| Reportaje | Rincones madrileños |
Mirando hacia el pasado
El pintor Pina Lupiáñez expone sus óleos, repletos de paisajes y personajes castizos, en la sala de arte Bernesga como un homenaje a lo más típico y peculiar de la capital de España

El artista madrileño Pina Lupiáñez, delante de una de sus obras más representativas
Pina Lupiáñez es ya un clásico de la pintura española. Sus peculiares rincones madrileños, sus personajes castizos, nos muestran con poético realismo una forma de vida que está a punto de desaparecer, sobre todo en una urbe multitudinaria como es el Madrid actual. Comenta el artista que lo suyo es «rescatar las vivencias de las personas en ese ambiente castizo del viejo Madrid. Muchas de las escenas que pueden verse en mis obras son imaginarias porque hoy ya casi han desaparecido, aunque en el barrio donde yo tengo el estudio siguen apareciendo las castañeras, los guiñoles, las procesiones, los vecinos haciendo tertulia en las aceras, las verbenas con sus tiovivos¿ incluso los titiriteros con sus cabras, monos y hasta osos, pero ciertamente cualquier día nos levantaremos y todo habrá desaparecido definitivamente». Para no olvidarlo, para recordar que la capital de España estuvo en su momento llena de rincones sugerentes, que fue poblada por gente que no vivía agobiada por la prisa, que había verbenas con chulos y modistillas y niños que gritaban jugando en plena calle, para eso están los entrañables cuadros de Lupiáñez. Ciudad de acogida Vive Pina Lupiáñez intensamente el alma madrileña. «Madrid -dice- es una ciudad que lo acoge todo, que todo lo mima. Aquel que llega a Madrid, sea cual sea su procedencia, es siempre bien recibido e integrado. Y esa, que es la mejor característica de la ciudad, sigue plenamente vigente». Hace ya mucho tiempo que el camino pictórico de Lupiáñez es recto, sin altibajos, tiene marcado un claro horizonte. «Yo creo -asegura-, que lo que se pinta, lo que se escribe, nace de las experiencias que la persona ha vivido en su infancia y su juventud. Son emociones que marcan fuertemente el carácter de la persona y que inevitablemente afloran en el trabajo del artista, al final siempre aparecen. En esa línea están mis cuadros, las escenas que pinto las he vivido intensamente y es lógico que intente dejar testimonio de ellas». Pintura la suya amable, llena de candor y poesía, pintura que algunas veces nos recuerda al mejor Solana y que otras es intensamente suya. Los viejos trenes de vapor que salían rumbo a Europa desde Príncipe Pío o Atocha, las toscas y nostálgicas bicicletas de mediados del siglo pasado, los típicos carros de reparto tirados por asnos tan cansados como pensativos, son patrimonio de un artista que por voluntad propia vive anclado en un mundo que el tiempo se empeña en borrar, un universo en el que el ritmo del paso de los hombres era regla de oro y que se niega a correr hacia el futuro con el frenético rodar de los trenes de alta velocidad, o velocidad alta, que tanto monta. Horario: de 12.00 a 13.30 y de 18.00 a 21.00; sábados de 12.00 a 14.00 y de 19.00 a 21.00.