La última Walkyria

Eva Marton en un momento de su actuación en el Auditorio
De entrada decir que es la primera vez que algo de Wagner se escucha en el Auditorio y en León que tengamos memoria y segundo agradecer a Eva Marton que a pesar de su edad y del deterioro lógico de la voz, eligiera y cantara tan bien todavía este repertorio, tantas veces denostado incluso por profesionales de la voz. Naturalmente la voz de Marton ya no es la de la Elisabeth de Tanhäusser de los setenta, pues la tirantez en la zona aguda y las ligeras turbulencias en el discurso canoro son evidentes, pero en ella aún permanece ese fuego contenido hecho de pasión y dolor que a otras cantantes con la voz más fresca les cuesta tanto entonar. El uso de sus reguladores sigue siendo portentoso y la media voz aún mantiene, dentro de los límites correctos de afinación, esa carnosidad, esa morbidez que la hicieron famosa en su tiempo. Los Ruchert- Lieder de Mahler con los que arrancó, presentaron ligeros problemas de afinación y un leve vibrato que se corrigió de inmediato al calentar la voz y colocarse correctamente la columna de aire, después, simplemente los delineó con la tremenda musicalidad de su legato. Los Wesendonk -lieder de Wagner, los dijo con la convicción de esa mujer enamorada que espera la muerte pero sabe que aún permanece abierta una lejana esperanza. ¿Y Puccini?. Si el Mio Babbino caro no está hecho para su voz, Eva Marton sin embargo lo trasformó para hacerlo tan musical, tan iridiscente que no echamos de menos otra voz más ligera que la sustituyese. El Visi Darte de Tosca, lo cinceló con dulce timbre, pasando de la súplica a la desolación en una serie de cúspides vocales que dejó al respetable al borde del estremecimiento. La Wally y sobre todo esa Mamma Morta de La Gioconda, no tuvieron dificultad para cercenar cualquier duda de que todavía la Marton es una soprano dramática con muchos quilates. El Voi lo sapete o mamma de Cavallería, lo atacó desde la zona ascendente hasta diseccionarlo en sonoridades cada vez más desgarradoras merced a un fiato adecuadísimo, al tempo justo y al control de la voz para no perder el color ni la expresión. Suicidio , fue la propina generosa después de este maratónico recital que merece los máximos elogios por la valentía y la honestidad de una soprano que elige bien su repertorio y lo brinda con naturalidad sin dar gato por liebre como hacen otras. Kovacs se plegó perfectamente a la vocalidad de la soprano, sin embargo destrozó el hermoso vals de Chopin que interpretó en solitario.