Diario de León

Ocho jóvenes novilleros estrellaron sus ilusiones ante un encierro manso de El Toril, al que debieron sacar más provecho

¿La salida, por favor?

Sólo Del Monte tocó pelo en la novillada, en la que se notaron más carencias que virtudes

El presidente del Club Taurino entrega el trofeo al Taranto

El presidente del Club Taurino entrega el trofeo al Taranto

María Jesús Muñiz Prieto
León

Creado:

Actualizado:

Más de tres horas duró la novillada sin picadores que marcó ayer el paréntesis entre las dos corridas de toros programadas para la feria. El empresario, Gustavo Postigo, decidió dar una oportunidad a ocho jóvenes aspirantes, que acudieron al coso del Parque con sus padres, futuros apoderados, hermanos y demás familia. Parecía el callejón la primera fila de un concierto de Bisbal, con demasiados puros por encima de la barrera. En lo ganadero, parecían más erales de carreras que de torear: más de un animal corrió los mil metros lisos antes de pararse ante los capotes. Y corrieron, salvo escasas excepciones, buscando la salida, barbeando tablas, husmeando un hueco por el que volver por donde habían venido. En lo taurino los muchachos, la mayor parte de ellos alumnos de escuelas en la materia, se mostraron en general verdes. Voluntariosos, como corresponde a su categoría, pero con menos recursos de los que cabría esperar para hacer frente al compromiso. Pero, al fin y al cabo, era novillada de promoción. Si no aprovecharon la oportunidad para lucirse y cortar trofeos, sí lo hicieron para exprimir al máximo el tiempo disponible. Algunos incluso para saborear lentamente la vuelta al ruedo, que debe saber a gloria cuando se sueña con repetirla en cartel estrella de feria grande. Sueños que algunos todavía envuelven en trajes heredados y vuelos de capotes de segunda mano. Son cada vez menos, pero aún se adivina el novillero sin padrino que da sus primeros pases con vestido donado de seda raída y lentejuela apagada. Entre barreras, algún padre circunspecto con su vivo retrato vestido de luces y sudando lo suyo en el ruedo. En el ruedo miradas de reojo al callejón, en busca de consejo que ayude a aliviar el trance o a salir airoso del atropellado momento. En lo artístico, mucha pose y poco pase. Se aprenden antes los adornos que el toreo fundamental, será porque éste es mucho más caro. Lo accesorio es también rentable. Una serie atropellada rematada con garbo, aunque sólo sea al final, suele provocar la ovación, y aquí paz y después gloria. En conjunto, se estrellaron las ilusiones. Seguramente las de los novilleros, que confiaban en lograr un triunfo que presentar como garantía para nuevos compromisos. Y desde luego las del público, que suele disfrutar de lo lindo con este tipo de festejos. Ayer tenía que haber dado para más. Una oreja entre ocho novilleros y ocho novillos es poco bagaje para un festejo en el que las exigencias son las mínimas. El festejo terminó con las luces artificiales encendidas en el último novillo, y muchos huecos vacíos más que al principio. Entre los novilleros, el único que consiguió tocar pelo fue Juan Jesús del Monte, que actuó en segundo lugar. El novillo fue muy corretón, como todos sus hermanos. Después del primer par de banderillas emprendió huida barbeando tablas, y hasta intentó saltar al callejón, después de haber escapado a la carrera de capotes, muletas y garapullos. Del Monte sujetó en el centro del ruedo la mansota embestida del animal, al que le costaba arrancar pero que luego seguía la muleta cuando se la dejaban en la cara. Acudió al engaño con más genio que entrega, pero humilló y se movió con rapidez, con lo que el público siguió con interés el trasteo. Al natural hubo más enganchones y menos acoplamiento, por lo que volvió a coger el engaño con la derecha, para recetar algunas tandas un tanto atropelladas por la velocidad del animal. Tuvieron muchos pies el novillo y el novillero, que remató con una tanda adornándose y una estocada caída. Había abierto plaza Luis Miguel Amado, al que le costó calentar a un público que tardó en entrar en la tarde. Intentó el toreo variado con el capote y se esforzó al colocar las banderillas (el único