Diario de León

Con Mozart me acuesto y me levanto

The London Mozart Players siguió el viernes en León su labor de difundir la música más manida del salzburgués

Imagen de los intérpretes de Mozart en el concierto del Auditorio

Imagen de los intérpretes de Mozart en el concierto del Auditorio

Publicado por
Miguel Ángel Nepomuceno - león
León

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Toda celebración cuando se hace sin  tino y medida puede llegar a convertirse en un hartazgo del que es difícil escapar sin tener náuseas preparto. Y con la música del salzburgués se ha llegado a extremos inauditos. ¿Qué digo la música?, con su nombre en general, que se utiliza hasta para los desodorantes. Todo vale con tal de que el nombre del genio figure en el slogan. Bombones, pasteles, camisetas, dulces, cepillos de dientes, filetes, en fin una sarta de gilipolleces mediáticas que sólo pueden venderse a  turistas poco exigentes con varios cursillos de snobs. ¿Y en la música?. Para morir de empacho. Rara es la ciudad del mundo, el teatro, la sala de conciertos, los programas de radio, telesubalterna  y telebasura, sintonías de móviles, de aparatos de radio, de cafeterías, hilos musicales, melodía de aviso en los aeropuertos y estaciones, donde  no se escuche ad nauseam  la adulterada, manipulada y blasfema melodía Mozart. Creo que hasta el en Paraíso los querubines entonan cada día como los del PSOE el Ave Verum . Y por si fuera poco nos llegan los magníficos Mozart London Players para dedicarnos una integral Mozart, -digo yo que habrá otras músicas para intercalar- de las que se escuchan hasta en los ukeleles de los maoríes. Y nos endilgan la infumable -que no todo lo que salió de la cabeza del maestro era manjar de dioses y mucho menos a esas tiernas edades de siete abriles- Sinfonía nº 1,  en la que, de no ser por los ejecutantes que mantuvieron la atención del respetable con sus brillantes ataques y logrados matices a poco que a un servidor le tienen que despertar a codazos del profundo sopor en el que el andante cantábile le comenzaba a sumir. Menos mal que la extraordinaria Isabelle van Keulen, con un arco de los que lanzan dardos de virtud, nos sedujo en ese concierto nº 4, que sin ser el más atractivo, si al menos puede figurar entre los más virtuosísticos. Isabelle lució todo tipo de sonoridades, notas picadas, dobles cuerdas, fraseo y afinación excelentes que unidos al pulcro y delicado tejido en el que los Mozart Players envolvieron el concierto, resultó de una belleza lujuriosa y decadente pocas veces escuchada. Tanto el Andante grazios o como el Allegro final , están hechos para lucir un arco penetrante, cálido como el suyo capaz de matizar, en fluido e intenso diálogo, con la orquesta que no desaprovechó ninguna ocasión, bajo la atenta y puntillosa dirección de la solista, para mostrarnos su dominio y poder. Naturalmente el concierto concluyó, como era de recibo, con la densa, algo frívola y sugerente Serenata Haffner , una piedra de toque para este tipo de formaciones camerísticas y una demostración palpable de que el efecto Mozart puede entontecer, incluso a los más avisados, debido a la hermosura y sencillez de su construcción como a la transparente musicalidad que la impregna y que la agrupación londinense trató con toda suerte de sutilezas tímbricas. Cada una de las nueve partes en las que se divide posee una peculiar carcterística que unida a la elegancia de su ejecución redondeó un concierto que, de no saber que es de Mozart, más de uno lo hubiera desterrado hace tiempo al baúl de los recuerdos. Excelente y gratificante para los seguidores del genio.

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