Eduardo Jordá evoca los últimos años de Paul Bowles en Tánger
Eduardo Jordá (Mallorca,1956) ha recogido en su libro Lugares que no cambian (Alba Editorial), lleno de historias de literatura viajera que mezclan realidad y ficción, los últimos años de Paul Bowles en Tánger, una ciudad que el autor admite que contradice el título de su libro, por cómo ha cambiado. Jordá explica que Bowles, como no tenía ni teléfono ni televisión, «abría su puerta a todo el mundo y le gustaba recibir por las tardes; aunque escuchaba más que hablaba, cuando se encontraba a gusto hablaba de sus viajes, de Guatemala, de cosas que había oído en el desierto.» Sobre su permanencia en la ciudad norteafricana, Bowles aducía que «el mundo iba demasiado deprisa y que esa transformación le había cogido en Tánger», según recuerda el escritor mallorquín afincado en Sevilla, quien añade que sólo le vio un detalle de la época dorada de Tánger, «fue un día que regresaba de comer en casa del pintor chileno Claudio Bravo, y se había puesto una corbata roja; todavía se la ponía para asistir a las mansiones del Monte Viejo». Jordá definió a Bowles como «un hombre de una curiosidad ilimitada», capaz de seguir publicando tras cumplir los 82 años, y como «una persona de inteligencia fría y cerebral, con inclinación por el humor tétrico», rasgo que también observó en el escritor guatemalteco Rodrigo Rey Rosa, de quien Jordá dice que fue el único amigo que le conoció a Bowles, pese a la diferencia de edad entre ambos. Además de a la figura de Bowles, Jordá retrata en su libro la Tánger de 1956 como Zona Internacional, una ciudad que de entonces hasta ahora ha cambiado tanto que, dijo, «ha pasado de nido de hedonistas a nido de terroristas», de «una ciudad en la que las distintas culturas y modos de vida convivían relativamente bien a que algunos de los asesinos del 11-M hayan sido tangerinos».