Diario de León

| Reportaje | El misterio de los huesos |

Del Mississippi a un oscuro cajón

Las televisiones y periódicos del país se interesaron por la investigación que iba a arrojar luz al mapa del genoma humano

Verónica Viñas
León

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Vermudo III Escrito con «v» y no con «b» como se estudiaba en la escuela de antaño. La evolución de la palabra fue: Veremundus, Veremundo, Vermudo (que significa verdad). El rey llamado el mozo, porque subió al trono a los 11 años, era hijo de Alfonso V y se casó con Doña Sancha. Al equipo de investigadores que dirigió Encina Prada no les fue difícil identificarlo. Ya lo decían las viejas crónicas, que había muerto en la batalla de Tamarón por las saetas enemigas, perceptibles en su rostro, abdomen y pie izquierdo. Se reconstruyó su rostro. Santo Martino Como bien decían las crónicas, padecía de hernia discal y se colgaba de una viga para aliviar los dolores. Uno de los descubrimientos más importantes de la investigación realizada en 1997 fue la constatación científica de algo que sospechaban estudiosos como el abad emérito Antonio Viñayo: Santo Martino formaba parte de la familia real. Dos marcas de identidad (la fosa canina y el hueso atlas) dan fe de una sospecha que siempre había existido. A simple vista, los cráneos de Vermudo III y de Santo Martino son iguales (como se ve en los moldes de la foto). Doña Sancha Era fácil reconocerla. El suyo es uno de los cinco cuerpos momificados de San Isidoro. De hecho el equipo multidisciplinar que dirigió Encina Prada sólo pudo ratificar la identidad de Sancha, la de Vermudo III (con señales de las lanzas que lo mataron), de Santo Martino (por la hernia discal), y la de los infantes Fernando, Beatriz y María -hija de Fernando III, cuya tumba no fue violada y, por tanto, su sarcófago y ajuar se hallaron intactos-. En algunas épocas se veneró a Sancha, por considerar que la momificación era voluntad divina. El 1 de febrero de 1997, vestidos con batas verdes, gorros, guantes y mascarillas, 30 profesionales venidos de distintas universidades procedían a desenterrar un misterio guardado en el Panteón Real durante siglos. A lo largo de quince días la colegiata, cerrada a cal y canto, se transformó en «quirófano» para «hacer hablar» a los huesos. El asunto fue tan espectacular que programas del prime time televisivo, como Esta noche c ruzamos el Mississippi, se hicieron eco. Encina Prada, reacia en los últimos meses a hablar con este periódico, también basa en parte la importancia de su trabajo en la repercusión que tuvo en los medios de comunicación, tal y como expone en los tres tomos del proyecto titulado Estudio antropológico del Panteón Real de San Isidoro. Entre los cerebros que se dieron cita en la colegiata había destacas figuras como Delfín Villalaín, conocido por su participación en sucesos como el Caso Almería o el de las niñas de Alcácer. Ciertamente, la investigación tenía todos los ingredientes del mejor thriller. Pero algo debió ocurrir, porque la publicación de los resultados, que, en principio, iban a ser inmediatos, se ha dilatado durante nueve años. El entonces abad de San Isidoro, Antonio Viñayo, afirmó mientras el Panteón Real estaba «tomado» por los investigadores, que «un proyecto tan ambicioso no puede terminar guardado en una carpeta. No se ocultará nada, ninguna conclusión, porque a la verdad no hay que tenerle miedo». Hace apenas unos días, Encina Prada, urgida por la presión mediática y política, que puso en evidencia el secretismo de una investigación financiada con fondos públicos, entregaba tres gruesos volúmenes a las administraciones que financiaron su proyecto, Junta y Ayuntamiento. El objetivo de la investigación era poner nombre y acaso apellido a cada uno de los cadáveres, enterrados «entremezclados», después de que sus tumbas fueran saqueadas durante la invasión napoleónica. Pero había aún un objetivo más ambicioso: conocer la evolución del hombre, arrojar luz sobre el mapa del genoma humano. Porque de pocos individuos, a excepción de los reyes, es posible llegar a conocer toda su línea genealógica. Por ello, el mausoleo de San Isidoro brindaba una ocasión excepcional para llegar a conocer las enfermedades de una disnastía que se perpetuó a lo largo de los siglos. De hecho, Ordoño II sería el antepasado número 67 del actual rey de España, Juan Carlos I. Una investigación que sonaba de película ha resultado frustrada en sus vertientes más espectaculares. Se han averiguado datos de qué comían o de qué pudieron fallecer algunos monarcas, pero parece insuficiente ante las expectativas que se habían creado.

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