El Juli y César Jiménez salieron a hombros tras cortar tres orejas cada uno, y Javier Conde sorprendió y cortó un apéndice
Tres personalidades toreras
Vuelta al ruedo para un toro de Garcigrande, y buen juego de los astados de Zalduendo

Salían los aficionados con la sonrisa en la boca. Hacían así con las manos, como bailarinas de puntillas Corredera arriba, intentando explicar el arrebato de Conde. Bajaban la mano por Papalaguinda dominando como El Juli. Metían los riñones ya en San Francisco imitando el andar torero de Jiménez. Se lo pasaron en grande. Se pasó volando la tarde. Hubo variedad y sobre todo personalidad. Todos toreros, cada uno distinto. Debían tomar nota los aspirantes que el día anterior intentaron lucir en El Parque las enseñanzas recibidas en las escuelas taurinas, marcadas por una preocupante monotonía. Vulgaridad definiría mejor lo que se dejó ver en el festejo de promoción, pero no es cosa de ensañarse precisamente con los que empiezan. Porque de vulgaridad está lleno también buena parte del escalafón superior. Ayer no hubo vulgaridad. Ni monotonía. Ni tiempo para el aburrimiento. Dieron juego los toros y lo dieron los toreros. No deja indiferente Javier Conde, ni en las broncas ni en su personalísima forma de entender el toreo. Ni El Juli, poderosa muleta, recurso siempre a punto. Ni César Jiménez, inteligente, torero, variado. Gran tarde de toreros capaces y dispuestos. Empezó el festejo torcido, con una estupenda bronca a un medroso Conde. Pero salió el segundo y la tarde se puso imparable. Apenas hizo ademán de iniciar el primer capotazo El Juli y un olé espontáneo rugió en los tendidos. Fue como una premonición. El toro, Aparatoso de nombre, castaño, el único que no fue de la ganadería titular, salió suelto del primer puyazo pero luego se dejó pegar. Lo recibió el madrileño con lances a pies juntos y le realizó un variado quite, muy jaleado por el público. Inició la faena de muleta con estatuarios y pases por bajo, doblando la rodilla, en los que ya dejó ver el animal lo boyante de su embestida. En la primera tanda ya tenía El Juli formado el lío. El toro humilló y siguió los engaños con codicia por los dos pitones, y el torero dominó su embestida alargando el viaje y dejándole la muleta en la cara. Anduvo listo hasta para arrebatarle la muleta de la testuz cuando el toro se la arrancó de un derrote. Se adornó, toreó a placer, realizó tandas en un palmo de terreno,... Un gran toro y un torero poderoso y con recursos. Matador seguro, no quiso dejar escapar el triunfo y se fue detrás de la espada, que no tuvo efecto fulminante al quedar un poco tendida. Pero fue suficiente. Y la petición mayoritaria. La vuelta al ruedo del toro, muy aplaudida. En el que hacía quinto salió Julián dispuesto a rematar una tarde que para entonces ya era triunfal, pero se topó con un enemigo de embestida sosa y reservona, que se agotó enseguida. El de Zalduendo acometía sin maldad, pero necesitaba tiempo entre pase y pase, impidiendo la ligazón. Le recetó mano baja y muleta dominadora, se descaró con él, hizo lo posible y algo más y ahí se acabó la faena, voluntariosa pero de casi imposible lucimiento. Terminó el asunto con más de media que fue suficiente, y cortó otra oreja. Porte torero En César Jiménez los ademanes rezuman estética torera. Porte que acompaña con un excelente toreo de capote y una soltura con la muleta que enseguida cautivaron al público. Recibió a su primero, tras el triunfo del Juli, con una excelente tanda de verónicas de manos muy bajas y bella factura, rematada con media excelente. Muy lucido con el capote también en el quite, hace gala de ese toreo vertical que, lejos de resultar envarado, llega enseguida a los espectadores. El inicio de la faena despertó ese murmullo en los tendidos que hace presagiar que algo grande va a pasar. No defraudó. Se plantó en el medio del ruedo con la montera sobre los pies y, tras rectificar la distancia, ejecutó