Diario de León

| El Quijote por entregas | Capítulo/Semana XLIII |

Las mujeres malvadas juegan La faena

En que todos siguen en la venta y, mientras alguien canta y don Quijote vela sus amores, dos mozas malcriadas traman crueldades

Las mujeres le piden que les entregue una mano que las conforte

Las mujeres le piden que les entregue una mano que las conforte

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Eduardo Riestra - león
León

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Hoy tenemos un capítulo muy bonito y variado, en que la literatura florece como las camelias en invierno (¡toma prosa!).?El heterogéneo grupo, al que cada vez se va sumando más gente, como en el camarote de lo hermanos Marx, continúa en la venta, donde los dejamos durmiendo la semana pasada mientras don Quijote montaba guardia. Sin embargo, de madrugada, se oye el canto claro y sentimental de un mozo de cuadra, que cuenta sus desamores con letra muy inspirada (y expirada, para qué nos vamos a engañar). Dorotea lo oye y decide despertar a la nueva, que se llama Clara de Viedma, y les recuerdo a ustedes que es hija del oidor que a su vez es hermano del cautivo. Pues bien, la joven cuando oye la voz se tapa las orejas no porque el cantor desafine, sino porque lo identifica con un pretendiente (rico, por supuesto) que anda penando amores a causa de ella. No se sabe muy bien por qué, pero parece que ese amor es imposible. Entre tanto, la asturiana Maritornes y su ama la hija de los venteros -que recuerdan a don Quijote de cuando, hace ya una pila de semanas, pasó su primera noche en la venta y acabó molido a palos- deciden hacerle una jugarreta. Con esto de las gamberradas a mí me pasa como con las novatadas de la mili o de la universidad. Me ponen negro. Porque lo que estas dos cretinas le hacen a mi héroe es para subirse por las paredes. Resulta que el de la Mancha anda suspirando por su novia Dulcinea en el exterior de la venta mientras aguarda las primeras luces del día montado en Rocinante. Hay en el muro una especie de hueco circular por donde se trasiega la paja, y por allí se asoman las dos mujeres malvadas, que requiebran a don Quijote y lo hacen acercarse hasta ellas. El caballero, que se tiene en alta estima y presume de que la hija del ventero le está tirando los tejos, siente lástima por aquella mujer enamorada de hombre tan gallardo, que no puede corresponderla, pues su corazón pertenece a la del Toboso. No me digan ustedes que eso no es ser optimista. Entonces las mujeres le piden que por lo menos les entregue una mano que las conforte, y él, poniéndose de pie sobre su caballo, introduce en el agujero la suya derecha, que más que mano es verdugo de malhechores (por aquello de que empuña la espada). Pero la cruel criada ata con una cuerda de cuero la muñeca del hombre, y lo deja en difícil equilibrio colgando del ojo de buey. Y así, jurando en arameo, se queda a esperar la mañana. Transcurrido un rato aparecen unos hombres que quieren forraje para sus monturas, y con golpes y voces despiertan a los huéspedes de la venta, para que ocurra la escena que la próxima semana se dirá. «A este punto llegaba entonces don Quijote en su tan lastimero razonamiento, cuando la hija de la ventera le comenzó a cecear y a decirle: -Señor mío, lléguese acá vuestra merced, si es servido. A cuyas señas y voz volvió don Quijote la cabeza y vio, a la la luz de la luna, que entonces estaba en toda su claridad, cómo le llamaban del agujero que a él le pareció la ventana, y aun con rejas doradas, como conviene que las tengan tan ricos castillos como él se imaginaba que era aquella venta; y al instante se le representó en su loca imaginación que otra vez, como la pasada, la doncella hermosa, hija de la señora de aquel castillo, vencida por su amor, tornaba a solicitarle; y con este pensamiento, por no mostrarse descortés y desagradecido, volvió las riendas a Rocinante y se llegó al agujero, y, así como vio a las dos mozas, dijo: -Lástima os tengo, fermosa señora, de que hayades puesto vuestras amorosas mientes en parte donde no es posible corresponderos conforme merece vuestro gran valor y gentileza; de lo que no debéis dar culpa a este miserable andante caballero, a quien tiene amor imposibilitado de poder entregar su voluntad a otra que aquella que, en el punto que sus ojos la vieron, la hizo señora absoluta de su alma. Perdonandme, buena señora, y recogeos en vuestro aposento, y no queráis, con significarme más vuestros deseos, que yo me muestre más desagradecido; y si del amor que me tenéis halláis en mí otra cosa con que satisfaceros que el mismo amor no sea, pedídmela; que yo os juro por aquella ausente enemiga dulce mía de dárosla en continente, si bien me pidiésedes una guedeja de los cabellos de Medusa».

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