Diario de León

Un niño que dará que hablar

El jovencísimo Alfonso, después llamado «el Noble» o «el Restaurador», hereda el trono leonés con pocos años: los magnates entran entonces en lucha por apadrinar al rapaz

«Muerto Vermudo, levantó Dios al santo rey Alfonso...»

«Muerto Vermudo, levantó Dios al santo rey Alfonso...»

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C. Santos de la Mota - león
León

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Alfonso V el Noble o el Restaurador . Rey de León, 999-1028. Hijo de Vermudo II el Gotoso y de Elvira García. Casó en primeras nupcias con Elvira Menéndez, hija del que fue su tutor, y en segundas con Urraca de Navarra, hermana del poderoso rey Sancho III el Mayor. A la muerte de su padre (999) las sensaciones de debilidad del reino se esparcieron como fragancias apetitosas y no tardaron en aparecer los buitres atraídos por el suculento botín. A las presumibles mieles fueron llegando muchos pretendientes bajo apariencias nobles, serias, filantrópicas, desinteresadas. El reino estaba en horas bajas, el poder político había sufrido mucho con Vermudo II, se había disparado el desgaste social, anímicamente la sociedad había bajado hasta simas inconcebibles, estaba desorientada y el poder militar, otrora garantía de seguridad y de estabilidad, ahora semejaba más un despojo a jirones que la certeza de una protección. Esta fue la resaca que dejó Almanzor. Pero las tierras seguían estando ahí, donde siempre, aunque maltrechas, quemadas, desoladas, y la corona, sobre todo la corona, brillando lo suficiente y, asimismo, con tan evidente debilidad (dos condicionantes absolutamente compatibles para el depredador), que pronto empezaron las disputas, primero por la regencia y más tarde sembrando la cizaña y provocando la zancadilla. El pequeño Alfonso, que tenía muy pocos años de edad, fue ungido sin previa elección (había arraigado el sistema hereditario, atribuido como ya vimos en el rey Ramiro III, a Elvira, hija de Ramiro II, lo que la hacía media bisabuela del rey que ahora tratamos) en una época políticamente muy agitada, socialmente inestable y militarmente muy mermada. De ahí numerosas incursiones musulmanas, rebeliones internas y grandes extensiones y plazas ocupadas por los castellanos, a la cabeza de todos ellos iba el conde Sancho I García de Castilla, nieto de Fernán González, aprovechándose de la debilidad de León y de la minoridad del rey, y haciendo suyas y para Castilla las tierras comprendidas entre los ríos Cea y Pisuerga, extensiones éstas donde se iniciaría una carrera de luchas, sangre y muertes que finalizarían hasta con el cambio de nombre. Lo que eran Campos Góticos leoneses pasaron a llamarse Campos de Castilla o Tierra de Campos. Cuando Vermudo II casó con Elvira García, que era hija del conde castellano García Fernández y de Ava de Pallars, lo hizo con la intención de atraerse a la siempre díscola y cada vez más guerrera y expansiva Castilla. Pero eso siempre fue un magno error. Castilla nació guerrera, conquistadora, anuladora. Y fue a la muerte del rey Vermudo II cuando se entablaron las disputas por la regencia. La coronación de Alfonso V tuvo lugar el 11 de noviembre de 999 y con este motivo el nuevo rey, mejor dicho su madre Elvira, pues Alfonso era un niño aún de unos cinco años, ofreció a Froilán, que fue el obispo que consagró la coronación, el castillo leonés de San Salvador. Allí firmaron el príncipe y dos hombres que ya estaban disputándose la influencia sobre esta corte; eran el conde Menendo González, hijo de aquel Gonzalo Menéndez que revolucionara la tierra portuguesa en contra de su padre Vermudo II antes de que, arrepentido y perdonado, volviera a figurar en la corte, esto es, perdonado y admitido por el padre, y admitido asimismo por el hijo, Alfonso V; y el segundo pretendiente en la disputa por la tutoría del rey, Sancho I García, conde de Castilla y nieto de Fernán González. Menendo González asistió a la coronación como primer personaje del reino, no en vano era llamado comes magnus (el gran conde), y es porque a lo mejor siguiendo un último consejo de Vermudo II podría haber sido nombrado ayo y protector del niño príncipe. También es el primero en firmar entre todos los magnates del reino, y tras él, pero detrás, está «Sancho, hijo de García», quien además se añadía el apelativo de dux , quizá para acompañarse de más dignidad. Ambiciones sospechosas Y este Sancho I García también ambicionaba la tutoría del niño rey leonés, «pero en León se le teme -nos cuenta Menéndez Pidal-, y por otra parte si Castilla se ha perdido definitivamente, la