INTERFERENCIAS
¿Juguetes animados?
PARECIERA que cada año aumentaran los anuncios de juguetería para Navidad. Quizá sea una percepción falsa, pero lo notorio es esa suerte de fraude de ley cometido en parte de esa oferta gracias a los avances en tecnología digital. Permiten virguerías para lucir un juguete. Por ejemplo, hace una década mostraban estático sobre un decorado, a indios, vaqueros, caballos y un fuerte con la cámara a su altura, y el resultado no engañaba. Así recibirían los chavales el juguete y su imaginación haría el resto. O un coche teledirigido. El objetivo le seguía realmente porque su movimiento lo provocaba el mando manipulado por su dueño. El reclamo no era engañoso. Ahora vemos a dos muñecos, armados hasta los dientes, como corren, disparan, saltan, e incluso intercalan entre las imágenes a dos actores para reforzar el atractivo. Gracias a la animación. Un recurso que la publicidad aplica al conjunto de la muy variada oferta de juguetes, salvo honrosas excepciones. Se sabe que a los críos, un juguete les dura lo que una bolsa de caramelos. Lo del usar y tirar, y mira, al final, casi da lo mismo. Los Reyes Magos (o Papa Nöel, ese azote de la colonización cultural) le habrán puesto al niño los dos guerreros, y ni habrá tenido tiempo de certificar que ni corren, si saltan, ni disparan, porque a los quince días, los olvidará en un rincón. Aún así, esa publicidad es un f-r-a-u-d-e.