La soprano americana aseguró tener conocimiento de la «acústica perfecta» de la sala leonesa
Renée Fleming: «Me encantaría cantar en el Auditorio de León»
Considerada por la crítica como la mejor voz del mundo, sus compromisos llegan hasta el año 2010
A sus innatas cualidades como cantante, Renée Fleming (Indiana, 1959), une simpatía personal y un don de gentes tan peculiar como único, todo lo cual hace de ella una de las sopranos más carismáticas del panorama lírico internacional. Hija de dos profesores de canto, la Voz de América ha triunfado en el Festival de Santader de forma rotunda tras más de una década de espera para poder verla actuar en el FIS. En un encuentro con el Diario, Fleming no dudó en admitir que se encuentra en uno de los momentos más dulces de su carrera, situación que espera prolongar al menos por una década más. Fue conocida como la Desdémona por excelencia tras su debut en el Metropolitan de Nueva York al lado de Plácido Domingo de la mano del maestro ruso Gergiev, con quien también grabó un extraordinario Réquiem de Verdi para pasar, poco después, a interpretar papeles protagonistas por todo el mundo. Recientemente ha sido la Violeta de La Traviata y ha hecho una breve incursión en el filme El Señor de los Anillos con los temas Twilight and Shadow y The End of All Things , de Howard Shore. Sin encasillarse Respecto al hecho de mantenerse fiel a una misma línea de canto, Fleming no vacila: «Sería absurdo encasillarme en un mismo repertorio porque a la larga estropearía mi voz. La variedad da soltura y te permite encontrar ese punto mágico donde las notas fluyen con la naturalidad y la homogeneidad que tú les exiges. Quiero que el público se divierta escuchándome y a la vez divertirme yo interpretando», señaló. En su camerino, y acompañada por su representante en España, Gloria Vilardel, también dedicó unos minutos a hablar del Auditorio de León, del que ya tiene referencias por la propia Gloria, y nos dice que, «a pesar de que mi agenda llega hasta el 2010, me encantaría encontrar un hueco como hice ahora para Santander y cantar en ese Auditorio que, según mis referencias, tiene una acústica perfecta». Sería, pues, una estupenda ocasión para disfrutar de una de las mejores voces de éste y del pasado siglo. La Orquesta del Teatro Regio de Turín a las órdenes de Daniel Beckwith fue quien acompañó a Renée Fleming en su presentación en la 54º edición del Festival de Santander. Una formación homogénea y contrastada que mantuvo buen nivel y si en algunos fragmentos como la Obertura de Las Bodas de Fígaro resultó fallida, especialmente en el viento y leves pifias en las flautas, el resto de sus intervenciones fueron cuidadas; aunque se le hubiera pedido un poco más de sosiego en La italiana en Argel y un toque de lirismo en la Meditación de Massenet. Acompañó correctamente a la soprano dejándola respirar en los pasajes comprometidos y facilitando los largos sostenidos para el lucimiento de una de las voces más aterciopeladas y carnosas de esta década. Si con las dos arias de Rodelinda de Haendel con las que inició el recital estuvo la soprano tan sólo correcta, sustituyendo algunos de los pasajes de coloratura por feos portamentos, no fue así con las tres arias de Schubert, uno de sus autores dilectos, donde la preciosa voz de la Fleming corrió con facilidad por la sala, especialmente en ese Nacht und Traume a la que Max Regger supo insuflarle el halo de ineluctabilidad que la ha hecho inmortal. Su fiato interminable, su perfecta impostación y esa suerte de filados, que sin acercarse a los de Caballé sí son por estas fechas de lo mejor que podemos escuchar en las salas de concierto, fueron suficientes para ganarse a un público ya de por sí entregado y alucinado por la luminosidad de su voz equilibrada y hermosa. Frasco de las esencias Fue en la segunda parte del programa donde Renée destapó su particular frasco de las esencias para dejar boquiabierto al personal con su hermoso timbre y toda suerte de recursos vocales, ornamentos, fraseos impecables, (no así la pronunciación, más confusa en italiano y francés), con algunas de sus arias de batalla como la deliciosa Canción de la Luna plateada de Rusalka de Dvorak, su mejor tarjeta de presentación, en la que los resonadores superiores la permiten en todo momento mantener la nitidez de su emisión y falsear de alguna manera su carencia de registro grave. Al igual que con la socorrida O mio babbino caro , donde abusó de forma ostentosa de sus interminables filados y de ese «aliento» que la permite sostener la nota hasta la extenuación. El registro medio fue seguro y claro en la fascinante Cäcilie de Strauss, que contrastó con el sobreagudo deslumbrante de ese Re5 de Mercé dilette amiche de Vísperas, emitido más para la galería que para la ortodoxia, ya que rozó el chillido sin perder la afinación. Pero el mordiente de su voz, su forma de estar y moverse en el escenario y esa insultante facilidad para emitir torrentes de notas sin apenas mover un músculo, fueron lo mejor de un recital redondo, hecho para emocionar a un público que abandonó la sala con el gratificante sabor de haber asistido a un recital único.