inclinación favorable a tomar parte por la rama gallega puede servir para asegurar las simpatías de las grandes familias de aquellas tierras». Del resultado de aquella asamblea que miró más hacia León, en primer lugar, como siempre se ha de hacer, surgió un documento del propio Alfonso V que fue escrito con posterioridad y que dice así: «Muerto el rey Vermudo, levantó Dios al santo rey Alfonso, y habiéndose reunido un concilio en la tierra de afuera , de Castilla, de Galicia y de Asturias, le colocaron sobre el trono de sus padres y abuelos en la sede regia de León, alabando todos a Dios y dándole gracias por el advenimiento del sobredicho rey emperador». Menendo González era siempre animoso. No le asustaba la situación interior del reino ni la amenaza siempre constante de Almanzor y su recuerdo de pavor. Mas al contrario, en 999 recién estrenada la tutoría ordenó repoblar Zamora haciendo frente a las tropas de Almanzor que estaban situadas en las plazas principales fronterizas del Duero. Y también por estos años es cuando un hijo bastardo de Vermudo II, de nombre Pelayo, se encuentra en Córdoba, sin duda animado y dirigido desde León, renovando antiguos pactos con los musulmanes, lo que pudo asegurar a León algunos años más de paz tan necesarios después de tanta desolación y tanta ruina que era aprovechada especialmente por Castilla para afianzarse más en sus territorios y tratar de absorber, sin conseguirlo, la tutoría y de hecho la dirección regia y con ello el poder efectivo militar, político y social de la mayor parte de la cristiandad peninsular. Sancho I de Castilla observaba que León se mostraba indiferente ante la guerra que en algunas ocasiones mantenían los castellanos contra los ismaelitas, pero ¿qué había de hacer?, ¿con qué iba a luchar? Y probablemente es de aquí de donde surgió más tarde la actitud hostil de Sancho I García hacia León. De aquí y de no poder conseguir la tutoría sobre el niño rey, no huérfana tampoco de una patología heredada como inclinación unilateral de una aversión enferma a creerse dueños de algo porque sí. La tutoría, pues, la ejerció desde el principio Menendo González y así queda expresado en una Historia de España de la editorial Alianza de la que extraemos el siguiente párrafo: «Abd al-Malik envía a León (1004) al cadí de los mozárabes, quien falla en favor del segundo» (Menendo). Otras fuentes coinciden también en la misma apreciación y se dice que para dirimir el conflicto vino desde Córdoba el juez de los cristianos, Asbagh ibn Abd Allah ibn Nabil, enviado por Abd al-Malik al-Muzaffar, hijo de Almanzor, quien ya había muerto en 1002, que favoreció al gallego en detrimento del castellano, es decir, que en plena predisposición de autoridad determinó quién tenía que llevar la tutoría del rey niño, y evidentemente apostó por Menendo quien iba a ser el efectivo regente del reino hasta su asesinato (1008). Debilidad o vasallaje Sancho I García, conde de Castilla, estaba muy bien situado en la corte leonesa a través de su hermana, la madre del rey, sin embargo nunca Sancho García pudo ni siquiera atisbar la tutoría tan ansiada del niño Alfonso V. Ahora bien, a qué se debe esta demostración de supremacía del juez representante de los cristianos Asbagh ibn Abd Allah y de ese poder decisorio como para poder dirimir entre uno u otro cristiano sobre la tutela de un niño-rey, lo desconocemos, aunque habría que buscarla, primero en la debilidad del reino y después en algún tipo de pacto y/o vasallaje que hubiera contraído Vermudo II con Almanzor al permitirle regresar de Lugo a León y recuperar el trono. La derrota de 988 fue quizá demasiado expeditiva como para olvidarse de ella y emprender nuevas veleidades. Y puede que esta fuerza decisoria musulmana fuera verdaderamente determinante y frenara en parte la demolición definitiva de León frente a Castilla, pues Sancho I García (el de los Buenos Fueros, el que se rebeló contra su padre, el que pactó con Almanzor traerle el cadáver de su antecesor, el que se tituló conde de Álava y Asturias, el que dio a su corte un aire oriental vistiendo él mismo como musulmán), era precisamente hermano de la reina madre, Elvira García, tío de Alfonso V y parte sumamente interesada en el empuje castellanizante que iría aniquilando el reino y el nombre. Elvira siempre se mostró muy favorable a los intereses de su hermano Sancho I García, quien a pesar de todo seguiría intentando alejar de la tutoría a Menendo González, lo que nos hace pensar que si la regencia recayó en el noble gallego, ésta no se produjo por acuerdo amistoso.

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