Diario de León

Urraca, a punto de reinar en León

A pesar de ser la primogénita, fue Alfonso VI, su hermano, quien gobernó en León. Sin embargo, jugó muchas veces un papel decisivo para sacar adelante el reino que amaba

El papel de Urraca fue muchas veces trascendental

El papel de Urraca fue muchas veces trascendental

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C. Santos de la Mota - león
León

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Urraca Fernández (1033-1101) fue hija primogénita de Sancha de León y de Fernando I. Nunca fue reina de León ya que el trono recaía siempre en la línea masculina, de ahí que fuera su hermano Alfonso VI quien heredara el trono leonés. Sin embargo deseamos romper en este momento la tendencia que veníamos manteniendo de expresarnos sólo siguiendo a los reyes que ciñeron corona, para hacer un paréntesis muy merecido en recuerdo de una persona que, a nuestro entender, fue quizá de las más dignas, coherentes y enteras de su tiempo. Si en aquella época se hubiera accedido al trono sin tener en cuenta el sexo ni otras muchas cosas que quizá hoy no sean tan llamativas, pero que en cualquier caso constituían y siguen constituyendo obstáculos y trabas para el desarrollo integral de la persona y por lo tanto de la sociedad, Urraca Fernández hubiera sido, sin duda ninguna, una de las más dignas y honestas regentes del país (nos referimos al reino), firme y prudente. Algunas crónicas hablan que poseía «talento muy notable». Amor de hermanos Fue como una madre para su hermano Alfonso VI, por quien siempre tuvo una especial devoción, cosa que fue interpretada como un a lo mejor, quizá, posible o probable mantenimiento de una relación incestuosa, naturalmente visto con la rigurosa parcialidad de la época, desde una parte de un todo de dos, y, por supuesto, no sin esconder un cierto interés desde las filas contrarias, avaladas por cierta tradición literaria, en absoluto aséptica. A lo mejor la verdad descarnada sólo pueda encontrarse en que nunca su otro hermano Sancho II el Fuerte de Castilla fue precisamente santo de su devoción, o que supo plantarle cara en Zamora o al menos se negó a entregarle la plaza, con todo lo que eso suponía de poner en contra a tanta y tanta literatura a posteriori que manejaron, por supuesto, los vencedores y tuvimos que leer los vencidos, desde luego, sin aquellos escozores pero con un enorme racimo de dudas, dudas razonables y dudas como simple ejercicio de salud mental para no dar por bueno cualquier cosa que llegara. Situación antes de la división Urraca Fernández era también hermana del rey de Galicia, García, y de Elvira, que heredaría la plaza de Toro. Para ella, para Urraca, sus padres la reservaron en herencia el señorío de Zamora. Así es como estaban las cosas cuando sus padres, Sancha y Fernando repartieron el reino, hasta que la perseverante búsqueda de la supremacía y la pertinaz obsesión en fagocitar León por parte de Sancho II el Fuerte, iluminado en el delirio de hacer que Castilla fuera medio mundo, desembocó en dos encuentros bélicos, el primero en Llantada (1068) y el segundo en Golpejera (1072). Tras la capitulación La consecuencia de las derrotas sufridas por el leonés Alfonso VI se tradujo en un apresamiento del monarca vencido (1072), que fue llevado así a Burgos (no debe perderse de vista la característica muy esencial de que sea llevado precisamente a Burgos, núcleo de Castilla y donde más aversión y fobia atrasada encontrará en la predisposición natural de los súbditos castellanos), y, obviamente, en la pérdida del cetro y de la influencia de poder al caer precipitadamente la corona y desmoronarse las estructuras sociales, políticas y militares, salvo muy dignos grupos resistenciales. Consecuencias de la caída Pero, como una castillo de naipes, la derrota y la caída de León trajo consigo la pérdida de Galicia, con lo que la corona castellana (¡quién lo iba a decir, corona!) se hinchaba como un globo y ponía así los cimientos para la enorme y desproporcionada Castilla que habríamos de conocer siglos más tarde. Tan sólo quedaban por reducir algunos enclaves que «hacían feo» e incluso distorsionaban con el nuevo orden hegemónico, cosa