HONORIS CAUSA POR LA UNIVERSIDAD DE LEÓN UN POEMA | Crónica | Un largo viaje |
Fe de Vida El «blues» de Gamoneda
A sus 75 años el poeta leonés ha decidido volver la vista atrás para escribir un libro de memorias que sus lectores aguardan con ansiedad

JESÚS
«Tres jóvenes universitarios» Hace tres años Antonio Gamoneda, junto a sus íntimos amigos y también escritores Antonio Pereira y Eugenio de Nora, era investido doctor honoris causa por el entonces rector Julio César Santoyo. Fue un día espléndido, por partida triple, para las letras leonesas y para la Universidad de León. (Para Antonio Gamoneda, poeta y amigo) Porque siento el temblor de los astros peregrinos escribo. porque me pesa la sangre y me duele la mirada escribo porque algo me precipita sobre la tierra de la tristreza, escribo... No puedo evitarlo. Me doy cuenta de que es una violación del rumbo de la música que trato en vano de enderezar para espantar mis silencios. Me hundo entre eléctricos metales y serpientes como cuando las estrellas sienten los filos del relámpago. Escribo y se me cuajan las palabras empujadas por la lengua y la saliva hacia el cerebro de piedra. Escribo asomado a los espejos, buscándome entre azogues profundos. Escribo y algo confuso se interpone. Soy mi reflejo, el alma de tanta sangre en pie, de tanto amor esparcido sobre la tierra. Estoy triste y escribo. Escribo. Vivo. No es Gamoneda un hombre de sonrisa fácil. Su aspecto, como su poesía, es contundente. Tiene una de esas miradas perturbadoras que escrudiñan el alma. Pero bajo esa capa de aparente hosquedad hay un deje de ternura y melancolía. Mirada de hombre curtido en la vida, a la que ha sabido plantar cara, aún cuando le ha ido despojando de cariños y ahnelos. Ojos de huérfano de postguerra. Niño de una tierra de odios y miserias. Emigrante precoz. Oficinista adolescente con madre viuda. En la cabeza sueños y en el corazón poemas, de Rimbaud y de Lorca. Cuenta sin tristezas y sin amarguras que su infancia transcurrió entre ferroviarios y fábricas azucareras. Épocas de represión, de censuras y de miedos. Pero le plantó cara a la insidia y se concedió libertad de pensamiento. Trabajos de penuria y ese perenne hambre en las tripas. Pronto lo contará todo en un libro de memorias que prepara desde hace años. A Gamoneda ha que saberle esperar. Su literatura no madura con las prisas. No ha olvidado ni los detalles aparentemente insignificantes de su ya larga biografía. Recuerda aquellas 89 pesetas que ganó de botones, cuando tuvo que renunciar a su infancia para enrolarse en la escuela de la vida. Ha cumplio 75 y vuelve la vista atrás sin rencor. En el horizonte ha dejado «cansancio, trabajo y tiempo perdido». La muerte ha sido desde la infancia una compañera de viaje no querida, no elegida. Se llevó a su padre cuando apenas tenía un año. Mucho tiempo después, también a su madre. Su mujer, María Angles Lanza, ha sido una compañera de caminos, una voz en la infinita e inconsolable soledad de quien ha buscado refugios en la lectura y en la escritura. Una escritura que elabora con extenuante dedicación. Resulta increíble que su obra sea tan extensa dada su impenitente manía correctora. Las mujeres -tiene tres hijas y una nieta- han puesto en su corazón un punto y aparte de ternura. Su verso se abrió camino en una España oscura. Descripción de la mentira (1977) iluminó a una agónica generación poética que llevaba años de sequía creativa. La poesía ya no tenía marcha atrás. Años después, Edad -que le valió el Nacional de Poesía- le convertiría en la voz más valiente y avanzada de una prole de poetas con los que no quiso nunca «sociedades», pero a los que marcó desde la lejana diáspora provinciana. Nunca ha sido poeta de corte y artificio. La reclusión y el silencio han suplido a otros eventuales compañeros de viaje. Un largo viaje por el camino más arduo. Pocos premios, pero merecidísimos. Mucho orgullo y acaso alguna sonrisa, la del perdedor, al saberse excluido de las camarillas que se autocomplacen y agasajan con laures y galardones en un mercadeo que a Gamoneda le repele. Ahora le miran con envidia por su inquebrantable desapego y, peor aún, por ser el poeta predilecto del presidente del Gobierno. Pero esa es otra historia. Antonio, no alardea. Acepta «sin excitarse» lo que a bien tengan concederle. Ayer, en el tren camino de Madrid, seguro que se le escapó una sonrisa trémula. Premio Reina Sofía. Gracioso galardón para un poeta republicano... Seguro que a su mente acudió música de jazz o algún poema de su Blues castellano...