Diario de León

Los frágiles desagües de la Catedral

Las gárgolas están sometidas a una difícil conservación: por su enorme peso, su perfil saliente y porque son el punto final de un complejo recorrido de evacuación de aguas Los terroríficos

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Ignacio González-Varas (*) - león
León

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Al igual que la tipología arquitectónica, estilo y técnicas constructivas de la Catedral de León, las gárgolas son un elemento más importado del gótico «clásico» francés: comenzaron a generalizarse como elementos escultóricos de desagüe de las grandes catedrales a finales del siglo XII, convirtiendo una necesidad funcional en una forma artística. Las ventajas en la utilización de las gárgolas para el desalojo de las aguas pluviales es evidente: evitan largas pendientes en los canales y reducen y concentran el flujo de agua en unos puntos localizados que impiden que caiga sobre las estructuras inferiores. Las gárgolas se funden con la estructura arquitectónica de la catedral gótica: se sueldan con pericia a la punta de los botareles exteriores, los arbotantes y de las cornisas y contribuyen poderosamente a configurar la peculiar silueta del edificio gótico en cuanto pautan los puntos salientes y, proyectadas hacia el vacío, contrarrestan adecuadamente las líneas verticales que predominan en el trazado exterior. La ejecución técnica de una gárgola es muy complicada, pues son elementos que, para desalojar convenientemente el agua, adoptan un perfil muy saliente que pende en el vacío con un considerable esfuerzo de sujeción a la estructura arquitectónica del edificio, pues su poderosa masa de piedra gravita y ejerce una gran tensión. Las gárgolas han sido siempre elementos frágiles sometidos a difíciles condiciones de conservación: su perfil saliente recibe directamente los embates del viento, que multiplica su ímpetu a la gran altura en que se encuentran suspendidas las gárgolas, que se ven azotadas por la lluvia, como ha sucedido en esta desapacible temporada de invierno que se ha vivido en León; por otro lado, como elementos de desagüe, son constantemente recorridas por flujos de agua y, si no se produce un mantenimiento periódico, se corre el riesgo de su obturación, con el consiguiente deterioro provocado por la acumulación de humedad y las filtraciones que pueden producirse no sólo en la gárgola sino en el interior de la estructura constructiva del edificio. Según se desprende de las inspecciones realizadas en la Catedral de León tras el desprendimiento de las dos gárgolas, la proximidad entre ellas, puede indicar que quizás el sector del edificio esté sufrimiento algún tipo de filtración que haya provocado la caída de las gárgolas que, como elementos más sobresalientes y prominentes son los primero sucumben. La conservación de las gárgolas no debe entenderse como una intervención puntual en cada una de ellas, sino que tiene que estar en conexión con un planteamiento general del sistema de desagües de la Catedral de León: las gárgolas son el punto final de un complejo recorrido de evacuación de aguas que comprende canalillos en las cornisas y en la parte superior de los arbotantes, debido a la práctica total canalización de los elementos constructivos exteriores en sus diversos niveles o alturas. Si las gárgolas fallan... Esta necesidad se acentúa en el caso concreto de la Catedral de León, puesto que la acumulación de aguas, por carecer de salida en caso de estar obstruidos gárgolas o canalillos, puede provocar el escurrimiento de las aguas a lo largo de los muros y causar graves deterioros por descomposición de la ya de por sí blanda y deleznable piedra de la Catedral leonesa. Durante la sistemática e integral restauración de la Catedral llevada a cabo en la segunda mitad del siglo XIX se produjo una renovación casi completa del sistema de desagüe. En el proyecto que Demetrio de los Ríos presentó en 1881, el arquitecto lamentaba la falta de mantenimiento de este sistema: «La salida de aguas, necesidad muy bien estudiada por los constructores de la Catedral, no se cuidó en todos los tiempos sistemáticamente, abandonándose por algunos momentos o reparándose las limas o caños sin toda la escrupulosidad indispensable». De los Ríos repuso «casi en su totalidad» los canales de aguas alrededor del presbiterio, el ábside y el brazo norte del crucero a la altura del triforio y extendió esta renovación a los contrafuertes exteriores y torres de contención; en estos trabajos empleó piedra de la Pola de Gordón, por sus especiales características de dureza, resistencia y escasa porosidad. De los Ríos relabró en todos los arbotantes el canal de conducción de agua en su dorso superior. Para hacernos una idea de los daños causados por la falta de mantenimiento de los desagües, podemos constatar que este arquitecto observó una «viciosa disposición» en el sistema de desagüe de las capillas absidiales, lo que provocó la destrucción de los maineles y tracería de las ventanas y el deterioro de las vidrieras de estos ventanales por el constante derrame de las aguas. Estos errores se corrigieron en estos prolongados trabajos de restauración. Se repararon los canalillos de desagüe y se renovaron gran parte de las gárgolas. (*) González-Varas es catedrático de Composición Arquitectónica de la Universidad Europea de Madrid.

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