Diario de León
Publicado por
ENRIQUE RUEDA
León

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UNA DE las sorpresas más agradables con las que se pueden encontrar los visitantes de la exposición que actualmente dedica el Museo Reina Sofía a Juan Gris es, sin duda, el descubrimiento de su labor como dibujante y el uso del color. Si tradicionalmente el cubismo se caracteriza por la paleta neutra de colores, será el madrileño el que marque las diferencias en este aspecto. Y no es en lo único. Picasso y Braque, representantes de este movimiento, establecen los planteamientos artísticos y el desarrollo del mismo. En resumen, podríamos decir que el cubismo supone el estudio de todas las posibilidades representativas de la realidad y los objetos, lo que lleva a la desmembración en diversos planos de las imágenes. Toda esta labor de intelectualización de lo visible se convierte en manos de Gris, influido por Cezanne, en imágenes más coloristas, más agradables a la vista del espectador, más pictóricas. Pero es también Gris el cubista más folclórico. Se atreve con la representación de guitarras, jarras, copas, fruteros o botellas. Podríamos seguir analizando sus virtudes, pero me paro aquí. No por desgana o por falta de argumentos. No dejen de acudir si pueden (salvo en domingo, que están las salas llenas y, producto de los empujones, pueden verse engullidos en los planos infinitos de una de sus obras), pero no cometan mis errores. Habíamos dejado al pintor representando botellas de vino, evocación subliminal, evocación que apunta directa al estómago. No en vano eran ya las dos y media y el apetito de un leonés es implacable. Y mira que me lo han advertido. Que eres un moderno. Que te pasas de «fashion». Mira bien los platos y, si es plato cuadrado, piénsatelo dos veces. Pero como somos como somos, volví a caer en una zona de moda, entre platos cuadrados, en una mesita preciosa entre las que hay que hacerse sitio a codazos. Y se confirmó. Nueve euros por una tosta que en la carta se anunciaba de jamón y aceite con esencias de jengibre y no se qué lindezas. Resultó ser más pequeña que una de «nuestras» tapas y me obligó, como no podía ser menos, a merendar una hora más tarde y buscar un cajero para reponer mi bolsillo. Para disfrutar de una gran exposición, ¿es necesario soportar tanto abuso? Me temo que es un mal generalizado y no sólo falta de precisión a la hora de elegir el lugar donde comer.

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