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León

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«-Verdad dices, Sancho -respondió don Quijote-; pero ya te he dicho que hay muchas maneras de encantamientos, y podría ser que con el tiempo se hubiesen mudado de unos en otros, y que agora se use que los encantados hagan todo lo que yo hago, aunque antes no lo hacían. De manera, que contra el uso de los tiempos no hay que argüir ni de qué hacer consecuencias. Yo sé y tengo para mí que voy encantado, y esto me basta para la seguridad de mi conciencia; que la formaría muy grande si yo pensase que no estaba encantado y me dejase estar en esta jaula, perezoso y cobarde, defraudando el socorro que podría dar a muchos menesterosos y necesitados que de mi ayuda y amparo deben tener a la hora de ahora precisa y extrema necesidad. -Pues, con todo eso -replicó Sancho-, digo que, para mayor abundancia y satisfacción, sería bueno que vuestra merced probase a salir de esta cárcel, que yo me obligo con todo mi poder a facilitarlo, y aun a sacarle de ella, y probase de nuevo a subir su buen Rocinante, que también parece que va encantado, según va de melancólico y triste; y, hecho esto, probásemos otra vez la suerte de buscar más aventuras; y, si no nos sucediese bien, tiempo nos queda para volvernos a la jaula, en la cual prometo, a ley de buen y leal escudero, encerrarme juntamente con vuestra merced, si acaso fuere vuestra merced tan desdichado, o yo tan simple, que no acierte a salir con lo que digo. --Yo estoy contento de hacer lo dices, Sancho hermano -replicó don Quijote-; y cuando tú veas coyuntura de poner en obra mi libertad, yo te obedeceré en todo y por todo».

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