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Ana María Sánchez, la excelencia de unavoz
La orquesta comunitaria a las órdenes de Carlos Riazuelo resolvió con dificultad algunas partes del recital

Si la clausura del décimo octavo Festival de Música Española estuvo presidido por la calidad y excelencia de una de las voces más señeras del panorama lírico español como es la de la soprano Ana María Sánchez, no lo fue así desde el punto de vista organizativo que tuvo en sus representantes una nueva demostración de que una cosa es ponerse al frente de la dirección de un festival con la responsabilidad que esto conlleva, incluida la buena educación, y otra el emplear una actitud despótica, mal educada y prepotente con aquellas personas que con toda razón protestaron por las molestias que el fotógrafo del festival ocasionó, por ignorancia, usando el flash durante la primera mitad de la primera parte, con la soprano actuando, cuando es bien sabido, que en este y cualquier Auditorio el uso de las cámaras sólo se permite durante los primeros cinco minutos, sin flash, para evitar molestar a artistas y audiencia. Pero esto del pasado viernes no ha sido algo aislado a lo largo del festival ya que en el Patio de los Guzmanes se repitió «ad nauseam» las mismas molestias a lo largo de los conciertos. Tal vez la ignorancia de los organizadores al respecto se deba a que como no ponen un pie en el Auditorio a lo largo del año, desconocen tal normativa, pero como profesionales de la música que deben de ser, deberían saber que en ningún Auditorio, ni sala de música que se precie, se permite lo que ellos consienten. Y para colmo enfrentarse a los abonados y público en general con palabras como: «Esto no es para usted. Váyase si no le gusta» o «Usted viene a reventar esto», cuando gracias a esas personas se mantienen en pie festivales como este. Es algo que sólo lo dicen personas inexpertas, prepotentes y que les queda muy grande la dirección de este, aquel o cualquier evento que conjugue el verbo organizar. Y ahora pasemos a lo que verdaderamente merece la pena de que un acontecimiento musical tenga su razón de ser: el arte. Ana María Sánchez es suficiente razón para ello. Su voz de lírica pura, su potencia, emisión, vocalidad y saber estar en escena presidido por el buen gusto y su extraordinarias dotes como cantante, fueron la mejor carta de presentación ante el público leonés. Bordó la Marchenera , deshojó la rosa en No corte más que una rosa y fue chulapona, pizpireta y en el chotis de la Gran Vía , mostrando que hoy por hoy es una de las nuestras más grandes sopranos líricas con una de las voces más hermosas del momento que sabe conjugar todas las virtudes que una cantante de su rango y de su clase debe poseer y a ella le sobran con creces. Lástima de director, que desdibujó varias partes de las romanzas y no sacó todo el partido a la orquesta comunitaria en segmentos como La Leyenda del beso , El Fandango o el preludio de la Revoltosa a los que les faltó calor, sentimiento y estilismo. Duro trabajo de la concertino que mantuvo un buen nivel general de equilibrio en la formación pese a que se advirtieron algunos desajustes por falta de ensayos. Muy mal en lo que a saber estar se refiere del director que en ningún momento bajó del podio para ir a buscar a la soprano y acompañarla al proscenio, en una actitud poco profesional. En resumen un maravilloso recital, con tres propinas incluidas, de una de las más grandes voces de este país.