Diario de León

Galán salió por la puerta grande en tarde de triunfo, que perdieron con los rejones de muerte Hermoso y Bohórquez

La torería a cuatro patas

Espectacular demostración de los caballos toreros de los tres rejoneadores actuantes ayer

María Jesús Muñiz Prieto
León

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Danubio mira al toro a los ojos. Gira a su alrededor, encrespa la cola, patea en las narices del enemigo, le guiña las orejas. Y no le pierde la cara. Se acerca o escapa según los movimientos que intuya del astado, pero nunca vuelve el hocico. Es caballo, está domado, sigue las órdenes de los muslos de Hermoso de Mendoza. Pero es torero. Se ve en su expresión. Desafía al toro. Se luce retándole. Un desfile de caballos toreros, bellísimos, expresivos, emocionantes y con una espectacular doma, hubiera sido por sí solo un espectáculo digno de contemplar. Pero también había toros. No colaboraron, pero marcaron el rumbo de la tarde. Lo sancionaron más los caballeros: montaron extraordinariamente, lidiaron bien y mataron mal. Muy mal. Y por los rejones de muerte se les fue el triunfo. De no haber fallado con los aceros la puerta grande no se hubiera abierto sólo para Sergio Galán. Pero el joven y prometedor rejoneador salió a hombros, y Pablo Hermoso de Mendoza y Fermín Bohórquez lo hicieron a pie. En el recuerdo, los caballos. A la salida, decenas de aficionados se acercaron a los alrededores del patio de caballos, donde los cuidadores desenredaban las crines adornadas de los equinos, cepillaban sus grupas, secaban sus sudores y sus miedos, comprobaban si alguno de los pitones había alcanzado a los animales. Una caricia en el lomo del caballo torero parecía saberles a algunos espectadores como el roce de la lentejuela del diestro triunfador que sale a hombros. Un toque de magia para quienes se saben incapaces de tales hazañas y heroicidades. Así acabó la tarde, con buen sabor de boca. Había empezado con mucho calor, fuera y dentro de la plaza. La temperatura física fue bajando, aunque muy lentamente. La artística se mantuvo hasta el final. El joven Sergio Galán fue al final el único que consiguió cortar dos orejas, una a cada uno de sus astados. En el primero de su lote se lució especialmente con Montoliú, un espectacular lusitano bayo con el que enceló a un toro sin codicia cabalgando a dos pistas, y dejándose llegar mucho los pitones. Con él colocó las mejores banderillas de esta primera faena, y lo hizo en la primera ocasión con un vibrante quiebro en el centro del ruedo, que adornó colocando el sombrero en la testuz del toro. Quebró de nuevo tras citar de frente en una cuidadosa preparación, que dio paso a un par de lenta ejecución y fuerte repercusión en los tendidos. Sacó después a Cisneros, con el que ejecutó numerosos ejercicios de doma que pretendían alegrar una faena deslucida por la sosería del toro. Le alcanzó en uno de los viajes y el caballo se le negó un par de veces, aunque también con él clavó rehiletes. Sacó al final a Revolera, con la que puso banderillas cortas cuando el astado presentaba ya más complicaciones, esperaba y pegaba un arreoncillo cuando el caballo estaba cerca. Fueron muy celebrados los adornos agarrando los dos pitones del toro. Entró a matar con el astado ya muy parado, pero el madrileño fue hábil y dejó el rejón de muerte. Se le pidieron con fuerza las dos orejas, pero el presidente sólo concedió una. En el que cerró plaza volvió de nuevo a demostrar facultades y conocimientos este conquense de adopción. Fue el peor toro de un encierro en general poco lucido. Se mostró desde el principio muy escarbador, remiso a embestir y siempre amagando. Con Camino trató de encelarlo, enroscándose con él y dejándole la cola en el hocico. Pese a los problemas del de Justo Nieto, se lució en banderillas con Peco, un albino que citó de frente y provocó una y otra vez una embestida que casi nunca llegaba. La colocación del toro para las banderillas resultó muy dificultosa, pero Galán lo citó con inteligencia y fijó su atención hasta