impertérrito el pase por la espalda que con tanta espectacularidad prodiga. Lo repitió varias veces y en ninguna acometida rectificó la posición. Un valor sereno que aderezó luego con excelentes series con la mano derecha, bajando mucho la mano. Antes le había dado distancia y llevado a media altura, hasta que el animal se entregó en la embestida. Por el izquierdo hubo menos acoplamiento, acometía el toro más rebrincado, su pitón era el derecho. Por ahí acudió con claridad y nobleza, con una embestida algo más remisa que la del toro anterior, pero fue también un buen animal. Jiménez lució al toro, lució su toreo y lució su torería hasta para andar en la cara del de Fernando Domecq. Preparó ceremoniosamente la estocada en los mismos medios, pero pinchó. Al segundo viaje el toro rodó sin puntilla, y las dos orejas se pidieron con fuerza. En el que cerró festejo el de Fuenlabrada anduvo inteligente, seguro y torero. Lo recibió en un largo y templado saludo con el capote, y quitó por chicuelinas. Cogió la muleta, se hincó de rodillas en el centro del ruedo y no dejó dudas sobre su disposición en una tanda en redondo de hinojos, que el toro inició ligeramente rebrincado y terminó siguiendo el engaño humillado. Jiménez adornó el inicio de las tandas para alegrar la embestida del animal, un tanto remisa; aunque el mérito del trasteo estuvo en no dejarse enganchar la muleta. Tiró del toro, arrastrando el vuelo de la muleta en algunos pases al natural; y no desdeñó tampoco los molinetes de rodillas y otros alardes para asegurar la ovación del público. Preparó al toro para la muerte con unos ayudados por bajo, aguantó los parones y pinchó en el primer viaje del estoque. Cobró después una eficaz estocada. Se le concedió una oreja, pero pese al tropiezo a espadas se pidieron los dos apéndices con mucha fuerza. Jiménez salió a hombros junto con El Juli, en una tarde triunfal en la que también pudo haberles acompañado Javier Conde. Sólo por lo que hizo al cuarto, espoleado por el éxito de sus compañeros. El duende no encontró León El malagueño abrió plaza con un breve saludo capotero y un desordenado tercio de varas a un animal que salía suelto y buscaba el hueco solitario donde no le atormentasen con los capotes. Tanteó por el izquierdo. Luego por el derecho, con unas precauciones que no entendió el público, que con estos preámbulos ya se olía el resultado del primer acto de la tarde. Destemplado y medroso, intentó una tanda ante un público deseoso de aplaudir; pero la cosa resultó desajustadilla, sin encontrar los terrenos ni el acoplamiento. Faena fue lo que le hizo al público, porque el trasteo se fue en probaturas. Qué le vio al toro es algo que aún se pregunta el respetable, porque el de Zalduendo aparentemente no se comía a nadie. Pinchó y se adivinaba el sainete, pero remató con otro perpendicular. El duende no había encontrado León. Es lo que tienen los artistas, la inspiración puede llegar. O no. Llegó el pundonor Ya sus dos compañeros con la puerta grande asegurada, Conde salió muy animoso con el capote al que hizo cuarto, y acudió con prisas a brindar al público para iniciar cuanto antes la faena. Por donde antes se había ido el duende llegó el pundonor. Y detrás vino la inspiración. La derrochó. Donde faltó acoplamiento puso pinturería. Donde faltó emoción puso arrebatadas acrobacias. Diríase incluso que bailó. Si no había una embestida, improvisaba un pase, de muleta o de ballet. El público primero se sorprendió, luego se entregó. Fue un largo acto en el que la originalidad tomó protagonismo. Desde luego, Javier Conde es un torero distinto. De bronca o de triunfo, pero personalísimo. Y eso se agradece. Perdió la puerta grande con los aceros. Recetó un pinchazo hondo, arriba, que pudo haber sido suficiente. Se lo fue tragando el toro, pero necesitó otra estocada, ejecutada tras un aviso. Aún así tardó el toro en morir, lo que enfrió los ánimos. Pero el triunfo ya estaba firmado.