Diario de León

El regreso de Sancho Panza

En que Dorotea y Cardenio unen sus fuerzas con las del cura y el barbero para hacer volver al redil a don Quijote, mientras Sancho Panza se abandona a la codicia El rey Sancho

Publicado por
Eduardo Riestra
León

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No bien hubo acabado de narrar su lacrimógena historia la hermosa Dorotea, Cardenio la reconoció de inmediato y se puso a su disposición para desafiar al malvado Fernando y así vengar la afrenta ajena, dejando las propias galantemente en segundo plano. Vamos, que está dispuesto a matar a Fernando por cuenta ajena. Ella acepta halagada, y en esto están cuando oyen voces de Sancho, protestón y malhumorado, ya que su amo se niega a abandonar su penitencia y volver junto a la amada hasta que hubiese fecho fazañas. Y sin fazañas no hay reino, y sin reino, no hay ducado para Sancho. El cura le pide que deje aquello en sus manos, y narra a la hermosa Dorotea su plan de disfrazar al barbero de doncella menesterosa, y que ésta implore ayuda al caballero. Dorotea piensa que podrá mejor hacerse pasar por mujer quien ya lo es, o sea, ella, y se ofrece para participar en la farsa. Todos aceptan chiflados menos Sancho, que al verla vestida con ropas elegantes cree lo que le dicen: que es la princesa Micomicona, del gran reino de Micomicón, situado en Guinea o en Etiopía, a nueve años de viaje. Y así la bella Dorotea Micomicona se dirige, con el barbero falsamente barbado como criado, al lugar donde pasma don Quijote y, postrándose ante él, le pide su protección contra un malvado gigante que le tiene usurpado el trono. Don Quijote le pide azorado que se levante. Ella, que no. Él, que sí. Ella, que primero le conceda la protección que pide. Él, como un señor, concede. Ella se levanta. Sancho ya se imagina rodeado de vasallos negros, y de inmediato decide, con el sentido práctico a que nos tiene acostumbrados, que los traerá a España con la mayor diligencia, y una vez aquí, los venderá como esclavos. Se organiza entonces el viaje al reino de Micomicón, cuyo camino, ya es casualidad, pasa por el pueblo de nuestros protagonistas. El cura se hace el encontradizo y pretende sorprenderse al reconocer a don Quijote. Quiere el caballero cederle a Rocinante, pero él lo rechaza conformándose con una mula, hará cuenta de que no es menos que un Pegaso o la cebra del moro Muzaraque que yace encantado en la gran cuesta Zulema, cercana a la gran Compluto (sí señores, ni más ni menos que la de la Universidad a la que da nombre). Le explica que viajaba con el barbero rumbo a Sevilla para cobrar un dinero de un pariente indiano, cuando fueron asaltados por unos salteadores, que no eran otros que unos galeotes liberados por un bellaco sin conciencia. Don Quijote, al escuchar el relato, mira en torno suyo, traga saliva y silba distraidamente, disimulando.

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