provocar un arreón que aprovechar para colocar el castigo. Dipuesto a no rendirse ante la posibilidad de abrir la puerta grande, el caballero arriesgó en la parte final de su trasteo de nuevo con Revolera, con la que colocó tres rosas y banderillas cortas a dos manos. Lo hizo con valor, pasando por los adentros con el toro muy cerrado en tablas. Ni así se arrancaba el astado, pero el rejoneador insistió y pasó al final por espacios que parecían imposibles. Pinchó antes de dejar con rapidez un rejonazo efectivo, que obligó al presidente a otorgar una oreja ante la insistencia del público. La torería de Chenel La actuación más vibrante de la tarde corrió a cargo del navarro Pablo Hermoso de Mendoza. Clavó los rejones de castigo con Curro, que trató de encelar la embestida del que hacía segundo; e incluso realizó algún viaje en el que parecía torear con la grupa. Sin embargo, la parte más espectacular de la faena corrió a cargo de Chenel. Con el toro de más brío del encierro recorrió varias veces las tablas, en ambos sentidos, cabalgando a dos pistas, dejándose llegar, quebrando, cambiando el viaje,... Todo un espectáculo, sensacional y torero el caballo. Lo citó una y otra vez, lo enceló con la cola, se le metió por los adentros arriesgando, pero sin perder la templanza en ningún momento. Un exponente más de la excepcional cuadra de este jinete. Con él colocó tres banderillas arriba, perfectas de preparación, ejecución y colocación. El público estaba encantado con la actuación del de Estella. No defraudó tampoco el caballo que sacó para el último tercio, Fósforo, con el que exhibió una doma impecable, colocó tres banderillas cortas en lo alto del morrillo y se adornó con desplantes y vueltas del equino en la cara del toro. La plaza era un clamor cuando Hermoso de Mendoza cogió el rejón de muerte, y aplaudió a rabiar cuando el acero entró por completo en el cuerpo del toro. No lo hizo, sin embargo, por buen camino, pues tuvo que desmontar el caballero y rematar la faena con dos golpes de descabello, que dejaron el triunfo en una oreja. El que hizo quinto fue un toro que no permitió tanto lucimiento. Parado, distraido, de sosa acometida, lo que no tenía el astado lo pusieron caballos y caballero. Sacó a Chicuelo para alegrar la falta de emoción en el viaje del toro con vueltas en la cara del toro, intentando provocar una embestida remolona. Fue sin embargo con Danubio con quien la labor volvió a subir de tono y a adquirir altas cotas de calidad y admiración. Es maravilloso cómo este caballo se deja llegar a los toros, cómo gira alrededor del astado dándole la cara y sin perderle la mirada. Un caballo muy torero, con el que la colocación de las banderillas fue muy aclamada por los aficionados. De nuevo cerró faena con Fósforo, colocó tres rosas y cortas a dos manos y dejó un rejón trasero. Perdió de nuevo las orejas al fallar con la crucetilla: necesitó cinco golpes de descabello. Espectacular cuadra Fermín Bohórquez anduvo también mal con los aceros, y perdió la puerta grande al fallar en la muerte del primero de la tarde. Antes había realizado una labor meritoria, luciéndose con Nevado y Oriente, colocando excelentes banderillas clavadas al estribo, y pares a dos manos con el primero de los caballos, de gran expresividad. Una excelente cuadra la que mostró en León el jerezano. Caballos nuevos que le están dando muy buenos resultados. Tuvo un susto con el de salida, al resbalar el caballo en el centro del ruedo, cayendo montura y jinete en la cara del toro, que por fortuna no hizo por ellos. En el cuarto, que se movió más que sus hermanos, estuvo especialmente brillante con Piropo, un alazán cuatralbo que encandiló al público con el vistoso balanceo con el que cita en banderillas. Se prestó más el astado al lucimiento, acudía a los cites y el caballero aprovechó adornándose también con Nevado, sobre todo con un par a dos manos. Estuvo el público frío con él. Terminó con un pinchazo hondo y muy contrario que fue suficiente.

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