| Reportaje | Una vida dedicada a la artesanía |
El guardián de un arte milenario
Con el leonés Saturnino Escudero, fundador de la Escuela Superior de Arte Sacro, se ha ido el talento de un hombre que llenó el mundo católico con sus diseños, tapices y ropas talares

Parte de su importante legado está en el Museo de la Catedral
El pasado 26 de julio moría en la residencia de Lorenzana Saturnino Escudero González. Para algunos sería una esquela más en el periódico. Para otros, el último depositario de una muy antigua artesanía que desde hace casi cien años tenía a León -sin que muchos ciudadanos tuvieran idea de ello- como sede y punto de envío desde el que partían los más exquisitos tapices, los de más alta factura, hacia despachos de jefes de Estado, instituciones nacionales e internacionales, y hasta residencias reales, como la del Príncipe de Gales. La historia comienza en los años veinte del pasado siglo, cuando los hermanos Eguiagaray, Santiago y Juan, instalaron en la capital leonesa un taller de bordado artístico basado en la técnica llamada de repostero , consistente en la creación de tapices a base de unir pequeños trozos de tela, ofreciendo la impresión de ser piezas de gran antigüedad. Según el investigador Alejandro Valderas, el taller se encontraba en la calle Cardenal Landázuri, pertenecía al empresario Bernardo Crosa y en él trabajaban, además de los dos hermanos y algunos ayudantes, la esposa de Santiago, Belarmina Gallastegui. Fue en este taller donde entró a trabajar, primero como ayudante, el joven Saturnino. Un taller que, por la altísima calidad de sus producciones y el tipo de temas que trabajaba (sobre todo históricos y heráldicos), pronto hubo de hacer frente a pedidos procedentes de las más altas instancias: ellos hicieron el gran tapiz solicitado por la Exposición Universal de Sevilla del año 1929 sobre el Descubrimiento de América; el que aún hoy preside la gran sala del Ayuntamiento de Madrid... también, según Valderas, produjeron un sinfín de tapices y bordados para alcaldías hispanoamericanas, y hasta la Casa Real Británica les encargó decorar las estancias del futuro Jorge VI, entonces Príncipe de Gales. Alrededor de los años 1959 y 1960 fabricaron los del Hotel Conde Luna. Para todo el mundo católico Pero en torno a los años cincuenta la empresa entra en declive. España vive una época de autarquía impuesta por el régimen de Franco, el país está aislado del mundo y por tanto descienden los pedidos. Pero la empresa que fundaran los Eguiagaray, y donde Escudero llegara a ser pieza clave, no podía perder la valiosa técnica que uno de aquellos hermanos aprendió en Francia. Pasó a ser considerada «industria nacional» y nutrió de tapices, a partir de entonces, a instituciones y residencias del jefe del Estado como El Pardo, Aranjuez y otras (es conocida, además, la afición del caudillo por la heráldica). «En torno a los años sesenta -continúa el concejal Alejandro Valderas- la industria se traslada a Madrid». Después, al morir Franco y desaparecer toda la red de industrias nacionales, la empresa pasa a depender de la Fundación los Gremios, hasta languidecer y morir. Pero Escudero no marchó a Madrid. En León fundó la Escuela Superior de Arte Sacro, que literalmente inundó de vestiduras talares, casullas, tiaras, etc., de la más alta calidad (y con diseños audaces y modernos) todo el mundo católico, sobre todo España e Hispanoamérica. Su legado está ahí, junto con sus enseñanzas, pero su talento y su conocimiento de un arte único en toda España se ha ido, sin duda alguna, con su muerte.