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¿Pero esto es un piano o un acordeón?
Brillante concierto de Guillermo González, que luchó con un instrumento no apto

Guillermo González en el concierto del viernes en el Auditorio
Bendito piano y admirable pianista. Si se concedieran premios a los intérpretes más sufridores sin duda Guillermo González se llevaría la palma y eso que el gran maestro canario es un cúmulo de bondades y conformidades, con una sonrisa perenne en su rostro que da la sensación de que lo que está haciendo es una verdadera delicia. Sin duda, ayer ganó los méritos que le faltaban para ir camino de la beatificación. Si tocar La Iberia es ya de por si un ejercicio de sabiduría, de conocimientos, de clase y sobre todo de amor por algo tan denso, difícil y poco gratificante como es esta catedral del pianismo moderno, hacerlo con un tocho con ruedas como el Bössendorfer del Auditorio es una penitencia que, a quien logre superarla, le llevará sin la menor vacilación a los altares sin tener que pasar por ningún tribunal eclesiástico. Guillermo González, es hoy la máxima autoridad de La Iberia , obra que ha estado estudiando, expurgando y poniendo al día desde hace años y sus lecturas de esta pieza fundamental del pianismo del siglo XX, son ya referenciales, sin olvidar las ya clásicas de De La Rocha, Estéban Sánchez, (mágica), Orozco, Baselga, Torres Pardo y más recientemente los dos primeros cuadernos que Baremboim se pegó el gustazo de registrar para demostrar que él también sabe, si se lo propone, hacer poesía de esta obra. Aunque el maestro argentino reveló a un servidor, hace unos años, que prefería preparar cuatro conciertos de Rachmaninoff antes que dedicarse a La Iberia . Bueno pues Guillermo González cogió al toro por los cuernos y se lanzó a la suerte más comprometida: la de traducir sonidos y hacerlos llegar a un auditorio, esta vez poco versado en estas lides pues lo aplaudió todo. La estupenda sonoridad de la sala sinfónica, con la mampara del fondo levantada para que las dinámicas pudieran tener su verdadera y real dimensión, fue un regalo que hay que agradecer al destino, ya que una avería en los motores hicieron que se mantuviera elevada. Con el maderamen abajo y aquello se hubiera convertido, como viene siendo moneda común en este último año, en una caja de resonancia poco apta para estos menesteres de la música exquisita. Potente y ensoñadora al mismo tiempo, Guillermo brindó una interpretación que se ajusta perfectamente a la partitura original, otorgándole a cada pieza la fuerza y el lirismo que se merecen. Esteta del teclado, sus digitaciones, incluso la articulación de los ataques o los movimientos de brazos, responden a la conveniencia técnica, que unida a una suntuosa riqueza tímbrica, apoyada en una muy aséptica e inteligente utilización del pedal, que logra extraer los colores más sutiles al piano, configuran, una visión absolutamente plástica de todo el entramado sonoro de una obra echa para la meditación, la clarividencia y virtuosismo. Maravillosa Evocación, subyugante El Puerto, vibrante Rondeña y deslumbrante Triana, cayó, gracias a los buenos oficios de ese piano ramplón, mutante y obsoleto, en El Corpus, que acabó con los nervios de Guillermo haciéndole olvidar ráfagas de esta soberbia pieza. Un excelente concierto con un maestro de campanillas como es Guillermo González y un instrumento para el trastero.