo andarín y no remató en la muleta. Tuvo más bondad que fuerza o tranco. Escribano lo banderilleó en alardes -un meritorio par al violín quebrando por dentro- y pecó de acelerarse con la muleta. Los nervios y la impaciencia de un debut en Madrid. Pesó mucho el ambiente.