Diario de León
Publicado por
ENRIQUE RUEDA
León

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AL ABRIGO del mar, del calor veraniego, extiende el amor sus ricitos dorados con más fuerza que nunca. La sangre no se deja nada y los sentimientos alcanzan su máximo caudal. Los rayos del sol actúan como hilos conductores de fuertes energías que arrastran al acercamiento, las miradas ahora sirven. Julia acumulaba ya varios fracasos sentimentales. Después de varios años escondiendo sus sueños entre mentiras y promesas falsas cruza su mirada con un muchacho sin complejos. La vida sólo es fácil porque es muy cómoda para los que disfrutamos de cobijo caliente y de comida caliente a diario. Sin embargo, allá fuera nadie sabe quién es nadie. De esto Julia sabía más que ninguna otra persona. Es cierto que nunca había habido más distancia estando todos tan cerca. La necesaria credencial social que supone mirar sólo y exclusivamente hacia uno mismo para poder sobrevivir hace que ese equipo de dos que son las relaciones de pareja se vea seriamente afectado por esas inercias. La paradoja de tener que compartir en su máxima y más hermosa expresión para poder sostener una relación mezclado con el egoísmo intrínseco que baña el mundo social se convierte en irresoluble. Tras un rato de conversación la cosa iba bien. Las barreras de la desconfianza iban cayendo poco a poco y parecía que antiguas sensaciones casi olvidadas se recuperaban con el mar de fondo y en manga corta. Lo cierto es que ya no quedaba más remedio que dejarse llevar. Las cosas marchaban viento en popa y el paso de los días avivaba el fuego de la pasión. Promesas de amor eterno bañaban las conversaciones diarias. Para ella, su príncipe, para él, su Annabel Lee. Una tregua a la mentira, un oasis donde resguardar lo que quedaba de sus sentimientos más auténticos. Un jueves se mojaron con gotas que ya no eran del mar sino de lluvia. El frío llegó de repente. Llegó el trabajo, el día a día. Los sueños se arrinconaron, la ilusión devuelta porque ya no le encontraron talla.. Julia se descubrió entonces cómplice de la mentira y ya nunca más pudo justificar el dolor que le había infligido la traición sufrida de sus fracasos. De todo aquello quedaron las ruinas, sólo el mapa, porque el territorio fue de nuevo la lamentación por lo que no pudo ser. No quedó claro si fue el miedo o el fin del verano. El frío se quedó con todo, pero ya no se pueden cargar en los demás las culpas de las derrotas cuando la felicidad estuvo ahí, en la punta de los dedos, y se dejó marchar.

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