Paz nerviosa, ira y guerra latentes

La pausa guerrera a la que Almanzor sometía la tierra leonesa venía ligada a un presunto compromiso que obligaba a rendir tributos. Finalmente los árabes volverían a las armas

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C. Santos de la Mota - león
León

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La precariedad del reino y tantas insolencias y desfachateces no obligaban más que a salir con la determinación de «o todo o nada». Y así por un diploma fechado en 25 de julio de ese año reconocemos su retorno y en otros documentos nos cuenta que apresó a un tal Conancio, parece ser que el propagador de la noticia de su muerte, de quien el rey dijo: «ese necio que se puso a hablar de mí malignamente, levantando entre las gentes el murmullo de que yo había sido asesinado, y cambiando con ello la opinión general, con lo que alejó de mí a la población y fue causa de otros muchos males y desórdenes». Vermudo, pues, relativamente recuperado, hace importantes donaciones a las iglesias de León y de Santiago, así como a los «fieles» que le habían ayudado y aconsejado en aquellas «horas difíciles», entre los cuales está nuestro famoso cronista Sampiro que es por estos momentos cuando entra como notario y consejero en palacio. Vermudo II tampoco arremete con ira ni es rencoroso con quienes antes le vendieron por poco más que nada, y así Gonzalo Vermúdez de Luna, el castellano-alavés enriquecido en León, vuelve a figurar de nuevo en el séquito real que, aunque habiéndole primeramente confiscado sus bienes y siendo encarcelado, no tardó en devolverle gran parte de su hacienda y hacerle un hueco en la curia de palacio donde está presente y constante hasta 997. También con el antiguo jefe de la rebelión en la frontera del río Mondego (Portugal), Gonzalo Menéndez, fue Vermudo indulgente, pues dejó que estuviera a su lado desde 991, y aún más, dejó que poco más tarde ocupara el mayor puesto de confianza, el de armiger o alférez del rey. Benignidad «real» También al propagador de su falsa muerte, Conancio, le suelta de su apresamiento «conmovido por los ruegos de su esposa y de su madre», nos dice Muñoz y Romero en Colección de Fueros Municipales, y solamente cuando reincide en sus traiciones «juntándose con los enemigos del rey para devastar, depredar y latronizar la tierra», en el mismo libro y del mismo autor, es cuando decide con determinación despojarle de todas sus propiedades. Hasta con Suero Gundemáriz, un «revoltoso incorregible» que había sembrado tantos trastornos en las tierras gallegas, tuvo Vermudo II una extraordinaria benignidad, según nos cuenta Menéndez Pidal, e incluso después de muerto el revoltoso, existe un documento de agosto de 992 en el que Vermudo II quiso dejar a la viuda algunas villas que habían sido de su marido. Años más tarde, sin embargo (es bueno que la memoria sea flexible, pero también fuerte y duradera), el hijo de Vermudo II, Alfonso V, recordará cuando tenga ocasión «que soberbiamente se alzó contra su rey y organizó una conspiración en la tierra de sus padres desde el castro de Trana». El precio de la tranquilidad Vermudo II por esta época reside, más que en León donde sólo encontraba ruinas, en Astorga, y aunque ningún historiador habla de pactos entre él y Almanzor, es probable que Vermudo se comprometiera a pagar un tributo anual. Y también un probable acuerdo aunque fuera con el mismísimo conde de Castilla (a un clavo ardiendo nos agarraríamos en caso de necesidad) en el que habría podido entrar un compromiso de casamiento con la hija de éste, Elvira García. Para el historiador árabe Ibn Jaldún es posible que Almanzor exigiera a Vermudo, como antes lo hizo con una princesa vasca, hija de Sancho Abarca, la entrega de una hija suya, Teresa, para su harén, con lo cual haría de ella una concubina, «aunque después la liberó y casó con ella». El obispo Pelayo también habla de esto y