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Maravilla sonora para melómanos expertos

Juan José Mena, Znaider y la Orquesta de Castilla y León ofrecieron un concierto referencial en el Auditorio

Un momento del concierto de la Sinfónica

Un momento del concierto de la Sinfónica

Publicado por
Miguel Ángel Nepomuceno - león
León

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Pocas veces un concierto despierta tanta expectación como el que el pasado sábado produjo la Orquesta de Castilla y León con el violinista polaco Nicolás Znaider y Juan José Mena en el podio, con un programa hecho para entusiasmar siempre que se interprete dentro de unos cánones de afinación, empaste y equilibrio aceptables. Si a eso añadimos dos obras como las elegidas para la ocasión, entonces el éxito está asegurado. Nicolás Znaider es un auténtico genio del violín, virtud que ya tuvimos ocasión de valorar hace un mes, cuando actuó con la Orquesta Sinfónica de Galicia con Víctor Pablo Pérez. El sábado volvió a dejar claro que su manera de traducir sonidos y comunicar sensaciones va pareja con un virtuosismo aplastante, que deja al oyente con la sensación de que tal vez se pueda tocar mejor pero difícilmente se pueda tocar con más entrega, comunicatividad y energía. No es de extrañar pues que, con esas premisas, el Concierto para violín de Mendelssohn en mi mayor, Op.64 resultara una auténtica delicia, tanto desde el punto estético como del expresivo. Znaider manejó cada exposición con la perfección de quien se sabe dueño de una técnica depurada y conoce a la perfección los recursos tímbricos del instrumento para hacer con él todo juego de modulaciones, arabescos y sonoridades que alcanzan su máxima expresión en el Allegro molto vivace , una suerte de fantasía pletórica de brillo y virtuosismo. Znaider alcanzó momentos sobrecogedores, ahítos de  lirismo y fuerza ,para desembocar en una catarata de efectos tímbricos apabullante, arropado siempre por una Sinfónica afinada, empastada y atenta, gracias a los buenos oficios de un director como Juan José Mena. Dejó cantar al violinista, esperó sus intervenciones con milimétrica precisión y mantuvo en todo momento el tempo justo y las dinámicas correctas. La segunda parte estuvo dedicada en su totalidad a la Sinfonía nº 9 en Re Menor , de Antón Bruckner, ( de los Adioses ) una obra densa, de difícil ejecución que contiene fragmentos de obras anteriores suyas y está escrita en la tonalidad de Re Menor, la misma que el Réquiem de Mozart y la novena de Beethoven . Pese a estar inconclusa, los tres movimientos completos poseen gran fuerza, especialmente el vibrante scherzo. El primer tema Solemne y Misterioso contiene alusiones a sinfonías como la Quinta , la Séptima y la Octava , además de a sus misas. Juan José Mena supo darle esa solemnidad al primer movimiento, que rozó la perfección. Magnífica la madera en el maravilloso Scherzo, así como la cuerda, que trazó hermosísimos pizzicatos con unos primeros violines de campanillas. Mena buscó a toda costa la luminosidad en las texturas sonoras, pero en Bruckner la pasión nunca alcanza lo descarnado, porque sabe contrarrestrarla con un sentimiento de constante redención y búsqueda de lo espiritual. El tercer movimiento, Adagio, fue un prodigio de exposición, con un primer tema que recuerda mucho al Tristán e Isolda de su admirado Wagner y un segundo motivo en el que las tubas estuvieron resplandecientes. Un gran concierto con un director que supo extraer lo mejor a esta estupenda formación.

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