| Crítica | Danza |
Arte y sensibilidad
La genial bailaora sevillana Cristina Hoyos hizo vibrar el viernes al Auditorio leonés con un arte flamenco del que ya no queda
Comentaba Cristina Hoyos al concluir su admirable actuación del pasado viernes en el Auditorio: «Cuando los pies no vuelan y los brazos no revolotean, a eso lo llaman danza moderna». Y de inmediato nos vino a la memoria los últimos ballets que han pasado por este escenario no hace mucho y que lo único que tenían de arte era el nombre, porque el resto sólo era un puro agarrarse y retorcerse como San Lorenzo en la parrilla. «El baile tiene mucho engaño, niño -nos dijo la musa de Gades-, pero el flamenco, si es verdadero, es arte del grande. Ahí no vale el cuento, o bailas o te echan». «Eso será en tu tierra -le respondí-, porque aquí cuanto menos bailas más te aplauden y en lugar de echarte te contratan para varias temporadas». Así está el patio. Lo cierto es que después de ver actuar a una de estas leyendas del flamenco, de ver en acción a una Pilar López, a una Pastora Imperio, Gades o Antonio, se te van aquietando los ánimos y abriendo los sentíos para valorar cada vez con mayor ecuanimidad lo que la verdad esconde. Porque lo que esta sevillana sembró en León fue flamenco del que ya no queda, de ese que sólo los elegidos pueden y saben decir. Cristina Hoyos y su excelente compañía dejaron ahítos al personal para los restos con el vuelo de sus brazos y el aún breve pero embaucador taconeo de sus pies. Fiesta compartida Baile por seguiriyas , por tangos, alegrías, soleá o bulerías, que son como una cascada de agua tibia y transparente sobre un escenario carente de escenografía. A la luz de la luna con el único acompañamiento de las guitarras abrasadoras de José Luis Rodríguez, Mariano Silva y Angel González y la voz desgarrada de David Sánchez, El Junco , se arrancó por tangos y Cristina se animó en solitario con La Farruca. Palmas adelante, taconeo desbocado, tejer y destejer, yuxtaposición y flirteo por todos los palos del flamenco hasta llevar al espectador hacia una suerte de fiesta. Silencio que rompe el rasgueo de una guitarra solitaria, mientras el aire recobra el pulso con una leve soleá . Un pálido rayo se derrama sobre la tabla. Guitarra y cante rezumando fragancia de alegría. Pies, brazos pendulares, redondeo y baile de mujer sensual, ritmo de caderas y braceo sobre un taconeo despiadado. El grupo se recoge en una esquina para, poco a poco, meterse por bulerías. Tangos. Guitarra sorda. Ecos de soleá llenan la tarde. El cante trae aires de Camarón y Vicente Gelo y Simón Román desgranan las últimas notas; El Junco , puro bailaor, las clava, con un compás tremendo, que arrebata. Las guitarras vuelven a señorear la noche. Voces de hombres que animan. Maravillosa coreografía a seis. Cristina y toda la compañía regresan para arrancarse otra vez por bulerías. Estilismo puro que deja el compás suspendido en la infinitud. Voces que se apagan, murmullos del Guadalquivir prendidos entre los mantos. La fiesta ha terminado. Flamenco del mejor para los restos.