| Crítica | Sinfónica de Castilla y León |
De bueyes, marimbas y primaveras
Es admirable la lozanía Es admirable la lozanía y frescura con la que Alejandro Posada ha dotado a la Orquesta de Castilla y León desde que tomara posesión de ella hace poco más de un año. Cada nuevo concierto que nos presenta el director colombiano es una sorpresa cargada de estimulantes ritmos. El pasado miércoles nos propuso un programa altamente novedoso, con obras de las que difícilmente se escuchan en los repertorios habituales, imbricadas por completo en pleno siglo XX. El buey en el tejado es una página que corresponde al ballet del mismo nombre de Milhaud, escrita en forma de rondó y que de principio a fin rezuma frescura y alegría. Pasando por un sinfín de melodías que van del tango a a la samba y de ésta a la rumba y la conga el autor nos pinta con trazo seguro y breves pinceladas el carnaval brasileño de una de cuyas canciones más populares toma el nombre el ballet. La forma en la que Posada hizo vibrar a la orquesta y con ella al respetable fue elocuente y contagiosa, destacando la cuerda y el guitebaro que imprimió ese peculiar ritmo de danzón tan pegadizo. La obra que siguió, Concertino para marimba y orquesta, de Paul Creston, mostró el virtuosismo deslumbrante de ese marimbeño que es Samuel Walton, también conocido como «el hombre de los mil brazos», por la apabullante demostración de lo que significa tocar ese instrumento al que dotó de vida, elegancia y lirismo en ese Calm y Lively, apoyado magníficamente por la orquesta. La obra que cerró el programa es una de las piezas clave de toda la música contemporánea y que en su momento rompió moldes, estéticas y gargantas. La consagración de la primavera, de Strawinsky es piedra de toque fundamental para una orquesta y un director; y en esta ocasión tanto uno como otro estuvieron a gran altura. Comenzando por un fagot seguro que inició la exposición y pasando por una cuerda empastada y muy bien afinada toda la obra fue un crescendo hacia lo excelente. El viento metal, pieza clave en esta obra, mantuvo el extraordinario juego de planos sonoros, quebrado en algunos momentos por la trompas y trasladado a óboes y clarinetes en ese Juego de las ciudades rivales, para alcanzar el clímax en la Danza sagrada, con unos trombones de auténtico lujo que sellaron esta inquietante obra. Un gran concierto con un director que conoce todos los recursos y sabe trasmitirlos.