El mundo literario vistió ayer sus mejores galas para rendir homenaje al escritor chileno
Dos años en España, toda una vida de poesía y compromiso con la palabra
García-Posada: «Neruda se enamoró de España y si no hubiera estallado la Guerra Civil, se hubiera quedado»

Carta de Neruda a Albertina Rosa, protagonista de «Veinte poemas de amor y una canción desesperada»
Los años que Pablo Neruda pasó en España, de 1934 a 1936, fueron decisivos para él por la fecunda amistad que mantuvo con los mejores poetas del momento y porque la Guerra Civil fue determinante para que el poeta chileno dejara atrás su neutralidad y se comprometiera con la causa republicana. «Para Neruda la experiencia española fue absolutamente capital», asegura, en declaraciones a EFE, Miguel García-Posada, crítico literario experto en poesía, mientras que el periodista y académico de la Lengua Luis María Anson afirma que la Casa de las Flores, hogar del escritor chileno en Madrid, se convirtió en el centro de la vida poética española. El poeta que ayer hubiera cumplido cien años llegó en mayo del 34 a Barcelona, tras haber sido nombrado cónsul, y en febrero del 35 se traslada con el mismo cargo a Madrid, ciudad que, según dice Sergio Macías, consejero cultural de la Embajada de Chile en la capital española y autor del libro «El Madrid de Pablo Neruda», «le marcó» como escritor y como hombre por los acontecimientos que le tocó vivir. «Neruda se enamoró de España y si no hubiera estallado la Guerra Civil, lo más probable es que se hubiera quedado a vivir en nuestro país», señala García-Posada al subrayar el grado de integración del autor de Canto general en la vida cultural española, tan elevado que se convirtió «en un escritor español más» y «un poco en el jefe de filas» de muchos creadores del momento. Cultivó la amistad de Federico García Lorca, Rafael Alberti, Miguel Hernández y Vicente Aleixandre, entre otros poetas, y también del pintor José Caballero, quizá «su mejor amigo», en opinión de Anson. Pero también se relacionó con otras voces poéticas más jóvenes como las de Leopoldo Panero o Luis Rosales. Eran años de ruptura con las directrices de Juan Ramón Jiménez, y en torno a Pablo Neruda se agrupó un conjunto de escritores que querían alejarse de la lírica conceptual y trataban de rehumanizar la poesía y de expresar, en algunos casos, un cierto grado de compromiso político. A García Lorca lo conoció en Buenos Aires, en 1933, pero fue en Madrid donde ahondaron más en su amistad. «Neruda admiraba profundamente la poesía de García Lorca», señala Anson. La poesía de Pablo Neruda, decía Lorca en 1934, en un acto en la Universidad de Madrid, «se levanta con un tono, nunca igualado en América, de pasión de ternura y de sinceridad. Se mantiene frente al mundo lleno de sincero asombro y le faltan los dos elementos con los que han vivido tantos falsos poetas: el odio y la ironía». «Desde el punto de vista literario su estancia en España fue fecunda y central», asegura García-Posada. Luego llegó la guerra, que «fue decisiva» para el escritor chileno «en la medida en que le obligó a tomar partido, porque, aunque se piense lo contrario, hasta poco antes de la Guerra Civil Neruda era un poeta pesimista, existencialista, surrealista, pero no un marxista revolucionario». La cruel experiencia de la guerra, los bombardeos, las matanzas de niños, «suscitan un cambio en su poesía que se hace más comprometida», y da lugar a España en el corazón , «un libro memorable», añade este experto en poesía. «Le dolía enormemente el dolor de los demás, le acuciaban y le entristecían los muertos», afirma Anson, para añadir que por esa razón ayudó a fletar con destino a Chile un barco, el Winnipeg, cargado de centenares de exiliados republicanos. Corría el año 1939 y Neruda había sido nombrado cónsul para la emigración española, con sede en París.