nos dice que podría haber sido entregada por su hermano Alfonso a un rey toledano como prenda de paz, y que después de la muerte de su marido, Teresa habría tomado el velo en el monasterio de San Pelayo, de Oviedo. En cambio otro autor árabe, Al-Nahhas al-Dimyati nos dice que cuando la hija de Vermudo II era llevada a Córdoba, dio ésta una respuesta altiva a los leoneses, que le rogaban intercediese con Almanzor en favor de sus compatriotas, y dijo atinada y dignamente: «Es a las lanzas de sus guerreros a lo que debe confiar su honor un pueblo, no a los encantos de sus mujeres.» Sobre este tema de la entrega de la hija Teresa al harén o como matrimonio o como fuere a uno o a otro, Claudio Sánchez Albornoz parece, no obstante, haber demostrado que no fue así, pero nosotros nos inclinamos a pensar que si no fue eso, algún trato tuvo que pagar Vermudo pues los «paseos» de Almanzor no eran gratuitos. La cuestión de Castilla Con respecto al tema de Castilla, Vermudo se resignó al hecho consumado de una dependencia puramente teórica. El hijo de Fernán González, García Fernández, no se había portado mal con él y le acompañó cuando a finales de 991 vino Vermudo II a tomar nuevamente posesión de su capital. Debió de ser por entonces cuando se resolvió el divorcio del rey con Velasquita Ramírez, «prolis Ranimiri», ¿hija del rey Ramiro II? Seguramente sí, lo que se había convertido en un matrimonio entre primos, pero solamente por un lado, puesto que Vermudo II era nieto de Ramiro II y de su primera esposa Adosinda, mientras que velasquita era hija también de Ramiro II, pero de su segunda esposa, Urraca de Navarra, quien tendría unos años más que Vermudo pues habría nacido hacia 950, mientras que Vermudo lo habría hecho hac ia el 953. Fue el mismo rey, quien cansado de su esposa o porque no acababa de darle el heredero deseado, el que presentó ante los obispos su estrecho parentesco para conseguir la nulidad. El nuevo casamiento se hizo con Elvira, quien según Menéndez Pidal era hija de García Fernández, conde castellano, hijo y sucesor de Fernán González, lo que queda reflejado ya en un documento del 2 de septiembre de 992 por el que Vermudo II hace donación del castillo de Miranda a la diócesis de Oviedo y ofrece el obsequio en unión de su mujer, «la sierva de Cristo Elvira» quien no tardará en darle un hijo varón, el futuro Alfonso V. La ira se desata de nuevo Pero las luchas con Almanzor no habían acabado y éste, quizá hostigado por García Fernández que nunca quiso doblegarse ni resignarse a pagar ningún tributo a los ismaelitas (musulmanes, sarracenos), volvió a la carga contra la cristiandad. Naturalmente, por desgracia, el primer destino volvió a ser León, se apoderó de Astorga y obligó a Vermudo II a pedir la paz y pagar tributo. Antes de regresar a Córdoba, sin embargo, inflige también un duro castigo a García Fernández, conde de Castilla. Esto parece que sucedió en el mes de noviembre de 995, tras lo cual vino un período breve de tregua. «En 996 -nos dice Menéndez Pidal- todo era quietud y seguridad. En marzo recorría Vermudo II la provincia de Asturias, y el 14 firmaba un documento en el que podía afirmar la sumisión completa de los condes y de las ciudades.» Ese documento dice así: «Yo, Vermudo, en posesión de todo mi reino y disfrutando del gobierno de todas las ciudades y provincias hasta los confines de mi tierra, llegué a la región asturiana y, sólidamente afianzado sobre mi trono, determiné hacer una donación al monasterio de San Juan Bautista y San Pelayo de Oviedo.» También en octubre de ese año de 996 firma un privilegio en favor del monasterio de Parameno, acompañado por los obispos de Lugo, Oviedo, León y Astorga, más un nutrido grupo de magnates, además del conde de Saldaña, quien después de cerca de diez años ausente, es admitido en la corte gracias a la benignidad probada de Vermudo II.

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