Diario de León
Publicado por
FRANCISCO SOSA WAGNER Y MERCEDES FUERTES
León

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MUCHOS aficionados a la música estamos tristes por las noticias que recibimos sobre la Orquesta Ciudad de León: ya se han suspendido varios conciertos en el Auditorio y, a lo que parece, amenazan más suspensiones y un futuro incierto. Gran pena en verdad. Parece ser que se han dictado por los jueces leoneses varias sentencias que inciden en el funcionamiento de la Asociación, cobertura jurídica de la Orquesta. Las mismas anulan algunas asambleas que tienen incidencia sobre cuentas aprobadas en el pasado así como sobre la elección de cargos directivos. Aunque, por nuestro oficio, bien podríamos entrar a valorar tales pronunciamientos judiciales, nos parece poco oportuno y damos por bueno su contenido. Los enfrentamientos entre humanos están a la orden del día y no es cuestión de escandalizarse por ellos aunque sí por supuesto procede lamentarlos. Ahora bien, ya que hemos invocado nuestra condición de juristas, es precisamente también este oficio nuestro el que nos enseña que el mundo no se acaba por una sentencia. Incluso la de Nürnberg -que estos días se recuerda- estuvo muy lejos de conseguir paralización alguna de la vida que, por el contrario, siguió su curso sin mayores alteraciones. ¿Cómo va a ser de forma distinta en el caso de las humildes sentencias que afectan a la Orquesta Ciudad de León? Será preciso ajustarse a ellas, recabar la interpretación del juez si algunos de sus extremos necesitan aclaración, en fin, llevar a cabo las actuaciones que resultan usuales en estos casos. Pero lo que parece un desatino (un desafino, ya que de orquestas hablamos) es que estas sentencias impidan que unos profesionales de la música puedan ensayar o dar un concierto. Alguna fórmula habrá para evitar un destrozo tan enorme. Un principio elemental del derecho, que ahora emplea incluso el Tribunal Europeo de Luxemburgo, es el de «proporcionalidad» y otro, bien extendido desde hace prácticamente un siglo, es la de la continuidad de los servicios públicos. La música, como integrante de la cultura, lo es sin duda y por ello se impone arbitrar los mecanismos para que las actuaciones de la Orquesta no se interrumpan. El hecho de que se haya anulado el acuerdo de aprobación de una cuenta no lleva consigo sin más la nulidad de todo tipo de actuaciones posteriores pues la técnica de la conservación de los actos lo impide. Busquemos pues la proporción, busquemos la «medida» o el «equilibrio» en el tratamiento de este asunto y no saquemos los pies de las alforjas. Estamos seguros de que con un poco de sentido común y de finura, dejando el empecinamiento para asuntos menos artísticos, será posible encontrar una fórmula satisfactoria para todos. Porque es el caso que hay unos derechos que nadie parece atender: los de quienes somos aficionados a oír música, carentes como estamos de voz allá en las esferas donde se toman las decisiones. La Orquesta leonesa es un conjunto notable, que, en los últimos años, ha sido capaz de ofrecer un repertorio bien variado y con un nivel artístico apreciable. ¿Un pleito -con todo lo que tiene de prosaico- va a dejar morir el esfuerzo ilusionado de tantos durante tanto tiempo? Nos parecería un dislate, sabedores como somos de que los asuntos judiciales están para poner paz entre aquellos humanos que tienen ganas de litigios, pero no para segar de raíz una manifestación del intelecto humano como es la musical que tanto mimo exige. Y, además, tanta y tan desinteresada altura de miras. Jhering, el gran jurista alemán, decía que el Derecho y los jueces sirven para solucionar problemas, no para enquistarlos, menos para pudrirlos o conducirnos a la desesperanza. Búsquense pues soluciones y no tratemos de enmendar a Jhering, por cierto gran aficionado a la música, tanto como a la buena comida, a la bebida selecta y a los puros. Que la cara adusta de los pleiteantes se ilumine con la placidez de quien disfruta, en la penumbra gozosa de una sala, de las cosquillas de un Allegro finamente ejecutado.

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