EL INVENTO DEL MALIGNO
«2005»
HACE SEMANAS que los directivos de los canales hicieron su balance. Nosotros podemos hacer el nuestro. Para TVE, el balance del año tiene que ser fuertemente negativo. Lo es, en primer lugar, como proyecto: uno ve la parrilla de la cadena y no percibe ese perfil de servicio público del que tanto blasona su dirección y al que aspiraba el frustrante «comité de sabios». Tras año y medio largo de gestión, el equipo Caffarell sigue hablando de las reformas necesarias, pero en insólitos términos de futuro imperfecto. Mientras tanto, el problema económico crece, las audiencias bajan, los informativos pierden su tradicional liderazgo y célebres nombres de la comunicación -Julia Otero, Wyoming, Navarro- son rápidamente quemados entre un sensacional tráfico de millones. Sus éxitos -«Cuéntame», «Mira quién baila»- no enmiendan el desaguisado. En el otro lado de la calle, Antena 3 y Telecinco pueden escribir historias paralelas. El retroceso de TVE ha convertido a las cadenas privadas en líderes indiscutibles del mercado. Telecinco ha ido por delante la mayor parte del año, basando su éxito en una oferta de entretenimiento muy eficaz y en series de ficción de calidad notable. Pero en los últimos compases del año ha sido Antena 3 la que ha tomado la delantera gracias al éxito de una sola serie, gracias a la buena composición de su parrilla de tarde y gracias, también, a la potencia de sus informativos. En Telecinco se bajó, en marcha, Sardá. En Antena 3 está naufragando Teresa Campos. En medio de todo eso, el Gobierno y los canales firmaron un Código de Autorregulación que se quedó en agua de borrajas. Pero la gran novedad del año es una nueva cadena: Cuatro, metamorfosis descodificada de la vieja Canal Plus. El nacimiento de Cuatro vino envuelto en una atmósfera de favoritismo que levantó ampollas. Mes y pico después de su botadura, aquella polémica ha quedado casi apagada por otra realidad aún más incandescente: Cuatro no funciona. La cadena del grupo de comunicación más poderoso de España ha construido una programación decepcionante, con una calidad media inferior a la del viejo Plus en abierto. La adquisición de buenas series -«Roma», «Anatomía de Grey»- no endereza una cuota de pantalla ruinosa. Y en este paisaje general, el año se cierra con una amenaza inesperada para la libertad de expresión: el anuncio del propósito gubernamental de regular la oferta televisiva mediante un Consejo que no se limitará a aspectos morales y legales, como es norma en este tipo de instituciones, sino que quiere meter la cuchara en conceptos básicos para la libertad de prensa como la veracidad. ¿Y el mismo que da y quita antenas tiene que juzgar si somos veraces? Hay razones para comerse las uvas con preocupación.