Diario de León

Juez y poeta

«Para escribir poesía hay que estar muy cabreado o muy enamorado»

Aunque parezcan dos labores sin conexión alguna, este magistrado leonés que ha ejercido cuarenta años en el País Vasco sigue cultivando el verso y la prosa con soltura y sinceridad

Isidoro Álvarez acaba de publicar el poemario «El alma secreta» (ediciones Poesía Toda)

Isidoro Álvarez acaba de publicar el poemario «El alma secreta» (ediciones Poesía Toda)

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E. Gancedo - león
León

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En el despacho de Isidoro Álvarez Sacristán hay dos grandes librerías: una está repleta de libros de Derecho; la otra, de buena Literatura de todos los estilos y épocas. Es un síntoma de cómo está amueblado el espíritu creativo de este leonés de pleno centro, nacido en el Ordoño II de hace 69 años. Magistrado especializado en Derecho Social y Laboral, ha toreado durante cerca de cuarenta años en las difíciles plazas del País Vasco, donde aún permanece. Su último libro, El alma secreta (editorial Poesía Toda), comienza con esta enigmática sentencia: «Cuando se tienen varias almas, sólo una es secreta». -¿Cómo se concilia el ejercicio, duro e implacable, de impartir justicia con la labor creativa y espiritual de la poesía? -Puede parecer que no, pero en realidad la justicia y la poesía tienen muchos puntos en común: todo poema, de cualquier autor, está encuadrado en alguna parte del Derecho o de la justicia. La lección con la que ingresé en la Real Sociedad Bascongada de Amigos del País en 1996, editada en un libro, se llamaba Poesía y Derecho , y en ella hacía un repaso por todos los autores que a lo largo de los siglos habían enlazado estos dos conceptos. Además, no hay que olvidar que el poeta siempre busca lo justo. -¿Ese repaso incluye también a algún autor leonés? -Sí, por supuesto. Por ejemplo a Antonio Gamoneda, cuando escribe: «Miras los montes, miras el aire/ y se presenta la justicia de las cosas»; o a Victoriano Crémer, cuando dice aquello de: «Porque sucede que la verdad es una vieja coima, aletargada como un oscuro sapo al sol. Que la justicia es una dueña zurcidora». Pero también están Marcial, Kavafis, Unamuno, Lorca, Celaya, o ese gran «albañil-poeta» que era Eladio Caballero. -¿De qué manera comenzó a escribir poesía, además de textos relacionados con el Derecho? -Hace más de cincuenta años participaba en un grupo que se reunía periódicamente en La Bodega Regia, una especie de tertulia en la que cada cual decía lo que le parecía, La Ceranda, en la que estaban Pereira, Perelétegui, etc. Después, en el 55, fui destinado a San Sebastián, a aeropuertos nacionales, y allí comenzó un poco mi labor literaria. Participé en la creación de dos revistas, Kantil y Kurpil, donde también estaban gente tan válida como el leonés Raúl Guerra Garrido, al que me une gran amistad, o Jorge G. Aranguren. Después llegó un período de cierta inactividad y en los ochenta llegué a escribir media docena de libros. -¿Inspiración o trabajo? -Lo de la fuerza de la inspiración es totalmente cierto. Hay veces que te sientas ante el ordenador y no eres capaz de escribir nada; otras en cambio, sale todo de corrido. Después de tener 30 ó 40 poemas escritos, los suelo reunir, los estructuro (veo muy pocos poemarios bien estructurados actualmente) y los edito. -En sus sentencias, ¿influye algo el ejercicio de la poética? -No, no. Siempre me abstraigo en mi independencia. En mi trabajo diario separo completamente esos dos mundos; aunque en una ocasión, con motivo de una charla que tuve que ofrecer sobre El daño moral en los accidentes de trabajo, no tuve más remedio que comenzar con un poema de Eladio Caballero: todos entendieron lo que quería decir, porque el poema, el verso, reúne en una sola línea todo un pensamiento o una teoría. -Ha pasado cuarenta años en el País Vasco y sigue allí. ¿Cómo ha sido su relación con el mundo del nacionalismo, el democrático y el radical? -Durante una época intenté aprender euskera. Pero presencié una manifestación en favor de este idioma y en ella oí gritos en favor de ETA y la independencia; allí vi lo politizado que está el tema. De hecho, el autor que escribe en castellano está allí muy condicionado, cuando no ignorado. Por otro lado, la tensión no es mala del todo: el estado único no ocasiona nada. Para escribir hay que estar muy cabreado, muy enamorado o muy excitado. -Usted se ha especializado en Derecho laboral, ¿qué opina de la llegada masiva de inmigrantes a España? ¿Se convertirán en factor de progreso y riqueza como sucedió en Estados Unidos? -Yo pregunto: ¿Qué tipo de inmigración es esa? Pues, en su mayor parte, una con un nivel cultural bajísimo, de la que realmente prospera cerca de un 1%. ¿Cuántos españoles se enriquecieron de verdad en Alemania, o leoneses en México? Una minoría. El emigrante que se establece y que prospera de verdad es el que está formado. -También escribió, antes incluso que el proceso autonómico, el ensayo «Las regiones en pie». ¿Cómo cree que le fue a León en ese proceso? -Como inmigrante en el País Vasco que soy, me considero muy reacio a cualquier tendencia nacionalista, y no me convence del todo lo de «León Solo»; pero sí creo una cosa: que los leoneses nos hemos dejado arrebatar el poder, o por lo menos, la mitad del poder. ¿Esto no se llama Castilla y León? Pues entonces la comunidad debería tener aquí la sede de alguna de sus instituciones, y no hay nada: todo se administra desde el otro lado, desde Castilla.

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