Urraca y el trono, enlace inesperado
La estrategia del casamiento de Urraca con Alfonso I el Batallador, tenía como punto de mira la reagrupación de los reinos cristianos, pero finalmente provocó el efecto contrario

Las intrigas palaciegas y una boda por conveniencia presidieron el reinado de Urraca
Cuánto nos gustaría saber hasta dónde llega la verdad despojada de florituras, desinflada de bravuconadas eufóricas, libre de los adornos para el consumo del ánimo y del alma de los victoriosos y generaciones de descendientes de la filosofía y política castellanas, cuánto para desdibujar la hinchazón de la prepotencia fácil, escribiendo sin oponentes, legitimando su verdad, la verdad de un solo lado, cuánto para perseguir otro ideal tan legítimo como el de los impositores prepotentes. ¿Tan legítimo hemos dicho? Sí, tan legítimo hemos dicho, sino más. Desde nuestro punto de vista, Bellido Dolfos no fue un traidor, ni la historia debería recordarle como tal. Más al contrario. Nosotros diríamos que se trató de un soldado ejemplar, noble, fiel, tanto que llevó su trabajo hasta cumplir con el más alto servicio a su señor y a su país. Y la figura de Bellido Dolfos, que en alguna tradición literaria aparece como sinónimo de traición, deberíamos también empezar por desterrarla definitivamente, reivindicar orgullosamente su figura, desempolvarle de tanta ignominia y bajeza, y recuperarle y rehabilitarle para ponerle a la altura (no nos importa ahora a quién sirviera) de los más nobles sentimientos de fidelidad, arrojo y servicio. Pero para eso debemos tener otro concepto de la leonesidad. Y la historia que aprendimos fue la que escribieron los vencedores, la que tuvimos que leer los perdedores, como una parte más de la castellanización de León, como un arañazo más por donde escapaba el ser, la esencia y la vida del reino y su particularidad, mermándonos lentamente, borrándonos, difuminándonos en un horizonte perdido e incierto. A partir de este momento vino de nuevo la pérdida de la independencia, otro desgarro de la personalidad esencialmente leonesa, lo de la jura de Santa Gadea y un rey, de nuevo Alfonso VI, que reinició su reinado jugando ahora con la segunda baraja, una que tenía, a la vez, cartas leonesas y castellanas. Urraca. Reina de León y de Castilla, 1109-1126. Hija de Alfonso VI y de Constanza de Borgoña. Casó con Raimundo de Borgoña en 1090, quien fue conde de Galicia (1092) al recibir la tenencia de ésta como esposo de Urraca; de Portugal (1093), título que tuvo que ceder a su primo Enrique (1039); y de Grajal de Campos, en León (1098). Urraca recibió de su padre la tenencia de Galicia y al morir su esposo prematuramente (1107), Alfonso VI invistió a su hija y a su nieto Alfonso Raimúndez (futuro Alfonso VII, hijo éste del matrimonio entre Urraca y Raimundo de Borgoña) del señorío de Galicia, pero con una condición: que si su hija Urraca contraía nuevas nupcias, el señorío gallego que hasta entonces era ostentado al cincuenta por ciento entre madre e hijo, pasaría automáticamente a pertenecer sólo al hijo de Urraca, nieto de Alfonso VI. Cuestión sucesoria De todas formas el rey gobernante no había pensado ni en su hija ni en su nieto para su propia sucesión y Galicia y la tenencia de su señorío no era más que una limosna, un pequeño trozo de la moneda que representaba el poder del reino y que estaba reservada para el único hijo varón y natural que pudieron darle sus varias mujeres. Su cuarta esposa, Zaida (Isabel) fue quien le dio ese hijo varón que seguro tanto deseaba, de nombre Sancho, pero cosas imprevistas, destinos negros o requiebros de la fatalidad, todo ello se conjuró para que acabara muriendo inesperadamente (1108) en la batalla de Uclés (Cuenca) tras ser primeramente apresado. Esta circunstancia excepcional hizo que Urraca se convirtiera en la heredera del trono, lo que provocó una situación inesperada, viuda ya, a la que su padre Alfonso VI quiso dar una solución que luego sería origen de múltiples complicaciones y enrevesadas discordias. Comprometió a su hija con el rey de Aragón y Navarra, Alfonso I el Batallador, unos seis años mayor que ella. Alfonso VI, el de León y el de Castilla moriría unos meses después, en Toledo, como ya vimos. Estrategia nupcial La reorganización estratégica que llevaba consigo el casamiento de Urraca con Alfonso I el Batallador, tenía como punto de mira la reagrupación de los reinos cristianos peninsulares, a excepción del condado catalán, pero contrariamente al efecto esperado provocó que algunas fuerzas políticas y religiosas clamaran contra ella, contra Urraca. Por un lado la que ya era una poderosa orden, la del cluny, con una enorme influencia sobre la nobleza castellana; por otro Enrique de Borgoña, cuñado de Urraca por estar casado con una hermanastra suya, Teresa de Portugal, habida entre Alfonso VI y Jimena Núñez; y por último, algunos magnates gallegos partidarios del dominio de Urraca en beneficio de la dinastía borgoñona. Su mejor arma fue esgrimir que había parentesco entre los futuros cónyuges: ambos bisnietos de Sancho III el Mayor de Navarra. Además había que añadir profundas desavenencias entre Urraca y el Batallador. De otra parte también encontramos los que eran partidarios de Alfonso I el Batallador, contrarios, asimismo, a la unión marital de ambos pretendientes, y éstos solían ser burgueses y habitaban principalmente en las ciudades. Agrupación de bandos Deducimos, por lo tanto, que mientras los partidarios de Urraca se encontraban más en los pequeños núcleos y en áreas rurales, los favorables a Alfonso I el Batallador se concentraban sobre todo en las ciudades. Esta situación de rechazo y de división social entre partidarios de una y de otro desembocó en una guerra civil. De todas maneras el matrimonio se consumó (septiembre de 1109). La guerra civil entre unos y otros, facilitando la división y la fragmentación del poder social y militar, lo que hacía incrementar la posibilidad de un ataque almorávid, finalizó felizmente en un pacto mediante el cual se legalizó el gobierno conjunto, se acordaron mantener obligaciones recíprocas y se desarrollaron normas sucesorias de ambos reinos en favor de los respectivos cónyuges y del posible vástago que hubiera entre ambos. Pero pese a los acuerdos y los pactos, lo cierto es que las confrontaciones dentro del matrimonio eran evidentes y continuas, más las que se libraban fuera entre sociedad y sociedad, partidarios y detractores, y al revés, en un repeluzno social que no hacía más que agrietar y ahondar la disparidad. 1397124194