El tenor leonés fue aclamado tras el recital que ofreció con Ana González
Ignacio Encinas pone en pie al Palau de la Música de Barcelona
Las piezas más conocidas de ópera y zarzuela hicieron las delicias del público barcelonés

El tenor leonés Ignacio Encinas triunfó ante el público catalán
Los cimientos del viejo Palau temblaron como lo habían hecho en ocasiones históricas parecidas a ésta, cuando se reunían sobre el escenario unos cuantos «monstruos sagrados» de la lírica para dar lo mejor de sí en una sesión inspirada, de las que luego se hablaría durante décadas. En esta ocasión fueron dos cantantes del siglo XXI los que pusieron en pie al hermoso Palau barcelonés con un recital hecho para emocionar. Ana María González e Ignacio Encinas, junto a la Sinfónica de San Cugat a las órdenes del maestro Josep Ferre, conformaron un programa hecho para la emoción, la entrega y el buen gusto. Se inició la velada con la obertura de Carmen de Bizet, leída por la Sinfónica de San Cugat con afinación y expresividad pero un tanto monolítica para seguir con la conocida y agradecida O mio babbino caro que sirvió a la soprano asturiana formada en La Argentina, Ana María González, para lucir sus cualidades cantoras que aunque no están ya en su plenitud aún mantiene ese encanto personal que la ha caracterizado a lo largo de su carrera. Sus discretas ornamentaciones, muy bien intercaladas, su capacidad de «ampliar la voz» después de un largo período de emisión (« messa di voce »), lucieron un fiato adecuado y suficiente. Aunque Ana María nunca ha sido una cantante de enorme «aliento» sí a cambio mantiene ese dulce timbre que la permitió alcanzar altas cotas de intensidad expresiva y cremosa vocalidad en I o son l¿umile ancella , redondeada por un magnífico acompañamiento de la Sinfónica de San Cugat. El público la premió con una gran ovación por el excelente canto y el entusiasmo desbordante que propició. Ignacio Encinas arrancó con Recóndita armonía de Tosca, un aria que siempre ha resultado adecuada al tenor leonés por su excelente línea de canto, apoyada en un agudo lacerante, al que une un cuidado fraseo de oro. La segunda aria del tenor Non piangere Liu mantuvo esa belleza tímbrica a la que no ayudó lo más mínimo la orquesta, ralentando de forma extrema los tempi, convirtiéndola en interminable. El numeroso público que abarrotaba el Palau, mostró su entusiasmo ante su buen hacer y se lanzó a una interminable salva de aplausos. El resto del recital fue un crescendo hacia lo excelente alcanzado sus mejores logros en el dúo de Madame Butterfly , que se coronó con el interminable Do de ambos cantantes produciendo una interminable apoteosis de bravos. Zarzuela La segunda parte se introdujo por el terreno de la zarzuela con romanzas como La canción del vagabundo en la que Encinas aún mejoró su magnífica actuación de León, No quiero que sepa que aquí vengo yo de Bohemios, un punto lírica pero cantada con mucho gusto por Ana María González. La esperada No puede ser de La Tabernera del Puerto tuvo en el tenor al protagonista de la noche, ahora muy bien acompañado a tempo por la orquesta produciendo el delirium tremens entre el respetable. Me llaman la primorosa , la salvó Ana María gracias a sus trinos porque la orquesta no acertó en ningún momento a seguirla. Todo volvió a su cauce cuando la Sinfónica atacó los primeros compases del dúo del Gato Montés, rematados por ambos intérpretes de forma «squillante». En pie Las propinas se sucedieron y así desde el esperado Nesum dorma con el que Encinas puso en pie a todo el Palau , el Vasl de Museta o Caballero del alto plumero hasta el manido Brindis de La Traviata todo el concierto fue una demostración más de lo que el canto a fuego de Encinas puede conseguir. Un canto cuyo balanceo vocal es absolutamente fabuloso. Su recital del Palau fue una lección de belcantismo como no es fácil escuchar hoy y todas sus intervenciones una pura maravilla de elegancia y musicalidad.