| Obituario | Una mujer combativa |
Que en Eurabia vuelvan a cantar las cigarras de lujo
La periodista dedicó los últimos años de su vida a denunciar el peligro de islamización que corre Europa y a arrancar la venda de los ojos de una sociedad anestesiada por el bienestar

Fotografía de archivo del 5 de julio de 1963 de la periodista y escritora italiana Oriana Fallaci
Parecía que Oriana Fallaci no moriría nunca. Una mujer que sufre tanto y sobrevive siempre está hecha de una material diferente al resto. Siempre tuvo claro que nunca estaría del lado fácil, siempre lo sorteó con arrojo y displicencia, sin darle importancia. Fue valiente incluso cuando, a punto de morir, tuvo que enfrentarse al establishment del decoro cobarde y suicida. Como Churchill, arrojó sobre cuantos la llenaron de tierra -chicharras de lujo las llamaba- la frase que calificaría para siempre a los abanderados del pacifismo pusilánime: «Teníais que elegir entre el deshonor y la guerra. Habéis elegido el deshonor y ahora tenéis el deshonor y, además, tendréis la guerra». Se convirtió en una de estas extrañas voces críticas que de tiempo en tiempo aparecen para golpear la satisfección meliflua en que vive Occidente. No se le perdonó a Oriana que llamara a las cosas por su nombre, que hablara sin miedo, que se enfrentara a los nuevos Chamberlaines de pacotilla que le deseaban una muerte temprana. A todos les quitó la careta, a todos echó en cara su cobardía disfrazada de progresismo kamikace. Se convirtió en Casandra y advirtió a Occidente del nuevo Troya (Eurabia) que acabará por destruir los pilares que tantos siglos de sangre ha costado levantar. Roma, la Cruz y Voltaire o lo que es lo mismo: el Derecho romano, la separación de Iglesia y Estado y la obligación del hombre de seguir los postulados de la razón. Oriana vivió siempre mirando a la muerte, desde que siendo una niña se enfrentó sin miedo a los nazis. Nunca dejó de ir de la mano de la guerra y nunca se quedó en la retaguardia. Vietnam, Pakistán, Oriente Próximo o Latinoamérica, todo lo vivió en primera persona. Por eso, porque conocía bien la guerra, avisó de lo que se avecinaba: «Osama bin Laden afirma que todo el planeta Tierra deber ser musulmán, que tenemos que convertirnos al Islam, que por las buenas o por las malas él nos hará convertir, que para eso nos masacra y nos seguirá masacrando. Y esto no puede gustarnos, no. Debe darnos, por el contrario, razones más que suficientes para matarle a él». No tendrá la suerte de ver si sus profecías se hacen certezas, y ahora ya no podrá pisar a las cigarras.