Cuando a la bazofia le llaman música
Después de sufrir, el pasado 16 de junio en el Auditorio Ciudad de León, uno de esos espectáculos únicos por su mediocridad en el que se pedía al público ir provistos de platos, llaveros, sonajeros, bocinas, botellas llenas de lentejas, móviles encendidos, papeles de caramelos o similares, e incluso un cubo con una fregona, para hacer lo que el director de la Orquesta de Cámara del Nalón Manuel Paz les indicara, mi pregunta sigue siendo la misma: ¿Y después qué? ¿Qué educación podemos pedir para nuestros hijos cuando espectáculos como estos promueven el griterío, el mal gusto, la mediocridad y la zafiedad. El señor Paz, esgrime que «han intervenido, por amor al arte, guionistas, compositores (algunos de gran relevancia) ilustradores, informáticos y músicos, y todos merecen, al menos, la crítica digna». Algo que les honra, pero, ¿gratuidad es sinónimo siempre de calidad? Y, por otro lado, ¿es que usted no cobró acaso por darnos esa bazofia recubierta de risas? Luego continúa diciendo que no me atrevo a mencionar «el grado de aceptación del público (cuantificable por el nivel de aplausos)...». Hombre, creo que ni un servidor ni nadie mida la calidad de un espectáculo por el grado de intensidad de los aplausos, a no ser los que arrastran las lacras televisivas del «aplausómetro», un instrumento muy digno para medir el grado de mediocridad de un espectáculo. Señor Paz, usted sabe que a lo largo de la historia de la música, ese público, al que Göethe llamaba masa, también condenó lo que hoy son obras maestras con su silencio e indiferencia y en cambio aplaudió hasta pelarse las manos otras que nunca jamás se ha vuelto a oír de ellas porque eran eso, mediocres. ¿O no recuerda a Stravinsky y su Consagración de la Primavera , a Mahler y su octava Sinfonía , o Wagner y su Tanhäuser por mencionar sólo una ínfima porción? Señor Paz, lo que está sucediendo con su espectáculo es lo que cada vez con mayor frecuencia sucede en el arte: Una falta de rigor, de seriedad y de respeto hacia los valores artísticos esenciales. Y bajo el paraguas de la risa, de la estupidez y sobre todo de la falta de capacidad de hacer música como Dios manda, ustedes van arrastrando su espectáculo por auditorios que como éste les compra su producción como se compran las lechugas en la plaza, al peso. Pero, eso sí, luego van preconizando por conservatorios y escuelas de música que los niños deben escuchar a los maestros, a los referentes, aunque por otro lad ya se encargan de sembrar la falta de rigor por donde van. Mire, señor Paz, por lo que realmente le llevan todos los demonios en este asunto es que se les acabó el momio y el engaño, y que a partir de ahora gracias a una de las labores de la crítica que es desenmascarar bluffs tan flagrantes como el suyo, tendrán que ir a buscar otros mercados tan incautos como éste a ver si les sueltan los dineros a cambio de su producto, porque lo que ya no nos sirve es el timo de las vanguardias y del «todo vale». Y ya sabe, si no le gustan mis razones, tengo otras.