El interior del interior
RESULTA muy difícil internarse en la obra de Ignacio Llamas sin que la evocación del silencio esté resonando permanentemente. Arrastra pequeños paisajes o arquitecturas reduciéndolos a su mínima posibilidad esencial. A ello contribuye su presentación en pequeñas estructuras que recuerdan por su monocromía y contundencia los módulos que algunos artistas minimalistas utilizan en sus seriaciones. Sin embargo, en su caso, esa rotunda esencialidad no tiene que ver con la utilización de pocos elementos o con que la presencia de éstos haya sido reducida a un esquema primordial, sino que esa búsqueda de lo esencial esta ligada a la metáfora creada a través de los paisajes o íntimas arquitecturas y al mundo interior que sugieren, tanto en sí mismos como en el espectador. La exposición se dirime entre la luz que procede del interior de cada pieza y la oscuridad en la que está envuelta la sala. Esto focaliza al máximo el interés del espectador en lo que sucede dentro de cada módulo. El gesto habitual de espionaje al que está obligado el visitante que quiera acceder a la comprensión total de estas obras es en esta ocasión potenciado por el contraste entre luz y oscuridad desde el que se concibe todo el espacio. La presentación de estas pequeñas estructuras dentro de una galería producen por su configuración un efecto de redundancia muy particular. Y es que, de algún modo, la galería se asimila en esta ocasión al mismo tipo de contenedor en el que desarrolla sus paisajes y arquitecturas. Por lo tanto, podríamos ver en el espacio expositivo otro lugar más de idénticas características al evocado en cada una de sus piezas, que contiene a su vez las obras y, en última instancia, cada uno de los mundos interiores. Estaríamos ante una secuencia progresiva de arquitecturas con características similares, partiendo de la galería misma hasta llegar a sus obras, que, como las capas de una cebolla, desembocarían en sucesivas visiones de los pequeños universos que aísla en cada pieza. Cuida hasta el extremo cada pequeño detalle, desde el espacio expositivo hasta la presentación final, que en un todo indisoluble. Con ello prepara el terreno para que su verdadero interés -que cada interior adquiera una profunda resonancia- no se desvirtúe, no se pierda en los detalles que el desarrollo de las obras puede arrastrar. Títulos como Cobijos de interior, Lugares del alma o Contornos del silencio, que corresponden a sus proyectos o a sus obras, contribuyen a potenciar ese imaginario que apela a lo humano en relación al mundo interior, y definitivamente permiten al espectador reubicar en este territorio lo que transmiten sus propuestas.