de nada, pequeñas migajas que no era probable que ofrecieran mucha resistencia, pero que sin el sometimiento de éstos ni la obra estaría militarmente completada ni satisfecho el ideal megalómano de Sancho II el Fuerte de Castilla. Eran las plazas de Toro y Zamora, ambas defendidas por sus hermanas, Elvira y Urraca Fernández, respectivamente. Tras la entrada en León de Sancho II el Fuerte como rey absoluto (12 de enero de 1072), la maquinaria que hacía mover los recovecos de la estrategia y la sabiduría que encarnaba Urraca Fernández se puso en marcha. Su hermano Sancho nunca fue su punto más débil, algo que ya es sabido, pero tampoco permitió consentirse a sí misma que sus relaciones con el castellano fueran del todo malas, lo que indudablemente le habría cerrado las puertas para cualquier margen de negociación y, sobre todo, para el esquema táctico que ahora tenía dibujado en su mente. Urraca, decisiva Y negoció. La intervención de Urraca Fernández ante su hermano Sancho II permitió una resolución que a la postre fue fundamental: que Alfonso VI, preso en Burgos, pudiera refugiarse en Toledo, lejos también, en cualquier caso, de las redes que tejían el poder, postergado a la nada y enviado al ostracismo, pero cerca de sus parias, arrimado a algún calor¿; lejos, pero lejos también de la frialdad castellana de la animadversión. Así pues, Toledo no era Burgos, evidentemente, y dado el caso, mejor se salía de Toledo que de Burgos, desde donde el horizonte, si existía, nunca se hubiera vislumbrado. Sancho accedió. Su hermano Alfonso iba a estar lejos, es decir, no sería más que una insignificancia estéril, un vago recuerdo, mientras que él seguía y seguiría apegado a su corona, subido a un trono mayor desde donde se veía a sí mismo enorme y gigante, muy gigante. Y desde esa incontestable fuerza atacó la ciudad de Toro y ocupó sin mayores contemplaciones la plaza que defendía su hermana Elvira. Y también como un gigante desbordando fuerza y ansia dirigió sus huestes a Zamora, distante unos treinta y cinco kilómetros, plaza que regentaba su hermana Urraca Fernández, pero ésta, que defendía la ciudad, señorío suyo por voluntad de sus padres, más tarde con el título de reina, según algunas fuentes por gracia de su hermano Alfonso VI, ofreció fuerte resistencia al asedio castellano compuesto por un contingente militar absolutamente desproporcionado para la resistencia que había en el interior de las murallas que rodeaban la ciudad y para las posibilidades de la propia ciudad de defenderse ante la fuerza militar del invasor. La ayuda de Zamora Zamora, no obstante, era una plaza bien fortificada, de fieles súbditos, de gente leal que aún estaba dispuesta a defender su país con la misma ambición e ilusión de tantas veces, y que plantó cara con mucha dignidad y puso freno hasta que pudo, para evitar que Castilla se comiera la última migaja apreciable del reino de León Durante el asedio ocurrió uno de los episodios más oscuros de la historia y probablemente uno de los más chalaneados en beneficio de la que fue la parte considerada vencedora. Pero sobre eso ya nos esforzaremos en el siguiente capítulo, e incluso en la parte segunda de este libro, dándole la dimensión que merece, el trato y la importancia que nosotros le otorgamos y la expansión aireada de su nombre, sin el maquillaje pobre y turbio de traidor con el que ha tenido que pasar por los largos caminos de la historia. Como la guerra se perdió y vino de nuevo la «unidad», creemos muy importante aclarar que el escudo que a ambos «identificaba», por lo menos en alguna época, llevaba, como hoy, dos leones y dos castillos, coronados ambos cuatro por una corona real. Sin embargo, lo que llama sobremanera la atención es que tanto leones como castillos estaban inversamente colocados a como hoy los conocemos, fruto de la preponderancia leonesa que a pesar de todo aún se mantenía quizá en sus últimas estelas de grandeza, antes, y hoy de un servilismo y segundismo que no nos puede llevar más que a desaparecer, si es que antes no se pone solución. Ésta es la cruda perspectiva del tiempo que ha pasado, y sólo en una dirección: hacia atrás.

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