| Reportaje | Tesoros bibliográficos |
El Beato que nunca volvió
La prestigiosa Editoral Moleiro acaba de publicar un «casi original» del códice de Fernando I y Sancha, que en su día se conservó en San Isidoro

Detalle de una de las páginas del Beato «Comentario al Apocalipsis»
La que fuera una de las joyas más preciadas de la colegiata de San Isidoro, el beato de Facundo, o más conocido como el códice de Fernando I y su mujer Sancha, acaba de ser objeto de una de las ediciones facsimilares más cuidadas y espectaculares de toda la bibliografía codicológica española, coincidiendo con el año jubilar lebaniego. La prestigiosa Editorial Moleiro, artífice de algunas de las ediciones más perfectas que se han hecho en este país sobre los códices e incunables, acaba de sacar a la luz otro «casi original», como le gusta llamar a D. Manuel a estas reproducciones que salen de sus talleres catalanes. La tradición de manuscritos iluminados en España, que es ampliamente impulsada por los monasterios del Reino de León en el siglo X, continúa en el XI, XII y XIII, en el periodo románico. En estos siglos, se produce un incremento de la producción como consecuencia de la riqueza económica que se obtiene de los reinos taifa y también como consecuencia del aumento de riqueza en la nobleza y la secularización del clero. Por estas razones se origina un aumento en la demanda de libros más pequeños para uso personal, como Breviarios, Misales y Libros de Horas. Sin embargo se siguen copiando e ilustrando libros de gran tamaño y numerosas ilustraciones como Biblias y los Códices de Los Comentarios al Apocalipsis de San Juan de Beato de Liébana. Beato de Liébana fue un abad del monasterio de San Martín de Turieno -hoy Santo Toribio-, que vivió en la segunda mitad del siglo VIII. En el año 776 escribió el libro Comentario al Apocalipsis , para explicar el hermético texto de San Juan. Para su redacción el monje se basó en otros libros de Santos Padres orientales y romanos, lo que pone de manifiesto la gran biblioteca que debía poseer el cenobio lebaniego. En su tiempo Beato alcanzó gran fama por su intervención, en la controversia suscitada por la herejía «adopcionista», frente al Elipando de Toledo, arzobispo primado, y Felix de Urgel, defendiendo la ortodoxia católica frente a la herejía que afirmaba que Cristo era solamente hijo «adoptivo» de Dios. En el proceso se vió implicado el propio emperador Carlomagno, que convocó un Concilio en Ratisbona, en el cual se ratificaron las posturas de Beato frente a los herejes. Beato, además de su proyección histórica, ha pasado a la Historia del Arte porque en su libro, junto a los textos, comenzaron a incluirse ilustraciones o miniaturas, cuya temática y técnica fueron fundamentales para la evolución técnica y estética de la pintura y escultura mozárabe y románica. Perdida la obra original, apenas se han conservado 28 códices ilustrados de los siglos IX al XIII, que han tomado el nombre del autor del Comentario . Historia de un «traslado» Escrito e iluminado por Facundo en 1047, para los reyes Fernando I y Sancha de Castilla y León, en 1572 cuando Ambrosio de Morales emprendió el famoso viaje por los monasterios de España a requerimiento de Felipe II, todavía alcanzó a verlo en la biblioteca de San Isidoro de León junto a otro mítico beato, el de Valcabado. Morales advierte que existen y ha visto con sus propios ojos tras copias de estos códices. Concretamente en el Monasterio de Guadalupe, dos y otro en Oviedo. Referente al beato que nos ocupa el «rastreador» de bibliotecas, dice: «Otro libro destos esta en la insigne libería del Real Monasterio de San Isidoro de León. Fue el libro, a lo que yo creo, del rey don Fernando el primero, o el que lo mandó escribir (¿) y parece bien ser la joya de rey, por las muchas y grandes iluminaciones que tiene¿». Aunque la existencia de un escritorio regio en León en esta época, no ha sido demostrada, posiblemente el Beato fue copiado de un ejemplar del de Valcabado, aunque las diferencias del texto son considerables. El códice permaneció en el aula regia de San Isidoro hasta 1063 año en que se traslada desde Sevilla el cuerpo del Santo y fue trasladado a la propia basílica. En 1572 como dijimos Ambrosio de Morales lo ve allí. Pero como sucede en estos y otros casos similares las obras de arte son codiciadas por personajes influyentes y poderosas que los hacen «trasladar» a sus bibliotecas particulares y el de Facundo, el más bello de los códices regios, no iba a ser menos. Tras cinco siglos de permanencia en San Isidoro el códice desaparece para ir a parar a la librería de D. García de Loaisa y Girón, donde permaneció hasta finales del XVI. De allí se lleva a la biblioteca de los Dominicos de Plasencia, luego a la de Diego de Arce y Reinoso hasta que es requerido a finales del s. XVII para la biblioteca del Marqués de Mondéjar, D. Gaspar Ibáñez de Segovia, del que no conocemos la forma, ni las artes de las que se valió para hacerse con él. Finalmente pasó a los fondos de la Biblioteca Nacional donde entre otras muchas ubicaciones se conservó con la signatura 4031 y estuvo expuesto en la vitrina 14-2, donde podía admirarse. Pero las cosas han cambiado mucho al respecto ya que desde hace varios años se ha «trasladado» a los sótanos de la Biblioteca Nacional y no se puede ver porque «la mejor joya de esta biblioteca», nos dijo Julian Martín Abad, jefe de Servicios de esa institución, «no puede exhibirse. Confórmese con verla en facsimil». En fin sobre esto y otros asuntos, como decían los clásicos hablaremos en este periódico dentro de dos semanas detenidamente. Lo cierto es que gracias a la editorial Moleiro volvemos a contar con una reproducción fiel y cuidada de esa joya a la que niegan su consulta los que custodian los bienes ajenos, con mayor celo que si fuera suya.