Cantante
Un pobre niño rico
Su malestar ante las comparaciones con su padre no pueden ocultar el paralelismo en su conquista del público americano

Enrique Iglesias ataviado de emperador para el anuncio de Pepsi
Entre la adopción de los (mayormente, las) fans y el pitorreo al que le someten los guiñoles y otros foros satíricos, la imagen de Enrique Iglesias ha adquidido la forma difusa de una estrella mundial marcada por unos elististas orígenes de cuyo lastre no ha podido desprenderse. Más allá de las bromas que generan los supuestos devaneos de Enrique, que transmite la imagen de que haber nacido en una familia multimillonaria ha sido un cruz para él, la realidad dice que se trata de un cantante que ha vendido ya más de 30 millones de copias con media docena de discos publicados, entre los que destacan títulos tan originales como Enrique Iglesias (1998) o Enrique (1999). Con 28 años y siete en el negocio, es una cifra sólo al alcance de un puñado de artistas en todo el mundo. Es difícil precisar la influencia que su apellido puede haber supuesto en este éxito cuantitativamente innegable, sobre todo a la luz del sonoro fiasco de su hermano Julio José. En cualquier caso, resulta inevitable la comparación con la carrera del progenitor, cuyos registros van mucho más allá: a estas alturas, ha despachado cerca de 250 millones de copias de sus 78 elepés. Por lo demás, hay paralelismos reveladores: cuando tenía la edad que ahora tiene Enrique, Julio Iglesias era también muy conocido en Latinoamérica, sonaba entonces Gwendoline en las radios de El Paso hacia abajo; a los dos el cartel de seductores les ha acompañado de forma permanente. Con los años, el padre terminó por conquistar también al público estadounidense, un logro totalmente infrecuente para los cantantes españoles y que al hijo le ha resultado más sencillo todavía, entre otras cosas por su pronta adaptación a la lengua y a a la cultura de Norteamérica, donde vive desde los siete años, lo que le ha permitido sembrar su música a los dos lados del Atlántico.