Diario de León

OPINIÓN

El Cervantes para Victoriano Crémer

Publicado por
FRANCISCO SOSA WAGNER
León

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ES POSIBLE que, a los cien años, no se necesiten distinciones porque en esos confines fronterizos con la Eternidad hay una contemplación, entre divertida e irritada, de aciertos y de naufragios, un paisaje de colores sombríos y de sombras brillantes, también la visión fatigada del espectador literario que ha ido derribando a los tópicos de los altares sagrados con su pico/pluma pero que los ve renacer erguidos y siempre desafiantes. Fernández Flórez decía que más allá de los cien kilos no hay maldad, de la misma forma que más allá de los cien grados no hay microbios o por encima de los mil metros de altura no existen elementos patógenos. Ahora bien ¿tiene Crémer en verdad cien años? Seamos serios. Quienes le tratamos, sabemos que Victoriano es un presumido irrecuperable. De ahí su empeño en decirnos que tiene años y más años cuando todos sabemos que no los cumple porque, llegados a cierto punto, el hombre deja de cumplir años. ¿Cuándo se produce este acontecimiento? Pues cuando estos, los años, ya no se atreven y no tienen más remedio que retraerse atenazados por el respeto o por el miedo. Es cuando los años se rinden, cuando levantan la bandera blanca y se retiran medrosos. Así ha ocurrido en el caso del gran escritor: hace años que los años lo dejaron por imposible y a veces le merodean, le siguen por las calles de León, le acosan incluso, pero acaban tirando la toalla porque definitivamente no se atreven a hincar en él su garfio oxidado. Este fenómeno no tiene nada de extraño. El tiempo, desde que es tiempo, tiene muchas ínfulas y algunas pretensiones y por eso quiere avasallarlo todo y va por ahí poniendo ceniza blanca en nuestras vidas y en las copas de los árboles y en esos montes que «vomitan sus secretos antiguos» (como una vez escribió Crémer). Pero, como digo, le queda al tiempo, pese a su arrogancia, un ápice de mesura y, cuando esta aflora, entonces coge la goma y borra sus rastros fatigados y los meses y las épocas, es decir, borra la edad. Y su buena ley se demuestra cuando advertimos que lo hace un poco avergonzado, incluso. Pero imaginemos que un día descubrimos que, en efecto, Crémer tiene cien años. Pues bien cuando se está en esa atalaya («demasiados años para una sola vida», escribe el propio Victoriano) ya no hay honores ni patrañas que puedan igualar a la dicha suave de haber logrado tomar la ciudadela en sus más íntimas palpitaciones robándole todos sus secretos y haciendo con ellos pira y fuego de artificio. Si esto es así ¿para qué premios? Pues porque, si la autoridad competente, que representa al Estado y a sus instituciones, concede el premio Cervantes a Crémer, en rigor no está premiando a Crémer sino al pueblo poeta y soñador, solo que utiliza la intercesión de Victoriano. Adviértase que ese pueblo, el compuestopor poetas, por lectores de poesía, por hambrientos de letras, por mendigos de la palabra, recibe escasos homenajes públicos pues el gentío anda con el balompié y el famoseo mayormente. Por eso, al ministerio de Cultura se le brinda una ocasión mágica para hacer una obra buena, casi para escribir un poema. Y es que una trayectoria como la suya, repleta de los silbidos de las palabras, merece el honor de la intermediación entre el pueblo y la poesía. Trayectoria de escritor puro, de literato de quilates, y trayectoria de ciudadano honrado y defensor de la Libertad cuando esta señora podía acarrear molestias y cuando otros, que hoy blasonan de compromisos antifranquistas, tan solo esparcían quedos sus huellas de silencios. Ahora, cuando hablamos tanto de recuperar la memoria histórica, recuperémosla en efecto y ninguna prueba mejor que pedir el «Cervantes» para Crémer. Sería un contrasentido -y una prueba de su vacuidad- que el año en que se va a aprobar una ley de la memoria histórica pasara sin este reconocimiento a quien es la historia en vida, sin trucos ni engaños. Los medios informativos y los académicos y los artísticos deben ponerse manos a la obra en esta labor leal y generosa, tal como ha hecho ya la Academia castellano leonesa de poesía. Y en ella es bien seguro que contaremos con el apoyo desprendido de personalidades leonesas que hoy pueden mucho en la vida nacional y no son enteramente ajenas al proceso de selección de premiados. Ha salido antes inevitablemente León porque en esta ciudad ha vivido siempre Victoriano. León padece un frío sereno, frío que galopa y caracolea desafiante. El frío de León tiene resonancias metálicas y zumba en el alma como una invasión de insectos. Es un frío de color amarillo, tonalidad madrugada, un frío como si dijéramos con trazas de regato expósito e interminable. Pues bien, si esta ciudad se puede permitir el lujo de este frío es porque tiene en Crémer el mejor abrigo imaginable para pasar su invierno, a lo que debe añadirse la bufanda de su voz que, cuando procede, resuena en toda la ciudad, acaso lo más importante del poeta. Cuando le oí por primera vez me dí cuenta de que su voz era leal, rotunda, esculpida en piedras, una voz que uno quisiera llevársela a casa para expresar las propias ocurrencias con ella, seguro de que así serán más creíbles, menos resbaladizas. Una voz para acusar y para perdonar, para filosofar y para trivializar y, lo que es más importante, una voz para callar. Porque lo bueno del gran vozarrón de Victoriano es que alberga ecos de silencio y la resonancia de una caracola en la que se oye el rumor de las memorias, las travesuras del tiempo. Para el pueblo español y poeta, el «Cervantes», y para su mediador, Victoriano Crémer, hacedor de versos con aromas de sal, mordedor de imágenes, borrador travieso de años.

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