que las puso de los ocho toreros). Con la muleta se fue sacando al eral a los medios con mucho empaque, para iniciar después varias tandas en las que faltó acoplamiento entre la velocidad de la embestida y la de la muleta, sobre todo en los pases por el pitón izquierdo. El animal se volvía rápido y salía con la cara a media altura, defecto que no corrigió en el largo trasteo. El público agradeció la voluntad. Animoso Félix de Castro anduvo animoso toda la faena, no estuvo mal con el capote y en la muleta animó con la voz la embestida de un astado que se rajó tras obligarle en la primera tanda. Algo más cerrado, le sacó los pases a regañadientes. Apuntó el torero buenas maneras y recursos, pero el novillo no colaboró. Fue una larga faena en la que el público apenas salió del letargo con los alardes que remataban cada serie. Entró a matar con decisión, pero perdió los trofeos por precipitarse con el descabello. Volvió a tomar el estoque y recetó un pinchazo muy delantero y una estocada baja, para saludar después desde el terio. El que hacía cuarto no fue menos atlético que sus hermanos, y corrió todo lo del mundo buscando cómo salir de aquel círculo donde le incomodaban con capotes y banderillas, de las que se dolió. Persiguiendo a uno de los subalternos estuvo a punto de saltar al callejón. En la muleta de Carlos Huerto embistió con un punto de genio que hizo que las tandas no salieran todo lo limpias que hubiera sido deseable. Animoso ante las complicaciones del novillo, que salía con la cara arriba y estaba más pendiente de irse que de embestir, se las vio y se las deseó para matar. Cuatro pinchazos delanteros y una estocada pescuecera, que provocó un escandaloso derrame, dejaron su recompensa en una cariñosa ovación. Curro Marciel tardó en meter al capote al que hizo quinto, y en la muleta comenzó sacándoselo con pases de buen gusto. Bajó la mano y tiró bien del toro, pero sólo le salió en la primera serie; a partir de ahí el animal embestió con la cara alta y saliendo distraido, lo que deslucía los pases, y el novillero no encontró la colocación adecuada. Fue un trasteo sin interés, rematado con alardes y aplaudido mecánicamente al final de cada serie. Se tiró a matar con decisión y cobró una estocada entera que remató con dos golpes de verduguillo. El mejor novillo El sexto fue el mejor ejemplar del encierro de Martín Berrocal. Jesús Cereceda lo recibió con dos largas cambiadas y un animoso saludo capotero que despertaron la mayor ovación de la tarde. El animal, algo más cuajado que el resto y con más fijeza, siguó la muleta en series de mano baja, pero sin ajustarse en exceso. Por el izquierdo intentó alargarle el viaje también, pero no siempre con la deseable ligazón. La faena llegó al público, pese a que el novillero lidió despegadillo. Remató con manoletinas y despachó al animal con más de media delantera, otra de igual colocación y cinco descabellos. El animal fue ovacionado en el arrastre. El séptimo también fue un novillo para sacarle más partido, aunque Franciso David Sevilla el Taranto realizó una faena pulcra y con gusto. Más asentado que sus compañeros, y sin hacer concesiones ni alardes, trasteó con sentimiento a un animal que humillaba, aunque tardaba en arrancarse. Fue una fena basada en la mano derecha, aunque en la fase final le sacó una tanda de naturales largos y templados, de uno en uno, que fueron lo mejor de la tarde. Sin embargo, no acabó de llegar a los tendidos, que a esas horas acusaban ya un cierto cansancio. Pinchó tres veces hasta dejar una estocada entera, volcándose, y dio una vuelta. Dejó buen sabor. Cerró la tarde Ángel Jiménez el Caló, al que le falta aún mucho por aprender. No se aclaró con el capote ni con la muleta, y salió trompicado varias veces, a pesar de que uno de sus subalternos le marcó el camino en unos capotazos en los que sí sometió al animal. No hubo acoplamiento ni faena a destacar, pero sí mucha pinturería en el menudo torero, que salía gustándose de las tandas en las que no había logrado ajustarse. Insistió deslucido cuando el público ya no estaba para tardanzas inútiles. Menos mal que lo cazó con la espada al primer viaje.

tracking