| El Quijote por entregas | Capítulo / Semana XL |
De presos desorejados

Lleva el cautivo contándonos su peripecia desde la semana pasada, y aún proseguirá la que viene. Pero este martes, lo que se le oye es cómo acabó arrasado el bastión en que se habían hecho fuertes los cristianos en Constantinopla, y cómo hubo muerto su amo moro, llamado Uchalí Fartax (que significa «renegado tiñoso», porque es costumbre de los turcos llamarse por sus defectos, cosa que conviene saber ahora que van a entrar en la Unión Europea), el cual, nos cuenta el cautivo que a pesar de renegado (y tiñoso) era muy buena persona. El caso es que muerto el tiñoso, nuestro narrador fue heredado por un veneciano que había sido grumete de aquel, y que era el más cruel renegado que jamás se ha visto. Se llamaba Azán Agá, y devino en rey de Argel, adonde llevó a sus esclavos, entre los cuales se encontraba nuestro cautivo narrador. Allí había dos clases de presos: los públicos y los privados. Los primeros hacían trabajos para la comunidad (como los parados andaluces de Felipe González) y los segundos eran retenidos en los baños con cadenas esperando por un rescate. Cuenta el cautivo que el rey Azán se ensañaba con los cristianos, pues un día ahorcaba a este, al siguiente empalaba a aquel y al otro desorejaba a cualquiera... por pasar el tiempo, que no hay cosa más divertida que desorejar, empalar y ahorcar. Por eso todos temían los intentos de fuga de un preso especialmente díscolo, llamado Saavedra, que a pesar de su conducta rebelde, nunca fue castigado. Comprenderán ustedes que Cervantes está haciendo que el cautivo hable de él mismo, bastante bien, por cierto. Esto parece que se llama metaliteratura. Es, por poner un ejemplo, como si yo les digo a ustedes, hablando de mí, que por allí había un tal Rodríguez que escribía unas crónicas muy meritorias. No, si en esto de la literatura, desde Cervantes ya está todo inventado. La mora Zoraida El cautivo es retenido en los baños por ser capitán y, por lo tanto, valioso. Hay allí un patio al que dan las ventanas de algunas casas, y desde una de ellas recibe señales con un pañuelo atado a una caña. En él hay monedas y una carta. La firma la mora Zoraida, hija de un moro rico llamado Agi Morato, la cual, habiendo tenido de niña una criada cristiana, se había convertido, y pedía a los presos que la ayudasen a llegar a España, solar de la cristiandad, tierra de Santiago Matamoros (esto último es cosecha del cronista Rodríguez ). Pide, además, que una vez en España el cautivo se case con ella. Acepta nuestro narrador y recibe dineros para pagar su propio rescate y el de sus compañeros, y entre tanto ella marcha a la casa de verano con su padre, donde esperará que sus cómplices acudan por mar, en medio de la noche, a recogerla.