Diario de León

| Reportaje | Una casa con historia |

Una estirpe de linaje real unida a la historia de España Así podría haber sido la fachada del palacio renancentista

Protagonistas en el pacto de los Toros de Guisando, adversarios de los comuneros, bufones de la batalla de la Invencible; la crónica de los condes de Luna es el relato de las vicisitudes hispanas

Artesonado de la sala gótica que, de momento, hay que esclarecer

Artesonado de la sala gótica que, de momento, hay que esclarecer

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Cristina Fanjul - león
León

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El traslado de la residencia de los monarcas a San Isidoro hizo que el entorno de Palat del Rey quedara vinculado a la institución leonesa del infantado: conjunto de bienes que definían el patrimonio de una infanta mientras ésta no se casara. Fue en tiempos de Sancho IV cuando el barrio y el palacio pasarán a poder de los Quiñones, linaje que entronca con la casa real leonesa a través de Vermudo II y Ramiro III. Seguir las visicitudes de los miembros de esta Casa es, en cierto sentido, transitar a través de la historia de España y, por supuesto, de la de León. Se caracterizaron siempre por su fidelidad a la Corona y por jugar con la suerte de cara. Es el caso de Diego Fernández de Quiñones II, el primer conde de Luna. El noble apoyó la causa de Alfonso frente a la de Enrique IV, así como la de Isabel frente a la Beltraneja. Esta actitud es la razón de que, tras el acuerdo de los Toros de Guisando, por el que se reconoce el derecho de Isabel al trono, el poder de don Diego quede para siempre confirmado y no sólo en León. A partir de entonces y, durante el reinado de los Reyes Católicos, será una de las personalidades que más apoyará a los monarcas en la corte. De la misma manera se comportaría su nieto, Francisco Fernández de Quiñones y Osorio. Este conde, el tercero, supo también elegir la facción a la que adherirse durante la revuelta de los comuneros. El emperador recibió en León su apoyo, mientras que la mayoría del cabildo de la Catedral y un buen número de descontentos prefirieron canalizar su ambición alrededor de la figura de Ramiro Núñez de Guzmán. Su lealtad le valió la pérdida del palacio, que fue tomado a la fuerza por un grupo de comuneros capitaneados por el prior Santo Domingo Fray Pablo de Villegas. Con cien lanzas y 1.500 hombres, Francisco de Quiñones pasó a engrosar las filas imperiales y tomó parte en el asedio y conquista de Tordesillas, así como en la batalla de Villalar, ahora celebrada de manera infausta. Derrotados los comuneros, apresados sus principales jefes, decapitados Padilla, Bravo y Maldonado, llegó el momento de regresar a casa para el conde de Luna. Llega el Renacimiento El cuarto conde fue, quizás, uno de los que más esplendor otorgó al linaje. Hombre de amplísima formación humanística, tenía una de las bibliotecas más brillantes de la época, en la que los clásicos como Tito Livio, Jenofonte o Séneca se unían a libros de ciencia, de geografía, de astronomía y, por supuesto, religiosos. Su gusto por el arte hizo además que maestros como Juan de Juni trabajaran para él. Tanto el conde como su esposa se convirtieron en mecenas. Fueron ellos precisamente quienes comenzaron la ampliación y remodelación del palacio siguiendo parámetros puramente renacentistas. Sirvió tanto a Carlos V como a Felipe II, de tal modo que fue su embajador ante el Concilio de Trento, uno de los hitos que marcarían el futuro político de Europa. Cuenta la historia que este noble fue además uno de los pocos consejeros reales que, enfrentándose a la opinión dominante, advirtió a Felipe II del peligro que escondía enviar la Armada a batallar contra los arrecifes de Isabel I. Quien sabe; tal vez las prevenciones de un conde leonés habrían cambiado la historia de España y sus anhelos no se habrían estrellado en las costas de Irlanda. El profesor Alonso Ponga es el autor de la recreación de la fachada del palacio de los Quiñones durante la época renacentista. Fue Claudio Fernández de Quiñones, el cuarto conde de Luna, quien habría comenzado la rehabilitación de la sede hacia los gustos propios de la época. El primer empuje transformador responde a los gustos de éste y de su primera esposa, y fue entre 1542 y 1550. Las obras continuaron hasta el siglo XVI, pero nunca fueron acabadas con el esplendor con el que fueron iniciadas.

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