Diario de León

Un llanto bailable

La Orquesta Sinfónica Nacional de Kiev brindó en el Auditorio un concierto destemplado con un violinista «de andar por casa»

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Miguel Ángel Nepomuceno - león
León

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Aunque la Sinfónica Nacional de Kiev con Alin Vlasenko al frente debería ser una formación de las que dejan un buen sabor de boca por el rigor y la calidad de sus ejecuciones, en el Auditorio de León, el pasado lunes, no sucedió así. Partiendo de una cuerda soberbia y de una percusión correcta, el viento y la madera acumularon todo un decálogo de desajustes además de una desafinación en las tubas, los clarinetes y oboes más que escandalosa. Dividido en dos partes casi simétricas, el concierto se abrió con una reconocible obertura de Las Bodas de Fígaro que, pese a presentar ya los primeros síntomas de alarma en la madera, aún pudo salvarse gracias a una cuerda afinada, empastada y segura. El aria de Margarita del Fausto de Gounod que siguió, con la soprano ligera Iryna Vezhnevets, destacó por dos cosas. La primera, por la potente voz de la tiple rusa que encandiló al respetable poco versado por los gorgoritos y los Do 5 sobreagudos del final de las arias; y la segunda por el descuidado acompañamiento de la orquesta que tuvo más de un despiste en las entradas. Continuó con el hermoso vals Fruling stimmen con Iryna de nuevo como solista, en una suerte de acrobacias canoras apoyadas principalmente en sus agudos brillantes pero con leves pérdidas de color en la zona media y grave que eclipsaron su buen hacer. El desastroso programa de mano anunciaba ahora el Aria de Bach. ¿Qué aria? ¿No sería el «Aire» de la Suite nº 3? Nada de eso, lo que se escuchó fue el Bello Danubio Azul en una de las más planas versiones que este cronista ha escuchado. Vlasenko, además de no matizar lo más mínimo, se limitó a forzar las dinámicas hasta límites insospechados, produciendo un emborronamiento en el sonido que eclipsó cualquier intento de fraseo. El turno del violinista Le tocó el turno después al violinista A. Gonobolin para ofrecernos tres obras a cual más insulsa desde el punto de vista expresivo. Con el Sufrimiento de amor , sufrimos lo indecible ante varias notas mal pisadas y con Vocalisse llegamos al final, que se precipitó con la esperada y socorrida Caballería Rusticana de Suppe, un ruidoso experimento decibélico que no permitió respiro al oyente. La segunda parte abundó en los síntomas similares de la primera, sólo que aquí tuvimos la sorpresa de leer y cito textual: Vals El Danubio Azul- solista Gonobolin . Juro que a poco se me cae el programa de las manos. Pero, ¿no habíamos escuchado ya en la primera parte esta obra? Entonces caí, claro; han descubierto una nueva versión nunca escuchada y es ésta tocada por un violín solista. Me dispuse a escucharla extasiado, y cuál no sería mi sorpresa que suenan las famosas Zardas de Monty, no anunciadas en su lugar. El resto, con los palmoteos consabidos de la Radevski incluidos, fue un final feliz.

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